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19 marzo 2013
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En defensa de la embriaguez crítica. Sobre «Greatest Hits», de Christian Viveros-Fauné

En un artículo para Artforum, Katy Siegel dividió el campo de los críticos de arte con base en Nueva York en dos grandes bandos: los “pensadores”, atrabiliarios teóricos de la cultura mayormente relacionados con la revista October, versus los “sensibles”, con los nombres de Peter Schjeldahl y Dave Hickey a la cabeza de la lista. Se podrían buscar sinónimos para el contraste: los profesores versus los publicistas, o: los solemnes versus los dichosos. ¿Los quejumbrosos versus los intoxicados?

Quien repone la anécdota es Christian Viveros-Fauné, nacido en Santiago de Chile en 1965 y afincado en Brooklyn hace dos décadas como crítico de arte. Decididamente, Viveros-Fauné milita en el segundo grupo, y se desgañita, en sus textos, por encontrar los adjetivos más hirientes para calificar al primero y, en general, a todo lo que en el ambiente del arte huele a aburrimiento, a monografía, a especulación o a papeleo institucional. Lo que implica una declaración de guerra a la legión de profesionales del lenguaje y la materia que, en las últimas décadas, se embarcaron en la nave de las artes visuales con distintos resultados. El clima de esta guerra sofocante y jocunda es parecido al de un foco de resistencia contra los muertos vivos, en el cual el bando enemigo cuenta con las ventajas de la mayoría y la autorreplicación. Pero, contra el cansancio y la desidia, los adjetivos solitarios de Viveros-Fauné siguen volando, salidos de la nada, como puños sin brazos hechos de sensación.

El boletín de la guerra contra la burocracia y el letargo, publicado semana a semana en el Village Voice en la forma de críticas de arte, viene de ser antologizado y traducido al español por Metales Pesados, nuevamente en Santiago de Chile. El libro, Greatest Hits, es un compendio de críticas con el olor del día, rebosantes de la alegría y el horror de visitar exhibiciones regularmente. Este breviario de la campaña de Viveros-Fauné por las principales salas de Nueva York en la década pasada viene, también, a dejarse leer como testimonio anticipatorio: las frases cuidadas y a menudo pinchudas que Viveros-Fauné dedica a sus pintores predilectos y a sus curadores odiados (pongamos en los extremos del espectro a Lisa Yuskavage y Massimiliano Gioni) ofrecen un vislumbre de ideas artísticas disparadas más allá de los límites conceptuales autoimpuestos de la industria del arte, sus organismos institucionales y sus discursos estandarizados.

Como en mucha de la mejor crítica «esteroidal» en la que Viveros-Fauné se siente a gusto, en su escritura puede escucharse el soplido en la nuca de las entregas y las constricciones del trabajo a corto plazo, aunque el libro tiene la extraña continuidad y la autonomía de una novela, con episodios centrales (John Currin, Neo Rauch, la citada Yuskavage), tramas menores (la demoledora crítica de varias exhibiciones curatoriales en su momento muy comentadas) y momentos de autorreflexión, como el perfil del admirado Schjeldahl y el último texto, dedicado al «surrealismo curatorial».

La defensa de la sensación y cierto ambiguo universalismo redundan en el despliegue de un esteticismo planeado, un lenguaje crítico cargado de matices, o mejor, íntegramente compuesto de matices, adversativas, caramelos ácidos y bombas de olor con vocación humanista. Pero el esteticismo de Viveros-Fauné no es solamente constitutivo de su propensión a lo intenso, lo embriagante y lo bello, así sea en la guerra contra el tedio, ni se limita al canon pictórico elegido (un canon visible como una firma, formada por puntos que son, a su vez, nombres). Su esteticismo es más bien el atributo de un reencuentro con la idea espectral de la autonomía del arte, tras las líneas perdidas de las justificaciones teóricas al uso, la catatonia y el lenguaje de pedidos de beca. Las críticas de Viveros-Fauné ocurren en el mundo de lo extraordinario, un mundo en el que el arte se ha apropiado nuevamente de las palabras y en el que las palabras tienen vida propia al referirse a las obras de arte—aquellas cosas que, «de todas las cosas, son las únicas que tienen vida», según decía Oscar Wilde.

¿Caprichoso? ¿Sentimental? En el vocabulario de Viveros-Fauné, estos y otros elogios son bienvenidos.

Claudio Iglesias es un crítico radicado en Buenos Aires. Sus últimos libros son Corazón y realidad (Consonni, Bilbao, 2018) y Genios pobres (Mansalva, Buenos Aires, 2018).

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