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10 junio 2019
Hijos de Youtube

Melisa Rheingrüber

Buenos ​A​ires, ​​ci​​rca 201​0​. ​A​lgunas muestras de ​J​oaquín ​A​ras, ​S​antiago ​R​ey​, Maruki Nowacki y otrxs nos llevan de regreso a una época de oro de los espacios de artistas, el alquiler barato, las redes sociales que chorreaban inocencia y la economía de pleno empleo. ¿Cómo era el arte antes del encarcelamiento de Kim Dotcom y la destitución de Dilma Rousseff? Según una escritora de ficción distópica, no sabíamos que el futuro estaba a la vuelta de la esquina​.

El mundo a los veinte años puede ser solamente una curaduría del mundo, un recorte caprichoso y de bajo presupuesto sobre lo real. En algunos casos, ese recorte post-adolescente y maldito acaba por configurar una estética o incluso una corriente de mercado. Pero antes de ingresar en el pantanoso terreno de la estética es conveniente considerar que el comienzo de la década significó (para las almas más permeables al pensamiento mágico latinoamericano) el preludio de 2012: el preludio del fin del mundo.

En 2010, cuando Néstor Kirchner aún estaba vivo, el mundo no se había terminado y en Buenos Aires era posible alquilar un departamento chico por ciento cincuenta dólares, visité la galería Rayo Lazer por primera vez, a mis tiernos veinte años. En realidad no era necesario moverse hasta la galería que funcionaba en una casa del barrio de Colegiales para ver las obras de artistas como Juan Matías Killian, Jesica Bianchi, Mario Scorzelli, Franco Ferrari o Nicolás Sarmiento. Las obras, las fotos de los artistas haciendo pogo o tomando lavandina, los flyers de muestras con títulos como Los herederos de la mierda podían verse por Flickr en un contexto mucho más profesional que el de Fotolog (la red social que hasta ese momento había predominado). Gracias a ese cubo blanco llamado Flickr, la experiencia al visitar la galería podía llegar a ser mucho más sensorial, algo comunitario, borracho y performático.

En mayo del 2011 la feria arteBa realizó una inédita Maratón de performance en su auditorio. Rayo Lazer había cumplido un año como galería y su bien recorrido camino del héroe los llevó a participar tanto del maratón como del segmento joven de la feria misma. Presentaron, entre otras cosas, un Concurso de Baile Mutante: un torneo de pandillas de baile en el cual el staff de la galería oficiaba como jurado. Daniel Alva, un artista que me había convidado chicha peruana en mi primera visita a Rayo, había impulsado casi sin querer su propia pandilla de baile llamada Choclito junto a artistas como Lala Ladcani e Inés Efron.El grupito era una convivencia multidisciplinar de chicas y chicos con ropa de segunda mano, sombreros de paja y las letras que conforman la palabra CHOCLITO bordadas en la espalda. Luego de su presentación en la feria de arte, los granos del Choclito siguieron agitando la sinergia de la fiesta, la coreografía y el chiste fácil en otros espacios institucionales como la residencia Mundo Dios o el Centro Cultural San Martín.

Maruki Nowacki, una de las integrantes de la pandilla,inauguró ese mismo año Los truenos no lastiman. La instalación, hecha en base a tweets escritos durante el 2011, se desparramaba en una nueva galería llamada El Sendero del Espíritu Libre. El pequeño espacio vidriado se encontraba dentro del Patio del Liceo, un conglomerado de localcitos bastante cool que originalmente había sido la primera escuela femenina de Latinoamérica. La muestra era una disposición fantasiosa de frasecitas como “hijos de Youtube” escritas en metal sobre arena en el piso y una pecera de agua estridentemente turquesa y turbia con fotocopias alrededor. Los truenos no lastiman fue curada por Juan Matías Killian quien, independizado ahora de la cofradía de Rayo Lazer, dirigía El Sendero junto a Paula Duró, Julián Puyal y Marina Fages.

