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Línea Fusca*

Magazine

11 julio 2022
Tema del Mes: arte y ficciónEditor/a Residente: Ana Llurba

Línea Fusca*

Estoy sumergida. Mis brazos comienzan a girar sobre mi torso. Me alejo pataleando. Me siento bien en esta masa líquida. Solo estamos yo y esta materia amorfa y extraña. Noto el corazón palpitar más fuerte a cada brazada, hasta que la sed me detiene. Podría beberme toda el agua de esta piscina.

Aquí dentro, siento que  formo un continuo con el entorno. El agua es el principal componente del cuerpo humano. Somos seres hidrofílicos, amantes del agua. Nuestro cuerpo es abierto y permeable, como la superficie de la Tierra. Cada molécula de agua existe desde hace miles de años. Hace mucho tiempo esta gota de saliva viscosa que se desliza por tus labios formaba parte de una de las primeras bacterias procariotas que transformaron la atmósfera del planeta. También formaba parte de un erizo de mar que dejó de existir mucho antes de que nosotros apareciéramos, así como de la lluvia, los ríos y océanos que siguen dando forma a los paisajes que habitamos. Mucho antes, esta gota viajó por el espacio a bordo de asteroides y cometas. Toda el agua de la Tierra es extraterrestre, es la segunda molécula más común del Universo. Nuestro sistema solar se ahoga en aguas amnióticas. ¿Acaso no es la Vía Láctea un útero estelar que gesta nuevos tipos de vida plural?

Tu existencia hace vacilar mi percepcón de la palabra «yo». ¿Sabía yo a que me refería al decir “yo” antes de que aparecieses tú? ¿Soy realmente un ser independiente y autónomo, como tantas veces me han dicho? ¿O soy más bien un ecosistema que depende de manera radical de todos y de todo lo que me rodea?

Desde que llegaste, me he disuelto en un «nosotros». Mi cuerpo es ahora un cuerpo colectivo. Nuestra piel forma una cadena multigeneracional de piernas, brazos y manos con las que sostenerte, abrazarte y alimentarte. ¿Cuántos cuerpos hacen falta para cuidarte? ¿Quién encarna a una madre? Somos una simbiosis densa de carne, multiplicada por ti. Nuestra piel es cada vez más translúcida. Los límites de nuestro cuerpo se diluyen.

La mente de colmena envía más brazos para sujetarte. Hemos creado un lenguaje pidgin de signos y susurros. Para no despertarte, empleamos muecas y gestos en la penumbra. Es una especie de baile sinuoso con el que describimos tu estado.

Mientras te expandes dentro de mí, mi piel se transforma y cambia de color en algunas partes.  Se oscurece y las venas se manifiestan, pareciéndose a las líneas de Nazca con sus enigmáticos trazos en la tierra. La línea fusca se extiende por el vientre como una marca de agua. Es una franja que divide el pasado del futuro.

Mi metabolismo está cambiando al retorcerte dentro de mí. Retengo y expulso cada vez más líquidos, y segrego más hormonas. Mis órganos se mueven como placas tectónicas. Mientras mi vejiga se comprime, mis pulmones, mi estómago y mis intestinos se encogen; mi ombligo y mi vientre estallan. Todo mi cuerpo se estratifica para hacerte espacio. Ahora llevo una doble vida. ¿Sigue siendo mío este cuerpo? Mi subjetividad está alterada por mi propia carne. Y, sin embargo, dentro de mí, somos dos animales humanos en transformación, observándose mutuamente. ¿Cómo puede una experiencia tan extraña, salvaje y transformadora representar la conformidad más absoluta?

¿Qué significa que mi vientre está produciendo un cuerpo con cromosomas Y? ¿Acaso no son todos los cuerpos distintos? A medida que creces dentro de mí, siento que nuestras diferencias se diluyen cada vez más. Es más, siento que las diferencias entre todos los cuerpos se vuelven más y más porosas. ¿Cuáles son las membranas que nos diferencian y separan? ¿Cuándo y dónde deja de existir un cuerpo? ¿Dónde están los límites entre mi carne y la del mundo? Llegado el momento, te deslizarás fuera de mí y constituirás tu propio cuerpo. Esa será la diferencia definitiva.

Soy esa otra voz. Antes de escuchar la tuya propia, conociste el sonido de la mía al provocar vibraciones en el líquido amniótico. A veces siento que cualquier cosa que diga, es una discreta nota a pie de página ocultada por los ruidos digestivos o los suspiros del cuerpo que te nutre. Mi canción más apaciguadora siempre tendrá de fondo las sesenta pulsaciones por minuto del corazón que provee de un constante flujo sanguíneo a tus órganos. ¿Han quedado anegadas mis palabras por esta cacofonía? ¿Soy la camarera de la discoteca, que grita, pero que apenas se escucha? ¿Reconoces mi voz?

Hay veces que nada puede calmarte salvo aferrarte a mis pezones, buscando en ellos otro cuerpo y la sustancia que te alimenta cada día ¿Hasta qué punto sería más fácil para ti si mis pechos también pudieran producir leche? ¿Si mi cuerpo además pudiera alimentarte? ¿De qué modo sería más fácil para mí? Mi envidia uterina ha emigrado hacia arriba, sigue el goteo de los pechos lactantes.

Tu llegada ha dado lugar a una pesadilla recurrente: al tumbarte en el cambiador, te sorprendes con tu habilidad para escupir burbujas al son de tus propios balbuceos. Cuando te levanto y te presiono hacia mi pecho, te escurres entre mis manos. Tu reflejo de Moro me asalta y yo también me asusto. La sensación de disociación da paso al alivio cuando percibo el contorno de tu cuerpo en la oscuridad. Aún respiras.

