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Magazine

02 octubre 2006
Mientras hablen de nosotros…

Montse Badia

Cada vez que aparecen en la prensa notícias sobre nuevos records en subastas de arte, trabajos inspirados y/o realizados con la colaboración de personajes famosos (Pamela Anderson, David Beckham, Zidane…) o la inauguración de nuevos y espectaculares museos, se desencadena la reflexión sobre las problemáticas relaciones entre el arte y los media. En este sentido, cada nueva edición de los premios Turner genera, dentro y fuera de Inglaterra tal controversia mediática que constituye un buen ejemplo de la situación de amor y odio, libertades y dependencias que definen la relación entre estos dos ámbitos.


La inauguración esta semana de la exposición con los finalistas a estos premios, que se concederán el próximo día 4 de diciembre con retransmisión en directo de la ceremonia por parte de Channel 4 es una buena ocasión para volver sobre el tema.

Aunque en los dos últimos años, los Premios Turner han dejado de lado la controversia, decantándose claramente hacia un arte comprometido y crítico con su tiempo (con los premios a Jeremy Deller en la edición del año 2004 y Simon Starling en la del 2005 y con candidatos como Phil Collins en la edición de este año), esto no siempre ha sido así y no parece exagerado decir que, por una u otra razón, siempre se han movido en el extremo contrario.

A pesar de su repercusión mediática, el premio no contribuye a una discusión pública (y seria) sobre arte

Ya desde sus inicios, en 1984 el debate ha acompañado esta convocatoria. Desde la discusión sobre si debía centrarse en valores consagrados, es decir, otorgar el premio a “toda una trayectoria” o si debía resaltar las contribuciones más destacadas de artistas jóvenes en la Gran Bretaña; hasta las declaraciones de algún ministro que lo calificó de “cold, mechanical bullshit”, pasando por las suspicacias que generó el anonimato del primer patrocinador del premio; la conveniencia o no de hacer públicos los nombres de los finalistas; la extravagancia de algunas de las propuestas o de sus artífices (lo escatológico del material utilizado por Chris Ofili, la exposición de la privacidad de Tracy Emin, la malícia de Martin Creed y, en general, la pornografía que aparece aquí y allá en trabajos de Fiona Banner o Grayson Perry, entre otros) y, al mismo tiempo, las acusaciones de aburrimiento cuando las propuestas han sido serias y coherentes; las diferencias entre la opinión del público y la crítica, o el debate sobre los medios utilizados, o mejor dicho, sobre el predominio del vídeo o el retorno de la pintura. Estos son sólo algunos de los argumentos que han llenado páginas y tiras cómicas en periódicos, revistas y programas de televisión.

Y ahí está el meollo de la cuestión y las arenas movedizas en las que nos movemos. Si, por una parte, al ser Channel 4 uno de los patrocinadores del premio, se asegura la cobertura mediática con retransmisión en directo de la ceremonia en la que se anuncia públicamente al ganador, no podemos dejar de preguntarnos sobre si es esta la manera idónea de acercar el arte contemporáneo a un público amplio. No cabe duda que, a pesar de su repercusión mediática, el premio no contribuye a una discusión pública (y seria) sobre arte. Mas bien pone de actualidad la odiosa pregunta: “Pero…¿es esto arte?”. Al mismo tiempo, conviene recordar que han sido todos los oponentes a este premio y la controversia creada los que han contribuido precisamente a su éxito, es decir, que un premio de arte contemporáneo haya generado un debate de interés nacional.

Como muy acertadamente dijo Matthew Collings en el transcurso de una de estas galas de los Premios Turner: “The Tate people are masters of putting on the aura. This stuff is indefinable. It’s absolutely impossible for someone untrained to read the voodoo aura stuff.’ Or is it that the annual invitation to the Turner Prize exhibition falsely suggests to many visitors that the enjoyment of contemporary art is automatic and easy? Is the problem that whereas we accept that certain disciplines – mathematics, dentistry, betting on horses – need study and preparation, contemporary art is required to have immediate appeal? Certainly the Prize has increased many people’s familiarity with contemporary art, but that may not be the same as having a serious interest in it”.

En cualquier caso, no deja de ser un buen ejercicio el confrontar el seguro e intocable mundo del arte a la indiferencia del público general y comprobar que no es que los proyectos de Simon Starling, por poner un ejemplo, sean difíciles de entender para un gran sector de público sino que incluso Marcel Duchamp no estaría ahora exento de polémica.

Y no deja de ser curioso porque precisamente ahora que los artistas se basan en la realidad para crear sus obras, es decir, en referentes supuestamente conocidos por todos, contínuan teniendo problemas de comunicación con la sociedad. ¿Acaso el arte contemporáneo es demasiado autoreferencial? Para Arthur C. Danto no lo es más que en cualquier otro momento de la historia, es decir, cuando nos aproximamos a un trabajo de arte contemporáneo necesitamos conocer una serie de códigos que nos faciliten el acceso, pero se trata exactamente del mismo proceso que cuando nos situamos delante de una pintura del siglo XVII que muestra una crucifixión. Si no conocemos ciertos datos acerca de la historia de la religión sólo podemos llegar a descodificar aquello que vemos, es decir, la imagen de un hombre blanco y con barba crucificado y, obviamente, con evidentes signos de sufrimiento. La diferencia radica en que mientras en siglos anteriores se compartía una cultura común que permitía al público descodificar los argumentos, el mensaje tras los objetos o las imágenes, en la actualidad, por decirlo en palabras de Danto, “el ámbito de referencias es mucho más amplio y diversificado y, por tanto, no fácilmente reconocible”.

Esta vaguedad de códigos y amplitud de referentes provoca una gran desconfianza y también muchos malenentidos entre el arte y la sociedad, entre el arte y los media, entre el arte y el público. Vivimos en una cultura del espectáculo y las grandes corporaciones y si el arte no juega esta carta corre el riesgo de quedarse fuera. Pero ¿estamos disupuestos a hacerlo todo por la audiencia? ¿Acaso no puede ser el arte un ámbito que nos permita entender los mecanismos que articulan nuestras sociedades? ¿Puede tener el arte una proyección real en la sociedad, sin tener una visibilidad distorsionada, ni convertirse en un producto de consumo o en un espectáculo? No cabe duda que el ámbito del arte puede ser uno de los últimos reductos de libertad desde el cual es posible estimular la conciencia, la reflexión, la discusión y la duda. Pero mucho me temo que en el momento en que vivimos estas cualidades no resultan demasiado mediáticas.

A la Montse Badia mai li ha agradat estar-se quieta, per això sempre ha pensat en viatjar, entrar en relaicó amb altres contextos i prendre distàncies per a poder pensar millor el món. La crítica d’art i el comissariat ha estat una via des de la que posar en pràctica el seu convenciment en la necessitat del pensament crític, de les idiosincràsies i els posicionaments individuals. Com si no podrem qüestionar l’estandardització a la que ens veiem abocats?
www.montsebadia.net

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