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Magazine

27 septiembre 2011
Cómo hacer cosas con libros, aún

Oriol Fontdevila

Múltiplos, librería especializada en libros de artista, abre sus puertas en Barcelona. El trabajo artístico sobre papel sigue en marcha, creciendo y asumiendo cuáles son sus orígenes y, seguramente, cuáles son sus objetivos. Artistas que producen libros, libros que forman parte de estrategias y sistemas de trabajo múltiple, donde una serie de posibilidades de contacto aparecen conjuntamente.


El libro de artista puede parecer a estas alturas una concesión a la nostalgia. Entre los casos que se encuentran en la librería que recientemente ha abierto en Barcelona, ​Múltiplos, especializada en este difuso ámbito editorial, podemos ver que, efectivamente, una cierta cantidad de ejemplos remiten a planteamientos que, al margen de ser más o menos de raíz conceptual, utilizan soluciones gráficas y formales que podemos identificar plenamente con el arte conceptual norteamericano de finales de los años sesenta, así como planteamientos que, remitiendo igualmente a publicaciones contraculturales de la década siguiente permiten constatar, una vez más, como estas habrían fructificado en una tendencia estética más que no en hacer extensible el ánimo contestatario que se encuentra en su génesis. Sin embargo, en torno a este conjunto de publicaciones, a menudo autoeditadas por artistas y colectivos y que, en cualquier caso, se plantean en la lógica de proyectos de creación, creo que es oportuno preguntarnos si realmente se trata sólo de publicaciones en una línea vintage, o de una especie de revival -que si es así, este ya llevaría un buen número de años entre nosotros-, o bien se puede esperar algo más, aún en la actualidad , de los llamados «libros de artista».

El año 1969 –retrocediendo a un momento clave de esta genealogía de la producción cultural-, Seth Siegelaub, poco tiempo después de haber cerrado su galería del West 56th Street de Nueva York y de haber procedido a la realización de exposiciones que sólo han existido en formato papel, afirmó que, gracias a las publicaciones, “ahora mi galería es el mundo […], las páginas en catálogos y revistas se pueden distribuir por todo el mundo muy, muy rápidamente”. Esta consideración al entorno de la difusión masiva y la comunicación directa en relación a las prácticas artísticas, la encontramos formulada de manera similar en relación a tantos otros casos de dispositivos que han permitido la experimentación mediática al arte del siglo XX, desde la práctica de cine con los constructivistas rusos hasta las prácticas artísticas en soporte digital en la red de Internet que se han dado desde mediados de la década de los noventa. Precisamente alrededor de estas últimas, otra aseveración, en este caso procedente del manifiesto de la Société Anonyme de principios del nuevo milenio, habría planteado nuevamente el reemplazo del dispositivo de exposición: “En las sociedades del siglo 21, el arte no se expondrá. Se producirá y se difundirá”.

Pero actualmente, podemos constatar que si bien, efectivamente, las prácticas artísticas tienen una presencia importante en Internet y que, incluso, prácticamente no podrían existir sin tener en cuenta esta red en una gran parte de sus fases del proceso de producción y distribución, a la vez también es cierto que tanto las publicaciones en papel como también las exposiciones a galerías o en espacios físicos continúan teniendo tanta o más importancia que anteriormente, sin que probablemente nunca ninguno de estos dispositivos haya conseguido acabar definitivamente con sus predecesores. A principios del siglo XXI, probablemente, si algo podemos diagnosticar como obsoleto no es ninguno de los medios ni tecnologías para la comunicación que se han gestado en la último siglo, sino que, probablemente, lo que definitivamente se tendría que desterrar de la cultura sería esa retórica de cuño darwinista que tan a menudo aparece vinculada a los procesos de emergencia de las novedades tecnológicas. Y así, en el caso los libros de artista, lo que observamos hoy en día es que únicamente estos no han sido desbancados, sino que, contando por un lado con la más reciente emergencia de las tecnologías digitales y por el otro con la pervivencia de las salas de exposiciones, lo que constatamos es como precisamente estos se resignifican y transforman su modus operandi, en paralelo a la redefinición constante de los paisajes mediáticos donde en cada momento se insertan.

