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Mensaje pregrabado

Magazine

13 junio 2011

Mensaje pregrabado

La voz, como elemento de comunicación, ocupa un papel peculiar en relación a una realidad basada en lo visual. Distintas experiencias tecnológicas buscan el uso de la voz como sistema para aproximarse más a «lo vivo», la misma voz sigue siendo un elemento a entrenar en procesos transgéneros, así como un material de trabajo en el arte contemporáneo, desde el dadaísmo, pasando por Vito Acconci y llegando a Dora García.


El actor carraspea, entorna los labios, forma un óvalo con la boca… expele un bufido sonoro, parece que está cambiando de voz. No diríamos que lo finge, pero sí que se cuida de hacer visible el esfuerzo por transformar su hablar en el de… ahora Jack Smith… ahora Artaud… ahora Lenny Bruce… ahora el propio. Este último, si bien afectado, llega sin esfuerzo, amarrado a un estar naturalizado, a una configuración mental, a una deformación concreta de su fisiología: la voz propia como la funda custom, el miembro fantasma del muñón de uno.

Real Artists Don’t Have Teeth, quizá, pero lo que sí tienen es voz: se filtra por entre los intersticios, morro desdentado, del artista. Resuena desde años ha, trepando a la boca del actor. Jakob Tamm se curva, le vibran las pupilas, hace ese gesto con las manos: raging and flaming.

La voz de Jack Smith es amable como la de un infante hinchado. Da la impresión que se hace única balanceándose hacia la sobreactuación tópica. Una transmutación similar a la que Karl Holmqvist, voz mediante, ejerce sobre los textos de su selección de hits pop en «What’s My Name».

Alguien debería armar las «economías de la voz» -no tenemos constancia de que se haya hecho ya- y mitigar así el abrazo que lo espiritual mantiene sobre lo vocal. Es quizá su incorporeidad, sólo visible mediante instrumentos de medición, diagramas luminosos que recuerdan a los de una caza parapsicológica; quizá por lo obscuro de sus procesos generativos, en algún lugar entre pulmones y redes neuronales; quizá por cómo toda esa extrañeza, al producirse, convulsiona el cuerpo, detiene la respiración, y aún así la sentimos propia: como una suerte de posesión.

Alguien debería -parafraseando el «ruido y capitalismo» de Arteleku- armar un «voz y capitalismo». Una crítica de la voz que permitiera pensarla también en ese contexto; que colaborara -y esta es una petición interesada- a ofrecer, a las que trabajamos con ella, nuevas herramientas para hacer nuestra práctica significativa, efectiva, en el marco actual.

Voz es la vibración de las cuerdas vocales por el aire que expelen nuestros pulmones, y la voz rara vez se presenta sola. La voz hablada se articula en tensión con el sentido del lenguaje; la voz cantada porta esa musicalidad, proximidad con un modelo tonal, que nos permite identificarla como tal. Donde encontramos la versión más, vamos a decir, autónoma de la voz, es quizá en el balbuceo del que no sabe o no puede hablar; el que se ha quedado encajado entre la enunciación de la voz y el sentido de un lenguaje que no llega; el que, cantar, quiere y no puede; el que farfulla casi inaudible.

En cualquier caso no tenemos por qué esforzarnos en arrancar a la voz de las relaciones en las que cobra función para pensarla. Al fin y al cabo -se curva, hace ese gesto con las manos- What you do with it economically is what the meaning is.

Si hoy, el mandato del capitalismo a su sujeto es: comunícate; y si el capitalismo ha puesto la subjetividad a trabajar, los futuros editores de «voz y capitalismo» deberán, quizá, prestar atención a la función de la voz en las redes comunicativas. En particular considerando su capacidad para mapear al sujeto sobre terreno común.

Al fin y al cabo cuando te llamo para hablar contigo, ¿llamo quizá también para escuchar tu voz? esto es: tu voz como indicio de tu persona; la tuya, no otra. La voz no es sólo el chivato vibrador que delata nuestro género, la voz contribuye también a poblar el habla de accidentes fisiológicos y psíquicos; aquellos signos de la subjetividad del parlante que anhelamos, cuando le anhelamos, si lo que anhelamos no es sólo su cuerpo -pero entonces quizá no te llamaría: te mandaría un SMS.

Los futuros editores de «voz y capitalismo» deberán, quizá, prestar atención al desarrollo de las tecnologías de la voz en relación a la persona que, con excepción del boom del teléfono movil a mediados de los 90, son relativamente recientes. En la última década hemos visto aparecer los chats de voz en los videojuegos (2000) y fuera de ellos con skype (2003) y google talk (2005). Facebook, significativamente, acaba de comprar Skype, con lo que pronto tendremos la voz insertada en la red social por excelencia -la llamamos así y se nos olvida que es una empresa.

