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Magazine

10 diciembre 2007
… and I could not bear to let it go

Milena Pi

Una figura que se insinúa detrás de una cortina y que mira a través del cristal de una ventana, unas piernas saltando sobre una cama desecha, en claroscuro, constelaciones de pastillas, imágenes nocturnas en un desierto americano o “pleh”, “help” escrito al revés sobre la luna entelada de un coche, que refleja, a su vez, las luces blancas del alumbrado urbano. Sascha Weidner rescata momentos, sale a la caza furtiva del detalle que aísla, ensalza, resaltando lo bello y efímero de cada encuentro.


Bajo el título “Enduring Beauty” la galería Toni Tàpies presenta por primera vez en España la obra del joven artista alemán Sascha Weidner (Osnabrück, 1976). Casi 40 fotografías de varios formatos y medidas serpentean a diferentes alturas por las paredes y rincones de la galería, invitando al espectador a descubrir, hilvanar y recomponer con su mirada las piezas de un relato. Pero la narración no es estanca, Weidner trabaja en diferentes series simultáneamente, por lo que algunas obras reaparecen en un catálogo u otro, saltan de una exposición a la siguiente, tejiendo así una madeja de lecturas y sentidos que hacen de su trabajo un conjunto orgánico. De ahí también el amplio espectro de fechas –del 2003 al 2006- de escenarios –Los Ángeles, D.F…- y de motivos –fotografías espontáneas o de estudio, paisajes urbanos, salvajes, de objetos o personas-. “Beauty remains”, “All that could have been” o “Staying is nowhere” (un verso de Rilke) son algunos de sus trabajos más recientes.

Sin embargo todo conduce hacia una misma reflexión: la belleza, tema central en la obra de Weidner. Con una velada alusión a una desastrosa operación militar en Irak (“Enduring Peace”), “Enduring Beauty” cuestiona las pretensiones de verdad y permanencia de ciertos conceptos que se pretenden universales, monolíticos. Como bien describe Dorothea Schöne en la hoja de sala “muestra una contradicción inherente: aquello que no tiene una existencia propiamente dicha, lo que no es absoluto ni posee un derecho completo al vigor, tampoco puede ser duradero, como es el caso del término Belleza”, o lo convencionalmente bello.

En su ensayo “El arte en estado gaseoso” (2003), el filósofo francés Yves Michaud traza el diagnóstico de un cambio en la concepción de la belleza a lo largo de la modernidad y la postmodernidad, a partir de la década de los ‘70. Ligado a la pérdida del concepto objetual del arte en favor de otras prácticas como la performance o la instalación, asistimos a la traslación de lo bello a esferas ajenas. Así pues, la obra desaparece como entidad física, única garante y vehículo de la experiencia estética. Donde antes había objeto ahora hay vivencia, y es a partir de ella, de la interpretación personal del motivo, que Weidner puede aludir a la perdurabilidad de lo bello. Lo duradero es la experiencia.

Sascha Weidner escenifica una belleza intimista y fortuita, que es proyección y producto de la existencia humana a pequeña escala. Una belleza redentora como en Fausto –Detente, ¡eres tan hermoso!-“, una promesa de felicidad como el aforismo de Stendhal. Para ello, sus fotografías rehuyen la épica, la pompa de lo trascendental, y se recrean en aquello anecdótico y fugaz, lo que contemplamos desatendidamente, sólo en superficie y permanece un vago momento en el recuerdo. Es en este ejercicio de captura y hechizo de lo cotidiano que se logra despojar el detalle de lo efímero, y hacer de lo biográfico un universal compartible.

Una figura que se insinúa detrás de una cortina y que mira a través del cristal de una ventana (“Braced II”, 2006), unas piernas saltando sobre una cama desecha, en claroscuro (“Undone II”, 2004), constelaciones de pastillas (“Cancer II”, 2005), imágenes nocturnas en un desierto americano (“Demand II”, 2006) o “Pleh” (2004), “help” escrito al revés sobre la luna entelada de un coche, que refleja, a su vez, las luces blancas del alumbrado urbano. Aquí Weidner rescata momentos, sale a la caza furtiva del fragmento que aísla, ensalza, resaltando lo bello y transitorio de cada encuentro. En otros, el artista hace un guiño a la tradición, evocando nombres o clásicos de la historia del arte, como las torres de agua de “Bernd & Hilla II” (2006), la bíblica “Lutte de J. avec l’Ange II” (2006), o las referencias a una particular Santa María (“Heilige Maria II”, 2005) y San Sebastián (“Heiliger Sebastian II”, 2003). Sin olvidar tampoco sus exteriores, la dramática atmósfera del cine de Lynch, de carreteras vacías y luz teatral, como “Tunnel II” (2003), “Aurora II” (2004), o el increíble aparcadero semicubierto de “Inside/Outside II” (2004).

Pero la belleza, en términos románticos, encierra su propia condición de finitud, y así lo explicita el propio Weidner. Su fotografía esconde una sorda melancolía, pues bajo lo harmónico de la forma y la composición subyace una belleza que se extingue y consume en ella misma: vida y muerte, felicidad y miedo, son fuerzas opuestas que aquí se debaten. La imagen de pequeñas figuras despaldas, contemplativas ante un horizonte de noche iluminada a las afueras de una gran ciudad, como el viajero de Friedrich ante lo sublime de los Alpes. En esta lábil frontera se ubica la obra de Sascha Weidner, jugando con la fragilidad de lo efímero y lo universal de la experiencia del que sea, quizá, uno de los conceptos más complejos del arte contemporáneo.

En último término aludir también a los cuatro pequeños textos, a penas frases, que abren y cierran el catálogo de la exposición en la Toni Tàpies. La primera una canción, la segunda un aforismo, la última quizá del propio Weidner: “… and I could not bear to let it go”.

Milena Pi

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