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Magazine

14 juny 2007
Haciendo invisible lo invisible

Martí Manen

Markus Degerman trabaja artísticamente con el display expositivo. Su papel como artista se diluye con el del diseñador y el del arquitecto, creando tensiones interesantes en los espacios expositivos.


Un espacio artístico de presentación cualquiera. En este caso, se trata de un espacio industrial recuperado. Las paredes son blancas, el suelo es nuevo. En el interior no se respira ya ningún aire industrial. En la entrada hay un ángulo que funciona como librería. Revistas internacionales se mezclan con producciones independientes. Los espacios privados, dos despachos, se intuyen cerca de esta primera zona de recepción. Después de una puerta de cristal llega la sala grande. Techos altos, paredes blancas. Y algo falla. Es Markus Degerman.

Todo espacio de presentación (institucional o menos institucional) tiene sus códigos y sus formas. Cada pequeño elemento conlleva un tipo de respuesta determinada. No únicamente las programaciones marcarán el modus operandi de los usuarios, cada simple detalle constructivo o de display obligará a seguir unos sistemas de aproximación u otros, ya que todo está cargado de significado. Las intenciones no bastan, las palabras tampoco. En muchas ocasiones, vemos como los intentos de buscar una mejor comunicación y diálogo con los usuarios fallan. Propuestas que piden de una participación se quedan sin nada, investigaciones en los formatos de exposición acaban repitiendo los mismos tics y quedándose en los momentos previos y en el primer paso de la discusión. El replanteamiento de ideas pide de un análisis exhaustivo de las formas arquitectónicas, de los ajustes para la recepción y de la voluntad de trabajar con la idea de poder que representa el espacio de presentación. Para que los cambios sean efectivos son necesarios distintos niveles de actuación al mismo tiempo. Para modificar códigos de conducta asimilados mediante arquitectura, sistemas de teatralización y formatos asumidos, es necesario poder observar y analizar cada detalle por ínfimo que parezca.

En ese espacio inicial, anteriormente industrial y “vestido” como cualquier centro de arte que se precie, Markus Degerman instala, como obra de arte, todo aquello que ha sido defenestrado: una capa superior en las paredes compuesta por plafones pintados de blanco, un sistema de luces basado en los clásicos raíles colgados y focos que podemos ver en salas municipales de quinto orden, un doble techo falso y topos verdes señalizando las puertas de cristal transparente. Un visitante de un museo “de calidad” está por encima de este tipo de display. Ya pasó, no responde a la dinámica de poder y modernidad que se espera de la institución. El trabajo de Markus Degerman no lo vemos, allí está, funcional, iluminando otros trabajos artísticos, ofreciendo sus plafones para colgar fotos, dibujos y proyectos de otros artistas. Como comenta Nina Möntmann, cualquier nuevo director de museo, lo primero que haría al dirigir este espacio en concreto sería eliminar los plafones y cambiar el sistema de luces, generando una “imagen” de arte contemporáneo. No están al nivel. No nos representan adecuadamente. No son lo serios que deberían ser. No son poder. Degerman propone que descubramos porqué nos parece que hay algo que falla, que tomemos consciencia de nuestra actitud como usuarios y que nos preguntemos porqué necesitamos que la institución sea como tiene que ser. Será a partir del “algo falla” que podremos analizar todo lo demás. El pequeño detalle nos lleva a repensar las estructuras generales, las velocidades de actuación, las redes de intercambio y las voluntades de atender lo local y necesitar lo internacional. Desmontar el pequeño detalle asumido permite llevar la lectura crítica a un nivel casi personal, de relación con el marco institucional, y al mismo tiempo replantear la situación general, mas allá del caso concreto. Si el arte contemporáneo es este espacio para propiciar miradas críticas a nuestras realidades, ofrecer la posibilidad de ser críticos con la propia presentación es más que positivo.

Como comenta Mary Anne Staniszewski en “The power of display”, la asunción de que exista un display casi único (en sus variantes de la white cube clásica, el edificio industrial reconvertido, el paso a la black box…) implica una pérdida de función en las instituciones como productoras de sentido, convirtiéndose únicamente en transmisoras de mitos ya reconocidos. Staniszewski observa esta tendencia en las últimas 4 décadas del Moma de New York (llegando al extremo casi tradicionalista que hoy ofrecen sus salas), pero podríamos perfectamente aplicar el comentario a muchísimas de las instituciones que participan del contexto del arte contemporáneo.

Ese espacio inicial podría ser, con variaciones, UKS en Oslo con la exposición “Opacity”, el Swiss Institute de New York, “Utopia Station” en Venecia, o Iaspis con la exposición de Ibon Aranberri.

Dando unos pasos atrás en el tiempo para recuperar material “obsoleto” y ofrecer otras posibilidades, Markus Degerman nos habla de hoy, de la relación que tenemos con los factores invisibles de la actualidad, con lo que esperamos no ver para estar convencidos que lo visible es importante.

Comissari d'exposicions i crític d'art. Sí, després de Judith Butler es pot ser diverses coses al mateix temps. Pensa que les preguntes són importants i que, de vegades, preguntar vol dir assenyalar.

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