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Magazine

08 junio 2015
A*DESK_BiennalediVenezzia_foto tomada por Angel Calvo
Todos los futuros del mundo, o la dificultad de vislumbrar cualquier cosa

Juan Canela


Sin duda, el título es imponente, impresiona. Podría incluso llegar a ser demasiado pretencioso. La 56 bienal de Venecia, comisariada por el nigeriano Okwui Enwezor, se llama Todos los futuros del mundo. La propia frase abruma; uno empieza a imaginar los futuros, muchos futuros, todos los futuros; mi futuro, el tuyo, el de el vecino, tus amigos, el de mi país, tu continente, el de los otros, los de arriba, los de abajo, el de los humanos, el de los animales y las plantas, el planeta, ¡todos los futuros del mundo! Y todo a la vez. Sólo esas cinco palabras bastan para nublar el pensamiento. Y dejar al visitante fuera de juego, incapaz de establecer una base sólida o coherente para comenzar la visita.

Si hay un adjetivo que defina la bienal de Enwezor es precisamente “abrumadora”. A través de un montaje intenso, que en ocasiones no deja espacio para digerir entre obra y obra, el espectador se somete a una avalancha de discursos, ideas, dispositivos, obras, performances, charlas, encuentros o talleres que propician una sensación de impotencia ante lo inabordable de la situación. La intención del comisario parece ser, siendo muy consciente de la historia del la bienal misma y de las relaciones que se establecieron durante el tiempo con distintos hitos históricos, que su proyecto refleje, reflexione, indague y dialogue con el actual estado de la cuestión (The State of Things); con las problemáticas, urgencias y dificultades que asolan el mundo en nuestro tiempo.

No es empresa pequeña, desde luego. El Angelus Novus de Paul Klee, o más bien la lectura que Walter Benjamin hizo de esa pintura, funciona como antecedente, como una esencia que se extiende por todas las intenciones del proyecto. Benjamin leía el Angelus en clave apocalíptica, en la Europa previa a la Segunda Guerra Mundial, otro período de brutal crisis. Enwezor lo rescata para traerlo al momento actual, en el que de nuevo, enfrentamos rupturas sistémicas que recuerdan a catástrofes anteriores en cada rincón del globo.

A diferencia de la clásica exposición de tesis, con un tema claro sobre el que orbitan obras que ilustran el discurso, esta bienal acomete, de manera consciente, un proyecto que se asienta en distintas líneas discursivas o filtros (Filters), como el propio comisario los llama. Estos se entremezclan y se superponen creando un amalgama de significados complejos difíciles de aprehender en un primer vistazo (como difícil es aprehender la complejidad del mundo).

Uno de estos filtros en juego tiene que ver con la noción de desorden (Garden of disorder). Desorden en la geopolítica global, en el medio ambiente o en la economía. Presente a lo largo de todo el recorrido, y revuelto y agitado con los otros filtros, quizá es en el Arsenale donde esta idea se hace más explícita. A través de ese montaje enmarañado, sin un orden claro y sugerido, el visitante va descubriendo una estructura que se repite a lo largo de las salas, divididas en distintos pasillos y espacios laterales y centrales, por los cuales hay que discurrir para volver a pasar e ir avanzando atento para no perderse nada. La entrada es imponente, con una gran sala en la que una serie de neones de Bruce Nauman, (producidos entre 1972 y 1980) en las paredes dialogan con una perturbadora nueva instalación del argelino Abdel Abdessemed, que planta cuchillos de distintos tipos y tamaños en el suelo. Al traspasar esa sala, el recorrido comienza hacerse más y más denso, y sólo la instalación de Flickering Lights de Philippe Parreno, que se expande por todo el espacio, nos va marcando alguna pista y nos anima a seguir adelante, descubriendo en el tortuoso recorrido la magnífica serie de dibujos de Abu Bakarr Mansaray, una delirante visión de la memoria de Sierra Leona, la guerra, la industria armamentística o la dictadura tecnológica; la instalación Balad of the lady who lives behind the trees, de la palestina Jumana Emil Abboud, que reúne notas, dibujos y pinturas con un exquisito ritmo espacial; o la hermética instalación New Reproduction del croata David Maljkovic.