Tu mirada es cristalina y profunda como el océano. Floto en el brillo de tus retinas. Podría mirarte durante horas. ¿Estuvieron alguna vez mis ojos tan abiertos al mundo como los tuyos? Tus movimientos espasmódicos y tu voz generan un diálogo sin palabras, cautivador y arrítmico a la vez. Suples la falta de un vocabulario común con tu gran efusividad. La agitación de tus brazos y tus patadas enfatizan la importancia de tus exigencias. Avanzamos y retrocedemos en una ecolalia compartida, coincidiendo en que cada vocal puede contener nuevos e infinitos significados. ¿Seré capaz de entenderte y darte lo que necesitas? ¿Hasta qué punto el lenguaje limitará mi conexión contigo?

Mientras te subo y bajo por la escalera, te rindes al sueño. Un tenue rayo de luz ilumina tu cara y revela una sustancia nacarada en el rabillo del ojo. Tus glándulas lagrimales se han activado. Pienso en todas las gotas de suero salino que están por venir y en que no hay un número predestinado de lágrimas en tu cuerpo. Miro esta gota hasta que se evapora. No no sólo tu orina y tus excrementos, también tus mocos y esta lágrima han sido destilados de gotas de leche materna. Se me humedecen los ojos. Nos comunicamos a través de tus fluidos.

Balbuceas en voz baja. Tus interminables gorjeos se entremezclan con el sonido de tu lengua y tus mejillas colisionando contra el chupete. Mi nana siempre termina como un canto sin palabras cuando ya no consigues resistir el peso de tus párpados. En la oscuridad, nuestros cuerpos vuelven a fundirse. El balanceo me devuelve a aquellos primeros días en maternidad. Recuerdo que pensé que la ola de oxitocina que me invadía solo podía compararse con una subida de éxtasis. Si antes yo era parte de un oleaje humano, que bailaba entre sonidos gravesy sustancias químicas, ahora somos dos cuerpos mecidos por el mismo trance, oscilando al ritmo de los lamentos de las parturientas y de los bebés que exigen más calostro del pecho de sus madres.

Alimentarte genera este vínculo tan íntimo. Mi leche y tu saliva vuelven a mezclar nuestros cuerpos. Tu vulnerabilidad me inunda. Se infiltra en mí como un virus que corrompe y cortocircuita mi sistema. El eco que generas atraviesa y sacude cada partícula de mi cuerpo. Mi cerebro se altera. Estoy infectada por un amor infinito. Mis células mutan de color y de forma. Todo mi ser vibra, haciendo que mi piel rezume.¿Es posible amar tanto a alguien que acabas de conocer? ¿Qué significa sentirme tan unida a ti, tan responsable de tu bienestar y de tu existencia? ¿Puede esta experiencia afectar y transformar mi forma de relacionarme con el mundo?¿Puede este sentimiento impregnar todo lo demás?

Me sumerjo una vez más, avanzando con suaves brazadas que se convierten en natación sincronizada al cruzarnos. Nos entrelazamos, formando una cadena en forma de hélice. Nos copiamos y dividimos, una y otra vez. Un anagrama de cuatro letras se convierte en un crucigrama de cuatro dimensiones, con infinitas soluciones que contienen indicios de lo que se extinguió. Somos seres que cambian de forma. ¿Cuántos cuerpos surgirán de nosotros?  De este cuerpo, pasaremos al siguiente, y luego al siguiente y así sucesivamente. ¿Cuántas historias de carne están contenidas en nuestro cuerpo? La línea fusca comienza a agitarse, haciendo de sismógrafo de lo que está por llegar. La doble hélice se desenreda, tejiendo una malla comunitaria: un superorganismo emerge.

 

Este texto contiene ideas y referencias de Astrida Neimanis, Maggie Nelson, Adrienne Rich, Stella Sandford, Sara Ruddick, Sonia Fernández Pan, Nancy Tuana, Kazue Morisaki, Yayo Herrero, Mao Naka, Nicholas Smith, Tina Chanter, Mitchell Cowen Verter, Peter Kropotkin.


(*) Este texto fue producido por Anaïs Senli en colaboración con su pareja Eirik Sördal. Forma parte de la película Linea Fusca en la que participaron varios miembros de su familia. Esta es una traducción y reelaboración de la versión original, realizada en 2020. Linea Fusca explora sus primeros meses de maternidad durante la pandemia, a la vez que se adentra en el terreno de lo especulativo en un intento de ir más allá de la experiencia personal.

 

Anaïs Senli es artista y comisaria independiente. Su investigación y práctica artística explora las nociones de colectividad, relacionalidad, identidad y alteridad para indagar en las complejas relaciones simbióticas que nos interconectan. Preguntas como: ¿Qué nos distingue de otros agentes humanos y no humanos?, ¿Cómo nos relacionamos con el entorno?, ¿cómo construimos la noción de colectividad e individualidad? ¿Qué otras formas de colectividad existen más allá de nosotros? ¿Podríamos llegar a formar parte de ellas? Son el hilo conductor de sus proyectos que se basan en un entendimiento de la vida que cuestiona la misma noción de “lo terrestre”. La porosidad presente en sus trabajos, invita a buscar nuevas relaciones con el entorno más inclusivas y en la que el ser humano queda desplazado del centro.

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