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Magazine

04 setembre 2006
Manifesta y el turismo

Martí Manen

Después de varias conferencias presentando sus ideas, después de intensas planificaciones, estudios de campo, fiestas en Venecia, contactos con artistas, negociaciones varias, discusiones sobre modelos expositivos, entrevistas sobre grandes eventos, críticas especializadas y la publicación de un libro, los comisarios de Manifesta 6, Florian Waldvogel, Anton Vidokle y Mai Abu ElDahab, ven como todo se va al traste.


En la compleja red de eventos artísticos europeos e internacionales, con múltiples conexiones en sectores políticos, económicos yturísticos, Manifesta se ha destacado por intentar ser un modelo distinto. Frente a la tradición que supone la Bienal de Venecia, el liderazgo y asentamiento de Documenta y el valor como mercado y punto de encuentro de ferias como Art-Basel y recientemente Frieze Art, Manifesta necesitaba una etiqueta de diferenciación. Empezando en Rotterdam y siguiendo en Luxemburgo, Ljubljana, Franfkurt y San Sebastián, Manifesta ha ido ocupando distintas ciudades europeas presentándose como una bienal con cierto riesgo, con propuestas más allá de lo habitual y con un acento en lo joven. El tránsito, los nuevos espacios, los contextos locales y los equipos comisariales se entienden como sistemas para reformular las normas internas de una bienal. También es posible comentar que el nomadismo obliga a empezar negociaciones desde cero para cada edición, que cada contexto tiene su tradición y que la evolución hacia una flexibilidad y nomadismo de acento capitalista durante los 10 últimos años hace que Manifesta sea, al fin y al cabo, un producto más para ciudades que desean cierta visibilidad y que utilizan, previo pago, Manifesta como un evento interesante, inofensivo, de primera linea y que no implica un gasto infrastructural importante.

En Manifesta 6 ha quedado claro que lo de inofensivo no tiene porque ser verdad. La propuesta para Nicosia tocaba temas candentes ya en su ubicación física. En un terreno controlado por las fuerzas de la ONU, Manifesta 6 quería presentarse tanto en la parte governada por la comunidad griega como en la parte bajo control turco, algo inaceptable según las autoridades contratantes, que no querían saber nada de dar visibilidad y herramientas a la parte ocupada por el ejército turco. La voluntad activa del equipo de comisarios de entender su participación en Manifesta 6 como un proyecto que debía tener presencia física en ambos lados, conjuntamente con la negativa y el control político y económico (las autoridades locales pagaban mas de la mitad del presupuesto de 1,8 millones de Euros) por parte del organismo chipriota encargado de la adecuación de Manifesta en Nicosia, ha llevado a un final abrupto para un proyecto que ya era interesantemente polémico antes de empezar.

Polémico dentro de sectores artísticos por lo que suponía de rompedor con la idea de bienal. En la continua puesta en crisis de formatos y en la institucionalización de esta puesta en crisis, se unía ahora “uno de los grandes”: una bienal dejaba de ser algo basado en la presentación para convertirse en un tiempo discursivo. La ruta profesional de evento a evento quedaba truncada, aunque el equipo de comisarios ya se aseguraba no defraudar a los profesionales del arte ni dejarlos sin un encuentro informal, organizando una especie de inauguración con actividades varias pero sin nada “real” que ver. Algo también al gusto de las autoridades de Nicosia, que veían de este modo cumplido su deseo de lograr un turismo mas allá del de sol y playa.

La idea de convertir un evento expositivo, como es una bienal, en una escuela planteaba varios interrogantes hacia los modelos de consumo y producción de arte. La escuela está dirigida a sus alumnos. Los alumnos, en este caso, eran elementos supuestamente activos que querían participar de una situación de diálogo. Pensar en alumnos obliga a reducir números. Una bienal puede acoger un número de visitantes alto, pero una escuela no se puede pensar desde lo masivo. Y mas aún si pensamos en una escuela independiente, fuera del sistema educativo tradicional. Los alumnos de esta escuela no podrían validar su participación en élla en ningún centro educativo y en ningún momento se aseguró que alguien tuviera la voluntad de seguir con la escuela después de los 3 meses de Manifesta.

El valor de participar en una actividad de una escuela independiente como la que proponían los comisarios de Manifesta 6 deja de ser el únicamente el contenido y la actitud, apareciendo también el rendimiento económico, la visibilidad y el posicionamiento dentro del complejo sistema arte.

De entrada, sorprende que una escuela sea algo tan transitorio. Pero parece evidente que en este caso se utiliza el término “escuela” como referente de un espacio de comunicación de confianza, de aprendizaje real y básico. Es también lógico que, en la crisis de modelos existente, la educación también necesite ser revisada, igual que el sistema de grandes eventos y espectáculos de presentación.