Anna Pahissa, responsable de Múltiplos, afirmaba en el marco de su primera actividad pública que la librería vendría a ser el primer paso de una iniciativa de mayor dimensión, y que, por lo tanto, ella misma prefiere definir la nueva iniciativa como «una plataforma «. Entre los objetivos de ésta, destacaba el de funcionar como una estructura de distribución, contribuyendo tanto a la diseminación de publicaciones nacionales como al abastecimiento de importaciones a nuestro contexto, al mismo tiempo que hablaba de la voluntad de incidir en la producción de nuevas publicaciones, ya sea por mediante el establecimiento de colaboraciones con otras organizaciones o con la articulación de una línea editorial propia, así como, por último, se planteaba funcionar como un espacio de investigación, con la organización de debates e iniciativas relacionadas con el análisis y la crítica. Todo ello podría interpretarse como sencillamente la voluntad de hacer más grande la empresa, si bien pienso que esta potencialidad que se apunta también da cuenta tanto de la vitalidad en que se encuentran este tipo de publicaciones, pudiéndose poner esto en correspondencia con la posible tendencia o revival que hemos supuesto que se estaría dando, así como, y probablemente de manera más interesante, también se remitiría a algunas de las particularidades que actualmente se dan con el desarrollo de publicaciones en relación a proyectos artísticos.

En la textura del libro, en su condición de significante y en la dimensión objetual de este vehículo, probablemente se pueda instalar con facilidad una cierta significación de dejà-vu, de regreso o de repetición del pasado. Y, así mismo, este significante tampoco dejaría de corresponderse con el auge que también vivo de prácticas artísticas basadas en ciertos dispositivos de la memoria y la historia y que han llevado a la recuperación de elementos que con las prácticas conceptuales también han sido suficientemente intervenidos, como son el archivo o documento. Pero al mismo tiempo, sólo con la consideración de esta evocación y la exploración del potencial nostálgico, se acerca el peligro de restablecer -y de una manera que no por extendida sigue siendo considerablemente paradójica- la cualidad de fetiche que la genealogía conceptual del arte precisamente habría intentado rebatir mediante la práctica del libro.

Por otra parte, con la consideración del libro como medio de comunicación y su valoración en relación a un entorno mediático que progresivamente se ha convertido en más complejo, es todavía posible activar su potencial en correspondencia a las soluciones multimediáticas por donde transitan los proyectos artísticos en la actualidad. En este sentido, el libro de artista ya no lo debemos considerar solamente en relación al escenario mediático de la época del arte conceptual y hacia donde habría tendido a utilizarse como una alternativa, ya sea al momento de capitalizar su valor artístico o bien al sustituir a otras formas de representación como son la exposición o el catálogo. En relación con el paisaje mediático actual, la utilización de material impreso en correspondencia a proyectos artísticos creo que se plantea más bien como una serie de dispositivos que ya no funcionan de manera centrípeta y que se activan, en cambio, entre un conjunto de elementos disponibles y en articulación con otros medios. En este sentido, la publicación impresa asumiría un rol estratégico hacia la expansión de las posibilidades performativas de los enunciados artísticos, a fin de generar unos significados y situaciones en medio de un itinerario más complejo que los proyectos en cuestión trazan por y entre diferentes soportes mediáticos, así como con la probable activación, en el caso del libro, de los patrones culturales, narrativos y conceptuales que están asociados como recursos experimentales.

Posiblemente, si sólo se tratara de nostalgia, sería suficiente que Múltiplos fuera una librería o una tienda de curiosidades. Si bien, en relación con la multiplicidad de funciones y la capacidad de intervención que asumen los libros de artista, aunque hoy en día, se requiere, en cambio, conectividad, voluntad de hibridación y de trabajo en colaboración. La librería comparecería así como un nodo rearticulable según la lógica de proyectos concretos, como una herramienta al servicio de los productores y agentes culturales probablemente. Así como el mismo término, «Múltiplos», hace alusión a la serialización que es propia del soporte impreso, también podría llegar a referirse, en su activación como «plataforma», a efectos de la multiplicación y de desarrollo exponencial que los procesos culturales y artísticos se pueden plantear con la utilización estratégica y la conexión a veces imprevisible entre soportes mediáticos, los de última generación y también los más antiguos.

Oriol Fontdevila cree que es interesante la dimensión política y social de las prácticas artísticas y los fenómenos culturales; que la cuestión de la innovación cultural tendría que tratarse en correspondencia con la de progreso social; que el trabajo transdisciplinar es una oportunidad, no solo apara sumar conocimientos, sino para generar entornos desde donde problematizarlos; y que desde la crítica de arte y el comisariado se pueden hacer aportaciones al respecto.

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