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08 julio 2019
Amateurismo

Melina Berkenwald

Amateur. El que ama. Su primera definición refiere a “aficionado” pero, indagando sólo un poco más en su etimología, el vocablo proviene del idioma francés cuando (amateur) sustituye a la palabra “amaor” la cual deriva de la palabra latina “amator” referida a “el que ama”[1]. En este traspaso de esa primera posición o condición amatoria a una segunda situación de aficionado, en tiempos más recientes, la palabra amateur empieza a relacionarse con el gustar y con el tener interés por una cosa o actividad (generalmente asociada a lo deportivo) que se hace sin recibir dinero a cambio, léase un interés desinteresado por un hacer. Amar se transforma entonces en un gustar por gustar, un hacer por gusto, un hacer por hacer, lo cual puede ser un dato útil para repensar el concepto de amateurismo en el presente y en relación al arte y las residencias artísticas.

Pensando en la producción artística, podría pensarse en el artista como un ser que, como creativo, está situado en su lugar y en su tiempo. Una creatividad ligada a un oficio que fue desarrollándose en relación al hacer y al pensar de cada individuo de cada época, conformando luego una profesión que, idealmente, se transmite sin especulaciones o condicionamientos extremos. Sin dudas, en este caso, el arte sería un hacer ligado a una acción a conciencia, desde una experiencia propia que no deja de ser primigenia y a la vez compartida con otros, por ser, de todos modos, parte de su tiempo. Lo antedicho podría ser un ideal ya lejano, siendo que en el presente aparece con mucha más frecuencia la palabra “profesionalización”, en alianza con términos como optimización y eficacia, ligados al mercado y al mundo especulativo y estratégico.

En relación a este concepto de lo amateur tan ligado a la práctica, pero a la vez tan olvidado o enmudecido, no está de más indagar el lugar y el rol que ocupa una residencia de arte como modelo en el que se prioriza el hacer arte estando, generalmente, en un lugar junto a otros. Un lugar en donde lo que se comparte es esa misma condición de ser (todos) productores de arte, condición que de algún modo también se comparte con el público que las visita, pues allí el artista sigue siendo antes productor que expositor, la obra sigue siendo antes proceso que producto final y la audiencia visitante es un testigo directo del trabajo del artista en su compañía.

Es desde este formato asociativo de encuentro de trabajo que llamamos residencias de arte que creo se promueve o ayuda, si no a mantener la noción de amateur (en referencia al gusto por el mismo hacer), a volver a ese lugar de amateurismo poco frecuentado, o poco consiente en el sentido de no ser tenido en cuenta. Y porque son espacios que promueven la apertura, la libertad y la experimentación, allí puede surgir lo nuevo que, aunque muchas veces es amorfo en esas instancias de trabajo inicial, implican un estadio necesario que conecta al artista con un trabajo más visceral o más arcaico, así más ligado a la naturaleza y a la experiencia propia, a un hacer en el que se sigue descubriendo y llegando a lo verdadero y al origen[2].

En la residencia de arte, casi todo sucede en un ámbito donde se conversa, se mira al otro hacer y se sabe que el otro mira lo que uno hace, y el ámbito así agrupa a un hacer compartido, un hacer con otros o más bien junto a otros. Un hacer ligado al hablar y al decir, porque se suceden conversaciones que, de muchos modos, amasan la producción creada en esos espacios de trabajo. La producción misma en la residencia prioriza la experimentación, las pruebas más allá de los aciertos, vale el error y es bueno tener dudas. Allí todo es posible porque no hay examen ni títulos, no hay consignas y no hay esquemas a seguir. Y porque no hay fechas de entregas finales, ni eventos expositivos formales sino un evento que, más que una exhibición, es un encuentro compartido con el público. Un encuentro a puertas abiertas y de mediación donde los artistas conversan con los visitantes y en donde los trabajos realizados son en sí mismos los mediadores de la conversación.

En ese sentido último de involucramiento entre el observador y la obra de arte, se piensan los “estudios abiertos”[3]: eventos específicos de las residencias de arte en los que se abren al público las puertas del lugar para que la audiencia entre, visite los talleres, y vea la producción realizada no sólo en diferentes estadios de trabajo (distintas instancias de producción) sino también y por sobre todo en compañía de los artistas. La residencia es hacer junto a otros y también un tiempo de mostrar proyectos compartiendo el hacer, conversando sobre el trabajo en el lugar mismo de producción, en un momento cercano a lo recientemente producido o aun en producción. Y de algún modo la obra se sigue produciendo cuando se la contempla y se la comparte con quien concurre, haciendo que el que observa se acerque al que produce desde un lugar más próximo.

Por los motivos antedichos, es nuevamente válido asociar el amateurismo al modo operativo mismo que brindan las residencias de arte, junto a otros proyectos abiertos ligados a otra forma de relacionarse con al saber y al hacer.[4]Y quizá porque en varias residencias el artista va con poco equipaje y tiene una infraestructura básica de elementos de trabajo y de herramientas, puede conectarse en forma más directa con ese origen de su ser artista, con el paisaje que le brinda el mundo, y sin saberlo de antemano, vuelve a un lugar inicial y por eso iniciático, renovando, reviviendo ese primer impulso que lo acercó al oficio antes de ser éste aprendido.

