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Magazine

02 abril 2007
Playing Myself

Martí Manen

La exposición de João Onofre ofrece, con obras aparentemente distantes entre sí, algunos de los miedos más impactantes a los que debemos hacer frente: el cómo nos ven, la crudeza del final y el engaño voluntario para seguir adelante.


João Onofre es uno de aquellos artistas de los que siempre se espera algo. Su trabajo es contundente, tiene la carga conceptual necesaria para satisfacer una aproximación intelectual a la obra y, al mismo tiempo, juega con un nivel formal que le permite estar en el mercado sin ningún tipo de problema. De algún modo, su obra incorpora distintos ritmos y sistemas de aproximación, facilitando su presentación en contextos diferentes. Al mismo tiempo, acostumbra a crear cierto malestar, algo que, francamente, resulta atractivo.

En su exposición en la Galería Toni Tàpies, se presentan obras de distintas intensidades. Distintas estrategias para marcar, atraer o aterrorizar, a aquellos que decidan acercarse a su trabajo.

Destacar el vídeo “Thomas Dekker an interview” (2006). Como ya podíamos encontrar en “Casting” (2000), Onofre entra en el mundo del espectáculo cinematográfico para preguntarse sobre las dinámicas de representación, las relaciones que implican poder y cómo afecta todo esto a la frágil identidad individual. Si en “Casting” Onofre pedía a un grupo de actores que pronunciaran una frase de “Stromboli” de Rossellini, en esta ocasión el artista se traslada a uno de los formatos más estancos del contexto cinematográfico: La entrevista con el actor. Si el cine tardó sus años en definir su propio lenguaje, subproductos como el making-off y sus entrevistas (con la proliferación obligada por la necesidad de ofrecer material extra en los dvd de venta al público) se convierten en repeticiones de lo previsible. Los actores saben lo que tienen que responder, las preguntas serán más o menos las mismas. João Onofre crea el set de la entrevista, pero todo será más complejo; casi maligno. El entrevistador jugará con el entrevistado, convirtiéndose en aquél director que, detrás de la cámara, lleva a sus actores a transformarse en sus personajes, obligándoles a creer que son nada más que personajes.

La selección del actor entrevistado no es nada gratuita. Thomas Dekker trabaja como actor desde su infancia, empezando en “Star Trek” y con un papel protagonista en “El valle de los malditos” (versión de John Carpenter, muy inferior a la propuesta en blanco y negro de los sesenta). Su carrera como actor sigue, pero sin llegar a cuotas de popularidad o de calidad de otros niños o niñas prodigio de Hollywood. Su gran momento cinematográfico ya pasó y él sigue anclado allí. Onofre lo convierte con sus preguntas en aquél niño extraterreste de la película, un niño que no sabe diferenciar la realidad de la ficción. El problema reside en que toda la vida de Thomas Dekker se mueve en coordenadas de ficción. En una de las respuestas indica que no tiene tiempo para interpretarse a sí mismo. Resulta casi escalofriante. Su propio yo es actuado, es una representación creada por y para el contexto. Una representación que hace lo que tiene que hacer, responde lo que tiene que responder, mira como tiene que mirar, viaja donde tiene que viajar, acepta todas las ingratitudes y cree disfrutar de ello.

Si Onofre individualiza brillantemente a Thomas Dekker (aquí el actor sí genera una tensión importante mediante su interpretación de un personaje; él mismo), en otro de los trabajos presentados en la exposición vemos la estrategia contraria. Una serie de fotografías nos presenta a todos los sepultureros de Lisboa, agrupados según el cementerio en el que trabajan. Unas gafas de sol esconden la mirada de estos trabajadores. Si Dekker trabaja con su mirada y Onofre le pide insistentemente información sobre sus ojos, en “Every Gravedigger in Lisbon” (2006) hay la acción inversa. A lo mejor todo se reduce a términos de realidad y ficción, de verdad y mentira. De dolor e huida. En un entierro nadie mira a los ojos de los sepultureros, todo el mundo intenta borrarlos de su mirada, ya que son los únicos que asumen la muerte como algo físico, casi material. Algo real. En las fotografías de Onofre salen sonriendo, sin malicia, como grupos normales de trabajadores. Es la mirada desde la consciencia de la muerte que los carga emocionalmente, aunque João Onofre nos distancie de ellos. Los sepultureros de Onofre no son personas; como Thomas Dekker, son únicamente trabajadores.

Representación, obstáculos para ver a los individuos, el paso del tiempo y su negación… João Onofre ofrece crudamente estrategias vitales que sirven para alejarse de los dilemas clave, como aquél “Live or Die” de Bruce Nauman que Onofre reinterpreta como “Dive and Lie” mediante piedras preciosas que apestan sinceridad: Sumergirse y mentir, intentar huir de los miedos para seguir la corriente. Y, de nuevo, resulta brillantemente atractivo.

Comisario de exposiciones y crítico de arte. Sí, después de Judith Butler se puede ser varias cosas al mismo tiempo. Piensa que las preguntas son importantes y que, a veces, preguntar significa señalar.

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