En el Pabellón Central de los Giardini el ritmo no es tan caótico, aunque el espacio se modifica con un muro en la entrada que trastoca el modo de comenzar la exposición. Grandes nombres de la historia del arte como Robert Smithson, Hans Hacke o Marcel Broodthaers se relacionan con piezas de Runo Lugomarsino, Elena Damiani o Munira Al Solh. Mención especial merece el tramo de tres habitaciones con las pinturas de Kerry James Marshall, la magnífica serie de calaveras de Marlene Dumas y la película de Rosa Barba. Y la última sala de Jeremy Deller sobre los contratos de trabajo de 0 horas en UK.

Otro de los filtros tiene que ver con el ensayo de temporalidades extensas y distintas velocidades (Liveness: On epic curation). Siguiendo esta lógica, a lo largo y ancho de la exposición encontramos distintas performances, acciones, sesiones de lectura, y un programa de eventos que se despliega espacial y temporalmente como un continuo e incesante evento en vivo. Algunas propuestas están diseminadas por el recorrido expositivo, como The Sinthome Score, el proyecto de la española Dora García, transcripción del 23 seminario de Jacques Lacan; o la sutil instalación performativa Indoor flights, del argentino Ernesto Ballesteros, una especie de taller en el cual el artista se encuentra construyendo delicados y ultraligeros aviones que revolotean por el espacio.

Pero sin duda alguna, este intento de trabajo desde lo temporal tiene su epicentro en la ARENA, una apuesta por generar un lugar de encuentro para distintos eventos en vivo, donde el público pueda sentarse, reunirse y asistir a las distintas propuestas. Localizado en la rotonda del pabellón central, genera una sensación extraña de ruptura del recorrido, a la vez que posibilita una lectura distinta y una temporalidad diferente a la que estamos habituados en medio de una exposición (y más todavía de una bienal). Las propuestas van desde acciones o presentaciones por parte de algunos de los artistas participantes, invitaciones específicas, o la serie de lecturas de los tres volúmenes de El Capital de Marx.

Este es precisamente el tercero de los filtros (Capital: A Live Reading). Dirigida por Isaac Julien, la lectura indaga en la naturaleza del libro desde la ficción y la realidad, proponiendo una exploración de su aura, efectos, afectos y espectros. Si traer a Marx a Venecia puede parecer un gesto un tanto vacuo o frívolo, no es del todo baladí volver a poner (sí, una vez más) El Capital en el centro de la discusión, y por qué no, posibilitar nuevas aproximaciones desde formatos muy diversos en un escenario performativo, de diálogo y coral.

Además de las presentaciones especiales de artistas consagrados como Nauman, Smithson, Hacke, Dumas, el -de nuevo inabarcable- atlas filmográfico de Harun Farocki, o los trabajos de Adrian Piper (león de oro de esta edición), esta bienal acoge una serie de proyectos especiales que desbordan el espacio expositivo y generan, de nuevo, otros tipos de ritmo y lectura. Supercommunity, la colaboración con e-flux journal, por ejemplo, desarrolla un proyecto editorial a partir de una serie de ensayos diarios de participantes en la bienal y otros invitados, que se publican online y se distribuyen gratuitamente. Algunos de ellos son leídos y comentados en la ARENA. Se dan también colaboraciones como un taller de tres días en agosto con Creative Time Summit; las sesiones con Gulf Labor Coalition dedicadas a las condiciones laborales en el Golfo Pérsico y Asia del Sur; la presentación del trabajo, en proceso a lo largo de la bienal, de The Invisible Borders Trans-African Project; o la del colectivo sirio anónimo Abounddara, que trabaja sobre la noción de “cine de emergencia”. Además, se editará una publicación final que compilará un archivo, documentación y reflexiones sobre todo el proceso diario de los eventos en la bienal.

Oscura y complicada de digerir, la bienal ofrece un paisaje complejo y borroso en cuanto a aquellos futuros, si es que se intuye alguno. Enwezor busca escapar del display tradicional para proponer materiales, referentes y actos simbólicos y estéticos que puedan generar un escenario de comunicación diferente. Si bien el intento es consecuente con el discurso, e incluso necesario en un lugar como Venecia, a veces da la impresión de quedarse a medio camino. Por otro lado, y dadas las características del proyecto, habría que hacer un seguimiento cercano durante toda la bienal para ser capaz de asimilar las inquietudes del comisario, y apreciarlo en toda su amplitud y complejidad.

Juan Canela es comisario independiente. Tras muchas vueltas, hace unos años que vive en Barcelona. Entiende el comisariado como un espacio de trabajo que se bifurca en diversos formatos - exposiciones, acciones, encuentros, libros, charlas, radio, paseos, baile, - en el cual lo performativo tiene un papel relevante. Entiende la escritura como una vertiente más de su práctica curatorial.

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