Quizá desde esta concepción romántica, vuelvo a buscar esa situación amatoria en el hacer algo, sea lo que sea. Existencial. Un lugar en donde el arte es una idea y un hacer que nos une a la especie. Que, como seres humanos, nos lleva a un lugar ontológico más profundo. Si la obra no lo remite ni transmite, quizá falló esa instancia primera de ser consecuencia de una necesidad de hacer. Porque al pensar este texto rememoré otros para mí fundamentales: “Cartas a un joven poeta” de Rilke[5], en donde se habla de un hacer ligado al corazón, y, sobre todo, un no poder dejar de hacer (en ese caso el escribir): un hacer como una necesidad imparable o ingobernable. El otro es un texto de Benjamin, “El Autor como Productor”[6], que prioriza nuevamente el hacer del artista o escritor, pero sobre todo su conexión con el tiempo presente y su contexto: la importancia de su relación con los otros, con las técnicas y las herramientas de trabajo de su tiempo, con los procesos de producción de la obra, dando lugar a un trabajo que, al acercarse al público de su tiempo, hace que el público se acerque a lo producido desde un lugar también de productor y no sólo de observador; no es que sea más activo, sino quizá más completo o al menos distinto.

Entonces, volviendo a la condición de amateurismo que refiere a una instancia primera que se relaciona directamente a la noción de amor y que es, aunque social, sobre todo visceral y espontánea, podría entonces pensarse como una instancia anterior, paralela o al menos complementaria de lo que conocemos como carrera profesional o educación formal y profesionalización. Amateurismo como condición nata, sin condicionamientos implantados o sobre-aprendidos o excesivamente formateados o estigmatizados. Quizá la frase “por amor al arte” nace de este principio que antecede doctrinas, normas, saberes programáticos y la tradición misma que organiza en cánones y etiquetas.

Sigo creyendo que las residencias de arte brindan la posibilidad de conectarse a una idea de originalidad, aquí ligada a la unicidad del individuo como productor que, en un ámbito compartido del aprender y del hacer, puede participar de una autoría auténtica en la que se defiende al arte como objeto singular, no por su precio o su carácter diferencial de otros trabajos. Singular en su ser en el mundo con una razón dada por quien lo hizo. Por no ser un mero material con una forma o con color, sino con un alma propia. Porque muchas veces me acerco a observar los trabajos de los artistas desde una condición animista; les busco el alma, el corazón, algún latido propio que haya dejado el artista en la materia. Es a conciencia una idea animista que tengo en relación a trabajos que me interesan y conmueven: porque para mí tienen alma, y alguien se las dio, y porque me conectan a ese ser que las produjo, por decir de algún modo metafórico o poético o idealista según se quiera. Porque pienso que el artista profesional que hace su trabajo con el alma puede también crear algo que tenga, en cierto modo, también un alma propia.

 

 

 

 

 

 

 

 

[1]Definiciones extraidas de diferentes diccionarios de internet. https://dle.rae.es/?id=2GebkGB ; https://es.wikipedia.org/wiki/Amateur ; http://etimologias.dechile.net/?amateur entre otros

[2]Puede pensarse acá en el concepto de Aletheia y el texto de “El origen de la obra de arte” de Heidegger, M., en Arte y Poesía, Breviarios. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1992.

[3]Junto a los estudios abiertos, también son frecuentes las “presentaciones audiovisuales” en donde los artistas conversan con la audiencia sobre sus proyectos realizados y a realizar, generalmente al inicio de las residencias.

[4]Sin olvidar que en el ámbito actual lo amateur erróneamente refiere a una idea negativa ligada a lo poco profesional o lo que no está hecho con seriedad y compromiso. Es quizá por eso que a algunas residencias de arte se las ve como sitios de excesiva libertad, diversión y ocio; quizá porque la misma flexibilidad del modelo les permite ser demasiado informales o tener programas poco claros de encuentro y de trabajo. Aunque no dudo de que esto sucede, no es de ese tipo de residencia de arte del que hablo ni el que me interesa. Por el contrario, hablo del modelo de residencia de arte que, en su misma libertad de ser y en lo que le ofrecen a los participantes, brindan a los artistas un sitio en donde conectarse nuevamente con ese momento vocacional en el que el hacer fue pensado desde un lugar más puro e íntimo, necesario y personal. Y sin dejar de ser un hábitat temporario compartido, por estar ligado a un determinado tiempo y espacio en donde se es y se está como ser en el mundo con los otros.

[5]Rilke, R. M., Cartas a un joven poeta. Selección de poemas. Losada, Buenos Aires, 2004.

[6]Benjamin, W., The Author as Producer. Art in Theory. 1900-1990. An Anthology of Changing Ideas. Ed Charles Harrington & Paul Wood. Blackwell Publishers Ltd. Oxford, 1992.

 

(Imagen destacada: Visita de los talleres en URRA)

 

 

 

 

 

Melina Berkenwald nace en Buenos Aires, Argentina en 1972. Vive y trabaja en Buenos Aires. Es artista visual y gestora cultural. También realiza trabajos curatoriales, de investigación y de enseñanza. Cuenta con un Doctorado en Arte de la Universidad de Westminster y un Master en Arte del Chelsea College of Art de Londres y un Profesorado de Dibujo y Pintura de la Escuela de Arte de Buenos Aires. En 2010 funda el Proyecto URRA dedicado a la creación de residencias de arte, que dirige desde entonces (www.urraurra.com.ar).

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