La aparición de para-instituciones independientes educativas parte de necesidades reales, de acciones necesarias y de actidudes concretas. Ejemplos como la Copenhagen Free University, la Free University de Los Angeles, la Invisible Academy en Bangkok, y proyectos como la School of Missing Studies parten de agentes críticos individuales que deciden cortar por lo sano y empezar modelos de acción real, sin una visibilidad alta pero centrándose en los contenidos. Hablamos de micro-organismos, de actividades que pasan en casas particulares, de discusiones entre personas y de actitudes radicales. Se trata de proyectos que nacen con una carga política importante, en casos concretos encontramos conexiones con el mundo del arte, y mayoritariamente parten de una preocupación absoluta y un rigor importante en su trabajo independiente.

¿Qué pasa cuando una gran institución decide hacer lo mismo? ¿Cómo afecta ésto a las propuestas independientes que ya están funcionando? Para empezar, lo que no formaba parte de un sistema económico (no hay beneficios ni grandes presupuestos en los proyectos independientes) entra en un mercado. Propuestas reales se convierten en referentes de la actividad institucional, se convierten casi en pruebas o ejercicios a los que citar. Y existe la posibilidad de pedir su institucionalización, integrándolos dentro de los modos de hacer marcados por la auténtica institución. El valor de participar en una actividad de una escuela independiente como la que proponían los comisarios de Manifesta 6 deja de ser el únicamente el contenido y la actitud, apareciendo también el rendimiento económico, la visibilidad y el posicionamiento dentro del complejo sistema arte. Y si estas para-instituciones nacen en la mayoría de los casos sin una defunción fijada, la escuela de Manifesta 6 duraba 3 meses. Algo que nace bajo el amparo de lo institucional difícilmente tendrá una continuidad cuando desaparezcan los sponsors. Tampoco podemos olvidar que el origen de la escuela en Nicosia no es una necesidad casi vital, sino la respuesta a la invitación de pensar un proyecto para una bienal.

Algunas ciudades habrían olvidado la supuesta necesidad de hacer bienales para empezar a producir espacios de intercambio real, entendiendo que los beneficios a corto plazo no son lo mejor para las propias ciudades

De algún modo, había una investigación en los roles. Los comisarios hacen de directores de escuela, los artistas invitados hacen de profesores, jovenes artistas, críticos y comisarios hacen de alumnos. El público ya no tiene un papel. Volvemos a hablar de crear situaciones, de buscar marcos de contacto, pero en este caso nos encontramos con contactos poco naturales, bajo el peso de pertenecer al grupo minúsculo que ha tenido la suerte de tener tres meses libres para gastarlos en Nicosia. Un contacto dentro del contexto arte, bajo unos códigos que todos los participantes conocen. De algún modo, las jerarquías pasan a primer nivel. Pero hubiera sido realmente interesante ver el desarrollo de esta escuela, ver qué proyectos artísticos se producirían, qué margen de flexibilidad tendría como institución, qué capacidad real de actuación tendrían los alumnos, qué conexiones o rivalidades se establecerían entre los tres departamentos programados.

Seguramente habría sido una experiencia excelente para los alumnos, habría generado un interesante debate a nivel internacional sobre sistemas de presentación y algunas ciudades olvidarían la supuesta necesidad de hacer bienales para empezar a producir espacios de intercambio real, entendiendo que los beneficios a corto plazo no son lo mejor para las propias ciudades. Pero al mismo tiempo (por el simple hecho de que la escuela en Nicosia partía directamente de estructuras ya probadas como el Black Mountain College) dificilmente se habría propuesto un sistema realmente alternativo de educación.

Y nos hemos quedado sin la posibilidad de conocer los contenidos. Si definitivamente Manifesta 6 no se presenta, quedará la polémica, ideas en un estado mas o menos embrionario, tres listados de participantes para cada departamento de la escuela y unos alumnos anónimos que se quedan sin su educación.

Apuntar también que puede parecer hasta naif el hecho de llegar a un lugar que vive bajo un conflicto histórico, complejo, bajo la supervisión de la ONU, y pensar que todo esto no tiene que afectar a una proyecto artístico de la envergadura que sea. También puede parecer ligeramente neo-colonialista llegar con una propuesta importada, un modelo propio de la tradición norte-americana, y que, con una escuela, de la que no se puede asegurar una duración mas larga que tres meses, todo va a funcionar por el simple motivo que estamos hablando de educación desde el arte contemporáneo.

Director d'Index Foundation a Estocolm, comissari d'exposicions i crític d'art. Sí, després de Judith Butler es pot ser diverses coses al mateix temps. Pensa que les preguntes són importants i que, de vegades, preguntar vol dir assenyalar.

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