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Poesía y ciencia para redimir al mar

Magazine

24 marzo 2025
Tema del Mes: LiternaturaEditor/a Residente: Azahara Palomeque

Poesía y ciencia para redimir al mar

Principios de septiembre de 1959. Un fulgor suave se extiende sobre ese «espeso vino viejo de sales y de yodo» que es el Mar Menor, tal y como lo describe Carmen Conde en un poema. Esos versos todavía no existen, los escribirá en los próximos días. La escritora los pasa en Lo Pagán, junto a las orillas del Mar Menor, y también sumergida en sus aguas sosegadas. Las poesías que crea en ese tiempo acabarán publicándose en un libro que se llamará Los poemas de Mar Menor. Pero todavía, como he dicho, esos versos no han visto la luz porque Carmen Conde acaba de llegar. Abre la maleta, cuelga la ropa en los armarios y ocupa, junto a su amiga Eulalia Ruiz, la casita rodeada de pinares que les han encontrado. Cuatro días después, en una carta que le manda a su querida Amanda Junquera, le cuenta que junto al Mar Menor hay una paz antigua, de lámina, que extasía a veces. Y dice: «He contado el pulso del mar, treinta y cuatro latidos por minuto, y un olor que recuerda vidas que no tengo más que en la sangre».

Seis décadas después, si Carmen Conde extendiera sus dedos para sentir el latido del Mar Menor lo encontraría muy debilitado. Ya no sería un latido calmo sino un latido enfermo. Cuando hace dos años, en 2023, fui a conocer el Mar Menor para documentarme para el libro que estaba escribiendo, Laberinto mar, vi con claridad que la palpitación de sus aguas era la de un cuerpo doliente. En el muy turístico mes de agosto, me encontré con que en las playas de los pueblos del interior de la albufera no se bañaba casi nadie. Aunque habían sido retiradas a primera hora de la mañana, en sus orillas quedaban restos de algas pudriéndose y latían medusas-huevo frito que los niños recogían con sus palas de plástico y echaban en sus cubos.

En el Mar Menor me esperaba Isabel Rubio, portavoz de Pacto por el Mar Menor, una de las primeras organizaciones que advirtió de los graves problemas de la laguna y cuyo nombre se debe precisamente a uno de los poemas de Carmen Conde, titulado «Pacto». En él, escribe la poeta: «Quisiera yo ser eterna, sólo por verte». No sé si hoy en día pensaría lo mismo. Isabel Rubio, apasionada de la fotografía submarina, lleva años viendo cómo se degrada la vida en el Mar Menor debido a los nutrientes que llegan a la albufera. Proceden de los cultivos agrícolas que la rodean, que se suman a otros tipos de contaminación, y producen eutrofización, un exceso de nutrientes en el agua. «Eutrofización era una palabra que no sabíamos ni pronunciar», me dijo Isabel. Esos nutrientes causan la proliferación del fitoplancton y esta sopa verde tiene como consecuencia la hipoxia, la ausencia de oxígeno en el agua, que ha provocado muertes masivas de peces en las orillas del Mar Menor. Pesadilla de bocas abiertas y cuerpos escamosos que se cimbrean en agonía.

En 2022, a partir de una iniciativa legislativa popular que logró más de medio millón de firmas y cuya recogida fue promovida por Teresa Vicente Giménez, profesora de Filosofía del Derecho de la Universidad de Murcia, el Mar Menor se convirtió en el primer ecosistema europeo con personalidad jurídica propia. Esto significa que el Mar Menor es sujeto de derechos, como si fuera una persona. Se han producido mejoras, como la desconexión de regadíos ilegales y la reducción del volumen de nitratos y de fosfatos que llegan a la albufera, pero los problemas del Mar Menor continúan.

Ciencia y poesía pueden unirse para redimir al mar. He intentado transmitir esta idea en los párrafos anteriores. Al usar este verbo, redimir, también estoy citando un poema de Carmen Conde titulado así, «Redimidos por el mar». Uno de sus versos dice: «Si no esperara el milagro, lloraría». Así que siempre debemos esperar el milagro o, al menos, confiar en que lleguen algunas mejoras, seguir hacia adelante. Muchos pensarán que decir que la poesía puede ayudar a mitigar los graves problemas que tienen los mares, los océanos, es una exageración de letraherida. Les diría que a veces la belleza se opone a lo crematístico. Por la belleza, es decir, por la poesía, en muchas de nuestras costas se han creado espacios protegidos que han impedido la hiperurbanización que ha ocurrido en otros lugares. Por la poesía, es decir, por la belleza, el Mar de las Calmas, en El Hierro, se convertirá —si todo va como debe— en el primer Parque Nacional cien por cien marino de España.

Pero tratar de proteger el mar y las costas usando únicamente el argumento de la belleza es insuficiente. Y ahí acude en su ayuda la ciencia, que no siempre tiene una rima hermosa aunque sí una rima certera. Una vez sumadas belleza y ciencia llega lo más difícil: lograr que el ámbito político y jurídico se sientan concernidos por ellas. Hay poemas que cuentan muy bien el mar, pero creo que para conocerlo a fondo debemos escuchar a los científicos y a las científicas. En mi caso, para comprender mejor los efectos del cambio climático en los océanos y algunos problemas como la acidificación tuve que ir hasta Telde, en Gran Canaria, donde está el Instituto de Oceanografía y Cambio Global, para encontrarme con el ecólogo Javier Arístegui. Y para saber por qué el Mar de las Calmas merece una protección especial hablé con la bióloga marina Beatriz Ayala, de WWF. Joaquim Garrabou, del Institut de Ciències del Mar, del CSIC, me contó cómo los corales del Mediterráneo se ven afectados por las olas de calor marinas, cada vez más frecuentes, y el biólogo Andrés Cózar, del Instituto de Investigación Marina de la Universidad de Cádiz, me explicó la contaminación del mar por plásticos y microplásticos. Ojalá sus voces, y las de otros científicos, se escucharan mucho más.

El mar, el mar, el mar. Nos sumergimos en él y nos olvidamos de su complejidad y también de la complejidad de la vida. Debemos redimirlo para que él nos redima a su vez. Carmen Conde celebraba esto:

¡Alegría de que vengan aquí los míseros
de belleza, los lentos de la tierra, los torpes
y los sanos!

Arrecife de las Sirenas en las costas protegidas del Cabo de Gata (Almería). Foto: Pablo J. Casal

La Restinga, a orillas del Mar de las Calmas, es la localidad más al sur de España en la isla del Hierro (Islas Canarias). Foto: Pablo J. Casal

La playa Paraíso, en el Mar Menor (Murcia), casi vacía en una tarde de mediados del mes de agosto. Foto: Pablo J. Casal

Plataformas de madera para el baño en Los Urrutias, en el Mar Menor (Murcia). Foto: Pablo J. Casal

(Imagen de portada: Cimientos de un edificio sin construir en La Manga del Mar Menor (Murcia). Autor: Pablo J. Casal).

Noemí Sabugal (Santa Lucía de Gordón, León, 1979) es autora de los ensayos-crónica Hijos del carbón y Laberinto mar, además de las novelas El asesinato de Sócrates, Al acecho y Una chica sin suerte. Bajo el título Flores prensadas ha recogido una selección de sus columnas en prensa. Escribe en su cuarto propio, que está bastante desordenado, y también en los trenes.

 

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