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01 abril 2010
Atopía. O sobre ese malestar alérgico que nos amarga la existencia

Que se diga de alguien que es como un libro abierto no quiere decir que lo sea; quiere decir que es transparente, que se muestra como es al exterior, que no tiene motivos para esconderse de nada, que se abre al mundo para quien quiera consultarlo. En consecuencia si decimos de un proyecto -por ejemplo, de una exposición- que es como un libro abierto, no debemos pensar que lo sea si no que el discurso o contenido que lo sustenta es tan claro y transparente como un libro que se abre.


Hilvanada con palabras y proyectos artísticos de variada índole, procedencia e interés, la exposición que nos ocupa y cuyo título es Atopía se podría circunscribir en el marco de esa tipología de exposiciones de grupo que, partiendo de una idea, una imagen, un objeto o un pretexto, consigue que el público no sepa cómo interpretar lo que, pese a presentarse ante sus ojos como una exposición en toda regla –en este caso, como la primera exposición propiamente de arte contemporáneo producida por el CCCB desde su apertura en 1994- se le invita a penetrar en la misma siguiendo una estructura que no podrá abandonar hasta el final de su recorrido. Formulada desde el mismo prisma literario desde el que se han creado los textos del catálogo y que, a modo de mosaico impresionista, desvelan el discurso sobre el que se articula esta exposición, la selección de obras a la que se ha recurrido para diseminar su contenido por el espacio expositivo del CCCB, más que realizada sobre la base y el rigor de unos particulares y, en algunos casos, interesantísimos discursos artísticos individuales, parece construida según la lógica de un cúmulo de ilustraciones seleccionadas por su capacidad de mimetizarse con los capítulos de un libro transmutado en exposición y agrupadas para acabar siendo un enorme cajón de sastre listo para completarse con las inquietudes y reflexiones de un filósofo y un escritor en torno a ese sentimiento apocalíptico que, a juicio de ambos, planea sobre la ciudad pero también desde ella, a partir de ella, en torno a ella, al margen de ella o con o sin ella…. Es decir a partir de las reflexiones que, desde mucho tiempo antes de concebir esta exposición, ya habían iniciado sus dos comisarios en torno al estado de salud de la sociedad contemporánea, su imprevisible evolución y de aquello que, como el arte, nace, se desarrolla y, a veces, muere en su propio seno.

Lejos de un ataque a un proyecto tan acertado en la elección de algunas de sus propuestas como etéreo en su discurso global, cabría señalar que lo dicho hasta ahora, si bien parte de una exposición muy concreta, también responde a algo que desde hace tiempo se percibe en buena parte de las exposiciones actuales y que consiste en la irregular concordancia que existe entre el discurso y las obras que se seleccionan en función de si el ámbito profesional al que pertenece quien las concibe participa plenamente del debate del pensamiento o del de la praxis artística o curaduría de exposiciones. Aunque, en principio, esto no debería ser así, parece que la lógica sobre la que se articula el pensamiento de un filósofo, al tiempo que le brinda la posibilidad de alcanzar momentos brillantes en la articulación de su pensamiento, es también lo que le aleja de lo que consiguen reflejar con lucidez quienes a partir de una acertada selección de obras y artistas nos confrontan con aquellos aspectos de la deriva del arte que, más que con aquellas palabras que nunca acaban de encontrar, se expresa con obras, a través de ellas, entre ellas, en ellas o hasta en ellas.

Por bien que no se puede afirmar que ni los 41 artistas de este libro/exposición ni las cerca de 170 obras que configuran su prólogo, epílogo, cuatro capítulos y esos tres espacios de transición donde parece que se habla de lo que se quería pero que no se sabía ni como ni cuando ni dónde, sólo hayan sido seleccionados para ilustrar una narración nacida de la convicción de que el urbanita contemporáneo ha dejado de ser el alma de su propia ciudad para convertirse en su víctima y, por consiguiente, en el mártir de una suerte de Frankenstein transmutado en sádica e impune ciudad ideada para terminar con todo lo que mueva por sus calles, cabe señalar que entre las propuestas, diálogos y conversaciones que los comisarios de Atopía han conseguido establecer, a veces se nos invita a abandonar el libro con el fin de poder apreciar la vida que también tienen las obras al margen del discurso de quien las ha escogido. Es así, como paralelamente al imaginativo Diccionario del malestar de la cultura firmado por Josep Ramoneda en el catálogo de la exposición o de las reflexiones que articula Iván de la Nuez a partir de las imágenes de su particular diccionario de imágenes, se puede acceder a momentos de sugestiva trascendencia como los que nos brinda el diálogo entre las maquetas en plata de Carlos Garaicoa y las fotografías de James Casebere, las imágenes urbanas de Sergio Belinchón con la street-movie rodada en Caracas por José Antonio Hernández-Diez, la proximidad con la realidad en las imágenes de Montserrat Soto frente al cristal que nos aísla de ella en las propuestas de Nuno Cera, la catarsis que provoca Rafael Lozano-Hemmer frente a la desinhibida reclusión retratada a la perfección por Alexander Apóstol… en suma, entre todo lo que seamos capaces de apreciar transitando por el espacio de exposición al margen de las celdillas donde se encierran las obras. Sólo así se respirará el aliento de sus vidas.

Cuando Frederic Montornés obtiene su licenciatura en Historia del Arte por la Universidad de Barcelona, lo único que tiene claro es su deseo de centrarse activamente en el análisis de las prácticas artísticas que le permiten acercarse al arte desde la propia experiencia. También colecciona sombreros para caballero de la talla 57, práctica iniciada a los 15 años como homenaje a aquel Ocaña que veía pasear por Las Ramblas.

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