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26 junio 2013
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Bajo los efectos de la droga en la Casa del Lago

Eduardo Pérez Soler


Reflexionar sobre las drogas en México supone enfrentarse a un fenómeno poliédrico y difícilmente abarcable. Después de todo, estas sustancias adquieren para los mexicanos una gran diversidad de significados: percibidas por ciertos sectores de la sociedad local como un grave problema social y sanitario, son reivindicadas por otros como un instrumento de contestación y un símbolo de libertad. Utilizadas a menudo con finalidades recreativas, entre ciertas etnias adquieren un profundo significado religioso y una extraordinaria importancia ritual, como sucede con la hierba María entre los mazatecas o el peyote entre los huicholes. Las drogas son también un poderoso motor económico, capaz de emplear abundante mano de obra –desde campesinos hasta camellos, pasando por mulas, sicarios y músicos– y de enriquecer de una manera desmesurada a los grandes narcotraficantes, como pone en evidencia la figura de Joaquín, el Chapo, Guzman, máximo dirigente del cártel de Sinaloa, quien entre 2009 y 2012 formó parte de la lista de los hombres más ricos del mundo de la revista Forbes. En fin, las drogas son una extraordinaria herramienta de poder, capaz de influir de una manera determinante en la agenda de la clase dirigente del país y de infiltrarse en los más diversos estamentos de la administración pública, al grado de convertir la política mexicana en una narcopolítica o, por decirlo de otra manera, en una política psicotrópica.

Sobre las drogas y sus imaginarios versa, precisamente, la exposición Los comedores de loto, abierta al público hasta el 28 de julio en la Casa del Lago de la ciudad de México. Se trata de una de las muestras más interesantes que pueden verse esta temporada en la capital mexicana. Inspirada en un pasaje de ‘La Odisea’ que narra cómo los hombres de Ulises, tras ser empujados por la tempestad a la isla de los lotófagos, se rinden a los placeres de una planta narcótica, la exposición aglutina una gran diversidad de trabajos que, desde distintas perspectivas, se aproximan al fenómeno de las sustancias capaces de alterar nuestra percepción sensorial.

Los comedores de loto aparece como una amalgama de trabajos heterogéneos –obra de creadores tan diversos como Rosemarie Trockel, Jimena Mendoza, Aníbal Delgado, Mark Leffingwell y Enrique Minjares, entre otros– que incluye no solo proyectos artísticos, sino también materiales etnográficos, piezas de mobiliario y propuestas de diseño gráfico, con la idea de ofrecer una visión caleidoscópica del universo de la droga.

Precisamente, el carácter interdisciplinar de la exposición se ve enfatizado por su particular montaje, que yuxtapone las distintas propuestas en un magma indiferenciado, con el objetivo de disolver las jerarquías genéricas y estilísticas. Las propuestas se entremezclan en el espacio expositivo como si, cuando menos en apariencia, hubieran sido abandonadas de forma azarosa. Fríos documentos etnográficos se combinan con pinturas de aire psicodélico; cómodos sofás que evocan la experiencia de la narcosis comparten espacio con los libros de la Biblioteca Cannábica; propuestas de arte objetual se entremezclan con trabajos de corte periodístico. De este modo, las salas de la Casa del Lago se convierten en un entorno híbrido, a medio camino entre el espacio de contemplación, la sala recreativa y el centro de documentación.

De hecho, el particular montaje de la muestra termina por erosionar el propio concepto de autoría, al eliminar toda referencia a los creadores individuales. Los cédulas de obra brillan por su ausencia en el espacio expositivo, de manera que resulta imposible vincular cada una de las propuestas con un autor concreto. Este hecho, aunado a la falta de una ordenación jerárquica de las piezas que componen la muestra, lleva al espectador a percibir Los comedores de loto como una especie de corpus colectivo y ya no como la suma de diversas obras individuales.

Los comedores de loto busca aproximarnos a la imaginería de la droga sumergiéndonos en una atmósfera algo onírica y alucinatoria. Su finalidad no es ofrecer una visión objetiva de las sustancias estupefacientes sino introducirnos en su realidad mediante las sugerencias y las alusiones a los estados sensoriales que provocan. Y, en este sentido, cumple su cometido con eficacia.

Ahora bien, esta exposición no deja de exhibir un flanco débil: la condescendencia que muestra frente a la situación de violencia provocada por el tráfico de drogas en México. Es este un problema que marca de una manera profunda la agenda política y la vida de los mexicanos. Se trata de un tema que, por otro lado, ha dado pie a poderosas imágenes artísticas, como las cartas para cortar cocaína ilustradas con imágenes de víctimas de crímenes de narcotráfico, de Teresa Margolles. La violencia provocada por los narcotraficantes es una cuestión que no se puede eludir en una exposición dedicada a las drogas. Y es una pena que Los comedores de loto, una exposición casi redonda, pase por ella de puntillas.

Eduardo Pérez Soler piensa que el arte –como Buda– ha muerto, aunque su sombra aún se proyecta sobre la cueva. Sin embargo, este hecho lamentable no le impide seguir reflexionando, debatiendo y escribiendo sobre las más distintas formas de creación.

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26 junio 2013

Bajo los efectos de la droga en la Casa del Lago

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