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Magazine

01 març 2010
No seamos marmotas

Marcela Römer

En momentos de crisis parece que la solución es no experimentar demasiado y esperar a que todo se regularice de nuevo. El arte es crisis, así que qué mejor que una crisis económica para arriesgar un poco más.


Ser conservador es una actitud de vida, significa que en la niñez los progenitores – o el entorno cultural- privilegiaron las normas establecidas como las deseables y no los cambios bruscos o radicales (diccionario de la Real Academia Española).
Pero ser conservador en el arte tal vez sea más que eso, no solo es dejar de compartir el cambio como actitud constructiva del objeto artístico, sino también quedarse cómodo en un letargo tranquilizador parecido a un ideal nirvana. Nada más alejado era lo que pretendían el budismo o hinduismo en sus bases filosóficas.

Un curador, artista o director de museo conservador es posible que privilegie la pintura como la primera y fundante arte plástica. Paralelamente también la escultura como arte constitutiva de la idea que ellos procesan sobre la contemporaneidad. Para ellos lo tranquilizador es la observación aurática de la obra de arte, la contemplación en tiempo y forma de lo que sí es arte. Probablemente se refieran a una bella estatua griega, una sólida pintura mixta o una escultura abstracta de artista establecido con un buen currículum (becas nacionales e internacionales, exposiciones en galerías importantes, individual en un buen museo y demás).

Lo conservador apacigua, pone el estado interno en un stand by que da la impresión de ser una objetividad constitutiva. El artista conservador hace arte dentro de lo que aprendió en la academia o en la universidad construyendo imagen o forma con buena pincelada, excelente factura o composición sublime.
El curador conservador construye una muestra con un montaje impecable, elige pintura que podría ser de bodegón, paisajes varios, marinas y alguna composición abstracta. Escribe un catálogo con buenas citas filosóficas, analiza la factura técnica de la obra, habla del genio del artista y de su capacidad como privilegiado en el mundo existente.
El director de museo conservador ejecuta un plan de trabajo (no le llama de acción) donde privilegia las obras que posee su museo que encuadren con los parámetros de lo que “debe” ver su público, que seguramente será muy buena gente que disfruta y goza con lo que le muestran que es el arte. Este tipo de director se olvida de lo que produce el artista joven y sin mucha experiencia porque este tipo de gente “no es artista”; cuida mucho de la colección y se ocupa de catalogarla y restaurarla (esta es la parte buena, y no sucede en todos los casos); además deja su museo limpio y tranquilo (sin demasiada actividad) porque eso da tiempo de reflexionar sobre el arte de manera más distanciada y meditabunda.

Conservar es cuidar la permanencia de algo manteniéndolo vivo y sin daño, en la perseverancia de sus prácticas y virtudes, guardándolo con muchísimo cuidado. Este concepto visto fuera de contexto es realmente perfecto para las artes. Pero una actitud conservadora o moderada es realmente un poquito más que esto, es ciertamente el sostenimiento del status quo.
El arte conservador tiene este halo sobre sí, vive de esta forma y ha sobrevivido por milenios con esta energía. Si alguien elige o es conservador es posible que no admita otra forma de análisis de la producción artística o que considere, como un “buen” director de museo, que eso es lo correcto para hacer.

Señores, el arte es otra cosa. Si el arte es este relato cauteloso esta totalmente muerto y enterrado y debemos dedicarnos a otra cosa. Si el arte cuida las normas establecidas, no sirve como agente cuestionador de absolutamente nada. Claro, para los conservadores el cuestionamiento constante es una molestia absoluta, porque cuando se deliberan las razones éstas se mueven y deben cambiar. Es necesario pensar las formas desde diferentes ángulos de análisis y esto es más complicado que observar el propio museo limpio, estable y prolijo.

Si el arte no acciona en forma de cuestionamiento constante es lo mismo que pensar que mañana nos vamos a levantar en el mismo día de hoy y pasado mañana también, como esa fantástica película norteamericana titulada “Groundhog day” (1993) con Bill Murray.
Es posible que la idea de un arte con poco movimiento, o semi fenecido, no les estremezca a los conservadores como a los que no lo somos. El desasosiego en el arte, para algunos es un motor, para otros una imposibilidad.
El mundo internacional del arte está virando hacia un horizonte conservador, eso es lo que usualmente generan las crisis económicas fuertes. El coleccionismo prefiere comprar más seguro que incentivar lo que podría llegar a ser un buen artista que aun no lo es. El problema con esta coyuntura es que si lo conservador invade totalmente el ambiente del arte éste puede perecer en su transcurrir y en su impulso constructor.

No ser conservador es toda otra condición: hay que defender valores éticos en disidencia, hay que sostenerlos con una forma de vida coherente, hay que tomar ciertos riesgos críticos y resistir a los ataques del virus del status quo. Construir desde la crítica es debatir, contradecir, efectuar desconformidad y soportar los ataques de los que se sienten molestos con el movimiento que les produce en sus propias vidas una actitud con la cual no acuerdan. No ser conservador en artes es esto y más, es también defender una actitud de contemporaneidad respetando a los que no piensan como uno, aunque estos sean conservadores. El arte muchas veces es como un boomerang, produce energías que después vuelven a sus productores con más fuerza de la que se propició en su inicio.

Las actitudes de vida son exactamente similares, una señal conservadora produce una energía de ejecución mil veces más fuerte, una que no lo es disemina la actitud crítica.
El mundo contemporáneo de arte debe seguir confiando en la construcción sobre la disidencia dialógica y participativa, si no lo hace lo que puede suceder será el boomerang más resonado de la historia de las artes actuales. Como dice el viejo dicho: “sin acción no hay reacción”.

Marcela Römer

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