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08 junio 2014
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Agujeros que se convierten en círculos. Sobre la Berlin Biennale 8

Juan Canela


En los bajos del Museen Dahlem en Berlín -un espacio que alberga tres museos etnográficos- dentro de una vitrina que contiene un par de vinilos de Marcel Duchamp y una carta que John Cage escribió a Conlon Nancarrow en 1965 , una pequeña tarjeta con un orificio gira a toda velocidad, ofreciendo la apariencia de un círculo suspendido en el espacio. Es Speed Can Make A Hole Become A Circle, parte de la instalación del extraordinario proyecto que Mario García Torres ha desarrollado para la Berlin Biennale 8. El mexicano vuelve esta vez a indagar en momentos íntimos y personales de otros artistas para subrayar la evolución de la función del museo, el mercado o el artista. Y el sutil movimiento circular de ese minúsculo artefacto no dejó de dar vuelas en mi mente durante el recorrido por las distintas sedes.

Y es que una palabra que podría definir esta edición de la bienal, comisariada por Juan A. Gaitán, bien podría ser sutileza. Al menos, un intento sutil de construir un discurso crítico en torno a la intersección que se produce entre las grandes narrativas históricas y los relatos vitales individuales -tema bastante prodigo los últimos años-. Aunque también se oía comentar, en los momentos de reunión y encuentro que caracterizan las inauguraciones de este tipo de eventos, que es una bienal aburrida y predecible. Es inevitable también la comparación –por ser precisamente lo opuesto- con la anterior edición, en la cual se criticó –entre otras cosas- la falta de obras de arte y de “cubo blanco”. Desde luego, y como ya se ha dicho, esta podría ser la bienal de la vuelta al museo, en un sentido amplio. Existe desde el discurso curatorial una voluntad de reflexionar sobre el museo como herramienta ideológica íntimamente ligada a la historia del s. XX, y como espacio aurático en el cual se preserva el capital cultural y simbólico de la sociedad, ejerciendo en este sentido un papel prominente en la construcción de las narrativas oficiales. Y se pretende también ir más allá del ejercicio contemplativo del museo para pensar las obras como proposiciones abiertas que resisten su incorporación a la Historia del Arte, poniendo el énfasis en las micro-narraciones o los relatos olvidados.

La elección de Dahlem como sede tiene todo el sentido del mundo para albergar proyectos como los de Mariana Castillo Devall, Alberto Baraya, Carolina Caycedo, Tacita Dean o Wolfgang Tillmans, por citar algunos de los más destacados, que ponen en cuestión desde lugares muy diversos la lógica colonial tras las colecciones de este tipo de museos. Pero, como sucede también en la otra sede no habitual, la villa privada Haus am Waldsee, la relación entre piezas y espacio que las acoge no llega a explotar del todo las posibilidades, y ese giro sutil se queda algo tímido. En la villa, la idea es atraer al espectador a reflexionar sobre la relación de la casa con su propio entorno, como alegoría del paisaje romántico, destacando el relato histórico-familiar de Mathieu Kleyebe Abonnenc o la única instalación en el jardín de Slavs and Tatars – además de la performance de Carla Zaccagnini en una de las balconadas exteriores de la casa.

En la sede central, el KW Institute for Contemporary Art, el intento es especular sobre la centralidad de Mitte en el arte contemporáneo en la ciudad, y de la arquitectura como espacio jerárquico, buscando una relación distinta de los proyectos con con esta. En teoría acogiendo los trabajos con displays menos habituales, de nuevo la formalización y el recorrido se hacen algo previsibles y poco desafiantes, aunque encontramos algunos que bien merecen la visita como el proyecto de Irene Kopelman o la instalación de Leonor Antunes.

Lo sorprendente –o no- es que las reflexiones en torno al museo -y la imagen- y su papel en lo histórico, la crisis del estado nación ante la globalización y la figura del ciudadano en este escenario se hagan desde el propio museo, desde una formalización y puesta en escena correcta y sobria, pero que remite rápidamente a un empaquetado bien conocido en los códigos del arte contemporáneo, a una musealización contemplativa bien insertada en el relato histórico oficial contemporáneo. Más allá de que haya muy buenos proyectos que tratan de forma notable los temas puestos sobre la mesa, pocos sorprenden. Y se echa en falta una mayor articulación en lo curatorial entre trabajos, con los contextos, los espacios, los eventos, el visitante… La sensación de estar dando vueltas sin llegar más allá del círculo marcado, como la tarjeta de García Torres, no dejó de acompañarme en los recorridos. Podríamos pensar en qué diferencia una bienal de una exposición de museo… ¿es simplemente una muestra expandida en diferentes espacios expositivos y con algunas actividades asociadas? ¿o debería ser algo más? Quizá ese algo más es lo que se echa en falta en esta edición.

Juan Canela es comisario independiente. Tras muchas vueltas, hace unos años que vive en Barcelona. Entiende el comisariado como un espacio de trabajo que se bifurca en diversos formatos - exposiciones, acciones, encuentros, libros, charlas, radio, paseos, baile, - en el cual lo performativo tiene un papel relevante. Entiende la escritura como una vertiente más de su práctica curatorial.

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