El Sendero del Espíritu Libre, junto a otro espacio llamado Isla Flotante, habían sido los únicos lugares capaces de albergar una de mis actividades de aquel momento. Un proyecto lo suficientemente inadecuado como para encajar impunemente en el contexto: un dúo llamado Ramera Homosexual con el que cantábamos sobre las bondades de la ingesta de dulce de leche. Fue al año siguiente en Isla Flotante, la única galería de este relato que aún existe, que Joaquín Aras inauguró Quiéreme tender.  En este espacio semi abandonado y escondido en uno de los barrios más privilegiados de la ciudad ocurrían fiestas, degustaciones de milanesas, lecturas de poesía, bat mitzvahs y muestras de artistas curadas por otros artistas. Quiéreme tender estuvo curada por Daniel Alva, nuestro proveedor de chicha peruana y co-fundador de Choclito. Consistía en dos lavarropas, ubicados y encendidos en medio del espacio, que en su temblor se juntaban y se separaban al ritmo de una lista de canciones que incluían Love me tender de Elvis Presley y un video con fragmentos de películas de Hollywood donde parejas habitan el peligroso espacio de lo romántico en el cotidiano espacio de la lavandería.

Luego de haber infectado con imágenes de las tortugas ninjas el acervo simbólico local, Rayo Lazer cumple la profecía del 2012 y se disuelve. Pero como cuando un mundo se acaba empieza otro, la atomización del rayo permitió que inmediatamente después uno de sus fundadores, Mario Scorzelli, abriera Inmigrante Galería junto a los artistas Cotelito y Gala Berger.

Ese mismo año, a casi cuarenta kilómetros del centro de Buenos Aires, Santiago Rey, Guido Contrafatti y Juan Matías Álvarez inauguraron Lujo, calma y voluptuosidad en Militantes Galería. La obra de Santiago Rey para esta muestra consistía en un busto del entonces difunto presidente Néstor Kirchner cuya sombra proyectada dibujaba un perfil del ex mandatario tan fantasmagórico como fiel. El busto se viralizó al año siguiente luego de ser exhibida en arteBa en el politizado stand de Militantes, pero el imaginario de lo ultralocal desbordaba la obra de Rey. Militantesera una galería ubicada en el lejano Gran Buenos Aires, en la localidad de Manuel Alberti; asistir a las inauguraciones implicaba más de una hora de viaje en tren y una disposición aventurera a abandonar temporalmente la ciudad. Quizás por su ubicación periférica, su patio forestado o su condición de hogar, la galería mantuvo intacto el afable halo de lo comunitario durante todo su funcionamiento. A través de este proyecto, tal vez el más improbable de los mencionados en este recorte, su directora Sol Severina cobijó algunas primeras experiencias de artistas que no hubiesen encontrado otro refugio para la fragilidad del dionisíaco estadío de lo experimental.

El discurso de lo comunitario, incluso el de la amistad y la diversión, nunca es nada nuevo en lo que respecta a galerías curadas por artistas. De hecho constituye una de las virtualidades latentes que resuenan como una nota constante en los pasillos del arte contemporáneo porteño. Una narración que en muchos casos comienza con un grupo de amigos tomando vino y deviene en una especie de gentrificación interna, de camino del héroe de la galería joven destinada a la buena iluminación y el éxito.

Pero en lugar de abrazar la apocalíptica teoría de que las formas de la profesionalización y el capitalismo arrasan con casi todo, es esperanzador intentar descifrar las particularidades de este susurro colectivo que viaja por senderos, islas, rayos y militancias. Agudizar la percepción para entender los hilos que conforman las redes de lo social como conductores de un murmullo persistente que se repite a través de generaciones de artistas, como ríos subterráneos de lava que marcan el pulso de pequeños planetas. Un murmullo ígneo, orquestado según la idea de que sólo la amistad salvará al mundo.

(Imagen destacada: Jesica Bianchi, s/t (2010))

Melisa Rheingrüber (Buenos Aires, 1990) es artista. En la actualidad investiga el formato de la ópera como obra de arte total.

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