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Magazine

18 diciembre 2009
Ferrer Lerín

David G. Torres

Ayer se inauguraba la exposición Monzó en el Arts Santa Mònica (aunque en la Vanguardia siguen hablando del Centre d’Art Santa Mònica, y es que no es tan fácil cambiar de nombre para decir lo mismo, o como dirían en Viena: Ziggi tendría algo que decir al respecto). Es difícil esto de las exposiciones de escritores. También es cierto que Monzó es de los más agradecidos dado el caso, por una cuestión plástica que inunda su obra. Más allá de los intentos instalativos, rescato varios momentos: el montaje de trozos de películas porno en aquellas escenas justo anteriores de entrar al asunto, tipo «¡hum! el agua de la piscina está muy caliente» o «el alquiler del piso incluye esta cama tan cómoda»; un esquema práctico de desarrollo de discursos vacíos a través de combinatorias de frases hechas para políticos (Tresserras que andava por ahí tomaría buena nota, supongo); y, al final de la exposición, el metadiscurso de Monzó en la feria del libro de Frankfurt, un discurso en el que explica como hacer el discurso.

Pero antes de la inauguración, y ya que iba de escritores la cosa, me pasé por la presentación del último libro de Francisco Ferrer Lerín. Paco hablaba de que un escritor es un ladrón y un mentiroso. Un ladrón porque roba frases que pilla por ahí. Y mentiroso porque las tergiversa. Con la edad lo de mentiroso se va reduciendo, hay menos capacidad de fantasía. Ahora sólo le queda ser ladrón. En ello insistía Jordi Ibánez en la presentación. No en lo de ladrón, sí en que su poesía tiene mucho de objet trouvé (luego lo recordaría en la exposición de Monzó, por ejemplo, con los trozos de películas porno). Y Ferrer Lerín pone un ejemplo. El de los libros que editan algunos ayuntamientos con expresiones, historias y topónimos del lugar. Incluso llegan a tener más de 700 páginas. Uno de ellos, que ahora sirve de apoyo para la televisión de su casa, tenía un enorme glosario de palabras. Parte de ese glosario, con un poco de sintaxis añadida, conformaba el poema que acababa de leernos.

No he leído el libro de Ferrer Lerín. No sé si lo haré. Pero me interesa mucho. Me interesa mucho lo que explica de él. Cada día me interesa más como se ha hecho lo que se ha hecho que lo hecho en sí. Casi como si aplicase una lógica que inunda buena parte de las prácticas artísticas herederas del conceptual. Valeriano Bozal decía en una ocasión que las prácticas artísticas herederas del urinario de Duchamp se caracterizan porque no hay nada a ver, que bastaba con conocerlo. De ahí, frente a aquella pregunta de origen estructuralista y lacanaiano ¿qué quiere decir decir?, me quedo con que lo interesante es el decir decir, el hablar de lo hablado… Quizá ahí encontremos ese rastro de verdad que buscamos.

Por cierto, aquí el blog de Francisco Ferrer Lerín: http://ferrerlerin.blogspot.com/

http://www.davidgtorres.net

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