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Magazine

06 febrero 2014
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¿Quién duerme con Hilma af Klint?

Pilar Bonet


Resulta impactante saber que la artista sueca Hilma af Klint (1862-1944) escribió y dibujó en sus cuadernos de notas, durante su larga vida como artista, más de 25.000 páginas con un mismo objetivo: abordar las dudas. Este hecho ya la convierte en una artista excepcional. Indagó en el verbo, la imagen y la percepción extrasensorial, ese más allá de las apariencias visuales, para alcanzar el conocimiento de una realidad no material que dirime toda su investigación pictórica. La espiritualidad, la mediúmnidad y la teosofía acompañaron su singular itinerario en la plenitud de las vanguardias históricas del arte.

La exposición Hilma af Klint. Pionera de la abstracción que ha llegado hasta el Museo Picasso de Málaga oferta conocer, aunque parcialmente, la ruta mística de esta artista casi desconocida que siempre trabajó con mujeres porque solo ellas eran capaces de apoyarla en un camino a contracorriente de un tiempo marcado por el despertar del nuevo ciclo científico y artístico, pero empeñado en limitar la presencia de las mujeres en tal escenario. Una exposición impecable en su puesta en escena, pero castradora en el titular: ‘Pionera de la abstracción’. Puedo afirmar que al visitar la muestra se reduce al mínimo el interés por ubicar a la artista en una carrera oficial hacia la conquista de la abstracción, entre los consagrados protagonistas de la vanguardia menos figurativa (Kandinsky, Mondrian o Malevich). Hilma no pertenece a esa genealogía masculina de la historia del arte, aunque comparte tiempo y contextos. Su obra es valiosa por su proceso y profundidad estética, marcada por ser mujer, en su aventura por el espacio oculto de la vida y en la absoluta vigencia de sus obras cien años después.

Hilma escribía, dibujaba y pintaba con constancia. Los dibujos de naturalismo botánico le abren las puertas del microcosmos. Su extraordinaria producción hay que reconocerla como una obra única compuesta por más de 1.000 pinturas y trabada en series complejas y laboriosas. En la suma de observación y evocación, la artista crea nuevos alfabetos visuales, transcribe experiencias extrasensoriales, explora las iconografías herméticas y nos magnetiza con obras de grandes dimensiones donde el color, la línea, las palabras o los símbolos comparten con el espectador sus indagaciones sobre el mundo, el cosmos, los átomos, la materia o la energía. Es un trabajo en solitario, lejos del museo o el mercado, de investigación y placer gráfico que Hilma solo interrumpe durante cuatro años para cuidar a su madre anciana y ciega.

Tras una formación académica como pintora de paisajes, en 1896 inició sus experiencias de escritura automática que la alejan de la pintura tradicional, preliminares a una exploración en la realidad oculta y el inicio de una búsqueda que marca vida y obra. Una de las series más visionaria, Las pinturas para el templo, las denomina obras de ‘encargo’ y no alude, por supuesto, el mundo del mercado del arte. Familiarizada con el espiritismo, en 1880 la pérdida de su hermana la impulsa a compartir prácticas mediúmnicas, perfecciona su lenguaje abstracto y simbólico como método de prospección sobre la polaridad del mundo moderno y basándose en las formas como clave de acceso a un lugar donde los saberes y las energías se funden en una única realidad, liberada y mística. Ese era su reto. Quizá por ello decidió que sus obras no debían exponerse hasta 20 años después de su muerte. Ella pintaba para el futuro y ahora el futuro ya está aquí.

Prueba de la buena recepción de Hilma af Klint es el éxito de público, pero añadiría que más aún el tiempo de atención que cada espectador dedica a las obras. Los visitantes buscan la distancia más corta con la superficie pictórica, todo un homenaje a su saber técnico y el desvelar de lo oculto que anticipa la imagen. El éxito de Hilma no es ser pionera de la abstracción, como la historiografía moderna plantea, sino ser capaz de crear para el futuro, para un mundo más atento a la visión no material de la vida. Las trazas biográficas son determinantes en su creatividad. La muerte de su hermana marca el inicio en el espiritismo y la visión de lo oculto. La ceguera de su madre supone un tiempo de silencio visual para la artista. La compañía de las mujeres con quienes comparte sesiones mediúmnicas para la realización de dibujos, ‘De Fem’ (las Cinco), define una forma de proceso creativo nada académico, como ya apuntara Haizea Barcenilla aquí.

Hilma sigue siendo un misterio, no en el plano de la abstracción como forma sino en el lenguaje conceptual de sus imágenes, en la condición de ser mujer y regalarnos la posibilidad de redefinir parámetros de pensamiento para explicar la historia del arte y a la vez las historias particulares. El entusiasmo de la comisaria del proyecto, Iris Müller-Westermann, sabe mantener el espacio de respeto hacia una artista tan fascinante y enigmática como Hilma af Klint, sin caer en una clasificación apriorística para cualquier lectura. Por ello me atrevo a proponer nuevos títulos que la rescaten del escenario legitimador del arte oficial y nos arrebaten toda verdad determinista frente a nuevas dudas más existenciales y espirituales. ¿Quienes son las ‘De Fem’, compañeras de Hilma af Klint? ¿Pinta con faldas y subida a una escalera sus grandes lienzos? ¿Quien duerme con Hilma af Klint? Esos u otros posibles enunciados, por supuesto.

Va a intentarlo, de nuevo. Escribir sobre arte y cultura desde la crítica, gestionar producción desde el comisariado o compartir saberes desde la docencia, son registros que le permiten pensar en el factor político de la producción artística y su responsabilidad social. Algo menos glamuroso que una cátedra, un certificado de excelencia o un premio, pero al fin y al cabo algo que ocupa un tiempo decisivo y sin retorno. El mejor aplauso lo recibió de sus amigos, muchos de ellos artistas, haciendo una paella para todos. Va a intentarlo, de nuevo.

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