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Magazine

24 abril 2009
Historias en tierra baldía

Alba Mayol Curci

Se inaugura Arts Santa Mònica con una apuesta por la hibridación bien entendida, de la mano de una instalación de la compañía de danza catalana Mal Pelo en el marco de una revisión a toda su creación artística de los últimos años.


El proyecto expositivo de Mal Pelo (María Muñoz y Pep Ramis), la que hasta ahora había sido lo que se conoce como una compañía de danza, o apurando un poco de danza-teatro – esa categoría traída para explicar que la diferencia entre un actor y un bailarín tal vez no fue una idea tan buena – comienza con un folio impreso en la impresora de las oficinas del novísimo Santa Mònica que apremia sobre la importancia de cerrar la puerta. Una puerta, todo hay que decirlo, no muy fácil de manejar y que si no se opera con cuidado produce un sonido escandaloso. Pero todo fluye y la puerta se abre primero y se cierra después.

La instalación consta de tres espacios independientes de diferentes dimensiones y ambientes que conforman de manera desestructurada la narrativa de dislocación tanto formal como conceptual. En una penumbra generalizada, la primera pieza “No hay puerta para la puerta” parte de un texto de Mahmoud Darwish: una construcción de cartón con una puerta estrecha por la que se ve oscuridad y una débil luz amarillenta al final de lo que se duda de si es un efecto óptico o un túnel real considerablemente largo. La indicación no es más que un “entren de uno en uno” y eso hace que dé cierto reparo aventurarse. El recorrido a oscuras dejándose guiar por la luz amorfa consigue su propósito de sutil evocación sensorial y de ahí al texto de la entrada: una reflexión sobre la línea recta de la narración y la intimidad de la escucha. Ya llegando al final se observan dos luces laterales trampa que son en realidad paredes sin continuidad, y la luz no ha mutado en imagen reconocible. La vista se dirige entonces al techo, donde en una pantalla a modo de claraboya se observa la imagen en movimiento de un caballo en primer plano. El recorrido de vuelta es simétrico, de nuevo lo simbólico del juego con el efecto de la luz como elemento lejano y difuso.

La segunda construcción es un cubículo de dimensiones más reducidas y resultado paralelo: se apartan unas cortinas de plástico translúcido y al fondo otro vídeo muestra imágenes de procesos de despiece animal, con una silla vacía delante. Se avisa de la posible herida de sensibilidades (costumbre bienintencionada que debería reconsiderarse algún día). El punto poético del túnel y la luz contrasta con el punto de sordidez que equilibra toda la propuesta: ambos extremos son momentos que hablan de trascendencia, un tema en Mal Pelo, tanto en la danza a Bach sin música, con traje y zapatos de cordones, como en lo raso de su apuesta estética, una especie de mística contemporánea de la relación entre el hombre y la naturaleza desde el territorio mental de una “waste land” a lo T. S. Eliot – una aproximación teórica a cómo reformular artísticamente una parte sustancial del discurso romántico.

La tercera pieza es ya una sala convencional y es el peso pesado de la propuesta. Con la combinación de cuatro elementos gran formato más una serie de objetos y mobiliario mínimo repartidos como fragmentos y partiendo siempre de la penumbra como elemento sensorial más inmediato, el efecto se consigue. El espacio ha sido intervenido con dos planchas curvadas tamaño maxi, y el espacio entre ambas sitúa al espectador como si estuviera entre dos cascos de buques escorados en terreno desértico. La pared frontal la ocupa al completo una proyección y la superficie de pared de la izquierda está totalmente cubierta de una tela de pelo sintético invitando de nuevo a la experimentación sensorial más básica. En un pequeño entrante una butaca y una lámpara de pie al más puro estilo lyncheano son la ocasión para pararse a observar todo el panorama. Al fondo se distinguen restos óseos de animales, un par de mesas con papeles revueltos de diversa índole, un ventilador y diversas pequeñas pantallas semiocultas en las tripas de las planchas de cartón que completan una escenografía sin escenario.

El sonido, la luz, la imagen, el objeto y la palabra se encadenan planteando oportunamente la cuestión del espacio y su categorización: no se puede establecer un límite o una descripción sin matices entre el concepto de escenario teatral y el de espacio expositivo o museístico. El espectador que mira la exposición es el actor que deambula por la escena. Su guión queda esparcido aquí y allá, en el audio y sobre las varias superficies físicas, textos de Mal Pelo, Darwish y (el mejor) Berger que son, por momentos, casi demoledores (“A veces, la respiración de un perro ya nos da el coraje suficiente.”).

Alba Mayol Curci es artista y filóloga. Investiga narrativas periféricas en las que mecanismos emocionales pueden funcionar como un activismo.

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