Más; un ejemplo paradigmático de voz y tecnologías comunicativas en relación a la persona pudiera ser Second Life, un mundo virtual online con énfasis en tres aspectos: una suerte de experiencia comunitaria; una economía y su moneda propia con equivalencia en monedas reales; y la representación del usuario mediante un avatar, figura a menudo antropomórfica, que posee piel, pelo, ropa, gestos, etc. y es completamente personalizable. Hasta el 2007 no había chat de voz en Second Life, sólo de texto. Cuando se implementó la voz hubo una cantidad significativa de usuarios que rechazaron usarla y hasta quienes se oponían a la aplicación generalizada de la novedad. Los primeros no veían en su propia voz una expresión fidedigna de las características con las que habían dotado a su personas virtuales -o de la habilidad con que las manejaban. Los segundos argumentaban que quienes se negaran a utilizar la voz serían vistos con sospecha, se entendería que ocultan algo -presumiblemente su género- y esto tendría consecuencias sociales nefastas dentro del mundo virtual. Como respuesta, Linden Labs, quienes idearon y mantienen Second Life, han desarrollado recientemente (2010) un sistema de transformación vocal que permite, pagando, hablar con la propia voz pero sonar según se quiera: mujer, niño, robot… avanzando así hacia un tratamiento de lo vocal análogo al que se da a la representación del cuerpo, a la hora de moldear a nuestra persona virtual.

Dado el actual desarrollo de las tecnologías móviles, sería factible implementar aplicaciones de transformación vocal -si es que no las hay ya- que nos dieran margen de juego en las conversaciones telefónicas y similares. Sin embargo, lo que en Second Life supone un verdadero acto performativo, en tanto configura la persona a través de la cual establecemos nuestras relaciones con los demás, en la vida real puede entenderse como poco más que un chiste o impostura histriónica: hacer voces. Esto quizá se deba a que, si bien en Second Life la mutabilidad es la materia prima de los avatares, a nuestras personas offline, poco o muy líquidas, se les presume y requiere una cierta coherencia. Lo que sí tenemos, sin embargo, son aplicaciones, como LaDiDa (2009) para iPhone e iPad, con las que musicalizar y entonar nuestra voz, dotándola de una cierta perfección orgánica -cyborg, en ese aspecto- que nos permite rivalizar con dopplegangers sintéticos como Vocaloid (2004), un célebre software de síntesis de voz cantada desarrollado para Yamaha por el Grupo de Tecnología Musical de la Universitat Pompeu Fabra en Barcelona. De la proliferación de estas herramientas tiene parte de culpa la voz de Cher en Believe (1998) que puso de moda exagerar la textura que proporciona AutoTune; un software para entonar la voz y lugar común ya de la industria musical, sobre el que algunos han erigido su popularidad; como el cantante T-Pain (2005) o los Gregory Brothers (2009), estrellas de Youtube con su «autotune the news» donde musicalizan telediarios y sesiones parlamentarias.

En cualquier caso, es posible buscar el acto performativo, ya no en las modificaciones de la voz, sino en las relaciones que establecemos con las propias tecnologías de lo vocal. Sirva como ejemplo Nuance -empresa pionera y líder en software de reconocimiento de voz- cuyo slogan «speak your mind, command your world» figura un sujeto capacitado para expresar su opinión que, mediante la voz, comanda un mundo que le pertenece. No sorprende que al slogan lo acompañe la imagen de un hombre blanco, de mediana edad, en traje y corbata, sosteniendo una taza de café mientras cavila, con los ojos fijos allá en lo alto.

Sin embargo, este sujeto universal parlante no es tanto la cúspide de su pirámide de comando, como uno que cabalga la idiosincrasia propia de la tecnología que utiliza. Cuando uno dicta a un programa de reconocimiento de voz ha de compaginar el hablar natural con la indicación explícita de signos de puntuación, subrayados, negritas etc. y, cuando el reconocimiento de voz se usa para manejar software, ha de aprender una serie de órdenes específicas que activan determinadas funciones en ese software. En 2010 Google lanzó las Acciones de Voz para teléfonos Android; estas incluían algoritmos cuya función era filtrar el lenguaje hablado natural y obtener de él las palabras clave que definían lo que el usuario buscaba. Sin embargo, y para sorpresa de la compañía, poco más de una década de búsquedas Google han bastado para enseñar a la gente cómo hablar con software: al parecer nadie dice «busco una pizzería en el centro de Barcelona» sino «pizzería, centro barcelona».

En un texto «four rooms» Theresa M. senft describe el laborioso entrenamiento de Law Talk, un software comercial de reconocimiento de voz, allá a mediados de los 90, que, ¡ah! ironía: no reconoce su voz; y es que está acostumbrado al hablar liminar de su amiga transgénero. El mismo texto, dividido en cuatro partes, se inicia con un pasaje en el que Terri -de Theresa- nos narra sus andanzas en una línea de sexo telefónico a la que acude para masturbarse mientras tiene conversaciones sadomasoquistas con desconocidos -una línea, por cierto, que expulsa a las voces transgénero por «turbias»-. El quehacer oral de Terri, esa sucia sumisa, lo guía una voz femenina, sintética, que media entre deseosos y deseados a través de un sistema de menús numéricos y mensajes pregrabados.

Imaginemos ahora una aplicación de reconocimiento y síntesis de voz, diseñada para la exploración autoerótica. Una aplicación que detecte en nuestros gemidos turbios, en nuestros síes y ahs, aquello a estimular y las curvas de intensidad de nuestro deseo. Que lo mismo responda como transgreda ese deseo. Que sepa, o se arriesgue a decirme qué he de arañar o pinzar; qué chupo, o dónde me meto qué cosa. Una voz que comande o ulule, ahora masculina, luego aniñada. Una voz que incorpore y ponga a funcionar aquello que, por abyecto, se elide del torrente comunicativo. Que se postre sedienta, que me haga sentir como un revolucionario, uno con culo, oliendo en la propia voz el eco de mi mierda. 

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