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20 julio 2010
El cuento de Juan Palomo: yo me lo guiso, yo me lo como

Desiré Vidal

Nota a los estudiantes de arte sobre las amenazas, miserias e incertezas de la creación colectiva, el hazlo tu mismo y el por amor al arte. Una cada vez más y mejor oferta formativa superior en gestión, diseño, investigación y desarrollo, es acompañada por una más que normalizada precariedad laboral del sector


Si Diego Padilla, más conocido como Juan Palomo e integrante del grupo de bandoleros los Siete Niños de Écija, hubiese estudiado Bellas Artes hoy problablemente formaría parte de alguno de los numerosos colectivos de creadores activos desempleados –por ejemplo la asociación Amalgama de Vigo y su Centro de Gravedad Permanente–, lidiando urgentes y precarias fuentes de ingresos con el desarrollo profesional de una carrera eternamente emergente a través de premios, becas y residencias. Hace dos siglos, Juan Palomo era un bandido social que vivia en los márgenes de las áreas rurales como forma de resistencia popular. Piratas, bandidos o insurrectos, los rebeldes primitivos de Eric Hobsbawn, continúan vigentes convertidos hoy en activos sociales creadores de capital conigtivo circulante, un capital intangible preciado sin apenas valor de mercado.

El arte pone en solfa a su tiempo, lo mira de frente y con lupa y propone una mirada propia y crítica de aquello que experimenta, contribuyendo a alimentar imaginarios sensibles populares y, a su vez, a generar nuevos puntos de relación entre discurso y conocimiento. Estas capacidades sociales, creativa y relacional, pueden ser provocadas e impulsadas fuera de los márgenes y circuitos establecidos para un normal desarrollo, entre ellos el económico, del ecosistema de las artes, especialmente de aquellas cuyo valor de mercado no está dependientemente ligado a la explotación directa de un usuario-espectador-consumidor, como suele suceder por contra en los casos del diseño gráfico, el cine, la arquitectura, la música, el teatro o la literatura. Son los géneros autónomos de la contraparte, aquellos motivados por el deseo más que por el fin, sea cual sea su forma o medio. Esta voluntad de hacer y la necesidad de inventar son rasgos comunes del artista, esté del lado de aquí o de allá, circule su obra por Internet o por salas de museos y galerías, sigan su obra cinco o cinco mil personas. Ello da lugar a que la circulación, exhibición y puesta en valor del trabajo creativo se convierta en un auténtico ejercicio de riesgo, fe y perseverancia y, en numerosas ocasiones, suponga un esfuerzo profesional y personal sin alicientes ni retribuciones.

Entonces, ¿qué sucede cuando en este diverso y complejo ecosistema se alteran los roles y las estructuras de poder que los regulan? ¿qué sucede cuando la creación anónima, voluntaria y espontánea se estandariza como modelo de producción? En el cuento de Juan Palomo, el bandolero que hacía las cosas a su manera para sí asumiendo riesgos, sería hoy la metáfora del creador precario de sí, él se lo hace –do it yourself!–, él lo expone y lo distribuye -por amor al arte-.

En la materia bruta del capital conigtivo, la información, se advierten dos magnitudes hiperdesarrolladas por las recientes herramientas de comunicación digital, especialmente Internet en todos sus soportes: la velocidad de diseminación –ya anunciada por Paul Virilio– y el impacto de culturalización social imprevisible. Sería éste mecanismo de producción de conocimiento y subjetividad el que distorsionaría los criterios de valor de mercado del arte y diluiría los márgenes de distinción entre práctica profesional y amateurismo.

El paso de una formación superior profesionalizante hacia una amateurización profesional evidencia, una vez más, las perrerías de un sistema de mercado bulímico y ansioso, una situación insostenible para muchos y la necesidad de pensar y actuar –como en las recientes Jornadas de precariedad y autoorganización del trabajo creativo- desde el lugar que sea menos doloroso e incómodo para cada uno. En este caso, se hace casi inevitable cuestionar el sistema de creación colaborativa e hipertextual en medio de un desproporcionado desarrollo de la economía del conocimiento donde la clave de su rendimiento reside en quién tiene la llave de qué lugar preciado.

Tal vez sea cierto que no exista suficiente cuota de mercado para tanto artista, comisario, gestor, diseñador, montador, director… Y que Juan Palomo problablemente estaría pluriempleado para costearse su carrera artística y que se plantee una inevitable diversificación de la actividad convertida en creatividad aplicada a otros ámbitos y formatos, conocimiento codificado expandido.

Desiré Vidal

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20 julio 2010

El cuento de Juan Palomo: yo me lo guiso, yo me lo como

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