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Magazine

30 diciembre 2019
Racismo por defecto: Los emojis, la normatividad y el big fail del usuario universal predeterminado

Marta Delatte

Los primeros emoji fueron creados en 1999 por el artista japonés Shigetaka Kurita y se dice que se popularizaron ante la necesidad de mantener la delicada etiqueta social japonesa, como puede ser la pequeña reverencia, en aquellas conversaciones mediadas por la tecnología. Los 176 emoji originales de Kurita ahora son parte de la colección permanente del Museo de Arte Moderno de Nueva York, pero antes de eso, con el uso popularizado a través de los teléfonos móviles, el lenguaje emoji llegó a cada rincón del planeta para convertirse en un lenguaje de uso global.

El 2015 el emoji morirse de la risa fue la palabra del año en Inglaterra. Todos periódicos se llenaron de titulares porque, por primera vez, un emoji había sido coronado como la Palabra del Año, ni más ni menos que por los Diccionarios Oxford. Al margen de lo que opinen y legitimen los señores de los Diccionarios Oxford, hay algo increíblemente gratificante en el uso de los emojis que va más allá de lo que implican sus posibilidades como reacción en términos de economía de lenguaje. Sí, los emoji son un sistema que nos ha dado jugosas alternativa a tediosas respuestas tipo “jajajjaja”, pero deben su éxito al hecho de facilitar que podamos expresar nuestras emociones y entender las emociones ajenas en entornos conectados donde no podemos ni mirarnos a la cara ni leer nuestro lenguaje corporal.

En 2015, además de la legitimidad de la academia inglesa, el sistema emoji también obtiene una “actualización de diversidad” con cinco nuevos tonos de piel y un conjunto de parejas de gays y lesbianas: Los emoji han entrado de lleno en nuestra experiencia cotidiana para quedarse y las usuarias piden más a ese diseño universal de caritas amarillas donde no todo el mundo se está sintiendo representado. El contexto de uso desde el que en 1999 Kurita propuso su primer set de emojis ha cambiado radicalmente. Se ha sofisticado su diseño y se ha multiplicado su utilización por todas las geografías, de modo que otras prácticas, necesidades y idiosincrasias culturales se han ido incorporando.[1]

Todo esto son cosas que interesan especialmente en el campo de la experiencia de usuario (UX), ese no-lugar donde se observa, teoriza o analiza la interacción entre tres elementos: el usuario, el sistema y el contexto. Siguiendo esta visión común, se ha definido la  UX como una consecuencia del estado interno de un usuario, las características del sistema diseñado (en este caso, el sistema emoji) y el contexto dentro del cual ocurre la interacción. El contexto social y cultural de la interacción también juega un papel importante al impactar la experiencia sentida, porque la experiencia de usuario puede cambiar cuando el contexto cambia, incluso si el sistema no cambia.

Pongamos, por ejemplo, que un chica manda el emoji de la flamenca a su amiga como respuesta a una foto donde aparece una tercera bailando. El contexto de lectura de esta interacción será diferente si las tres amigas están comentando unas instantáneas de la feria de abril de Sevilla, o si se trata de un baile de borracha en una boda en los Estados Unidos, en los que la invitada, por ejemplo, está bailando como la Rosalía. Ahora imagina que las amigas son gitanas. En tu cabeza, esas tres chicas eran blancas, porque la blanquitud se construye por defecto. La experiencia sentida en cada contexto de uso es diferente.

A finales de enero de 2015, Crystal Abidin, una de las investigadoras más punteras en social media, juntaba en su blog una serie de observaciones acerca de “La experiencia de estar ‘lost in translation” y negociando sobre la experiencia del usuario y el significado subjetivo de los emoji”. Entre sus observaciones podíamos ver las siguientes, todas ellas construcciones predeterminadas sobre la feminidad y la masculinidad:

“Los emoji hombre tienen ocupaciones. Los emoji mujer tienen manos expresivas”

“Los emoji hombre envejecen gradualmente. Los emoji mujer de un dia para otro”

“Los emoji hombre se ejercitan. Los emoji mujer se mantienen bonitas y rosas”

 

Emoji Epistemology

Posted on January 24, 2015 by wishcrys

Crystal Abidin

https://wishcrys.com/2015/01/24/emoji-epistemology/

 

Más adelante, en 2018, Crystal co-editó un número especial sobre los usos e impactos de los emoji dentro de los dominios de la cultura, raza, idioma, arte y comercio donde estas reflexiones iniciales se empacan con solidez teórica, metodológica y analítica en un número editado con esmero teniendo en cuenta las implicaciones socioculturales más amplias de los emoji y las diversas formas en que los emoji negocian y median el límite tenue entre el arte y la aplicación. El tema emoji daba, como poco, para un volumen completo.

 

En otro artículo llamado “Modifying the Universal” (2018), Roel Roscam Abbing, Peggy Pierrot y Femke Snelting reflexionan acerca de las implicaciones de los modificadores de tono de piel en los emojis. El tono de piel universal predeterminado marca lo que se acerca o se aleja de lo legitimado y validado como “normal”, encasillando todo lo demás como una variación de lo normativo. ¿Cabría imaginarse un sistema en el que el tono de piel predeterminado es el negro más oscuro? ¿Podemos pensar en algún ejemplo que se haya dado así? Las investigadoras que firman el artículo sobre modificadores de tono de piel en emojis escriben que “el proceso de implementación de modificadores de emoji presenta la racialización, el género y las tecnologías de una manera que parece ejemplificar cómo las políticas de identidad se están transformando en un problema cultural, un desafío técnico, y un activo comercial».

Al margen de los emojis, la discusión sobre cómo determinadas tecnologías facilitan o expresan prácticas racistas, como puede ser el black face digital, no es nueva. Ocurre cuando Snapchat publica un filtro de Bob Marley o cuando alguien decide hacer uso de códigos racistas en sus reacciones mediadas por gifs animados porque cree que es graciosísimo. En estas ocasiones, no hay mucha discusión más allá de los que creen que el derecho a la libertad de expresión debe amparar también las expresiones racistas.

Lo que desde esta blanquitud tan nuestra se entiende un poco menos es cuando algunas compañeras nos piden que nos cortemos con el uso y abuso de personajes negros en nuestras respuestas habituales con gifs, porque eso también es un black face digital. La blanquitud que no ve colores, ve posibilidades de expresión, y pregunta: ¿y los emojis? ¿Qué pasa con los emojis? ¿Podemos usar los emojis?. Sobre la gente que no ve colores, la activista y escritora Desirée Bela-Lobedde explica que no hay nada de malo en reconocer que existen las razas (o personas de diferentes colores). Que en efecto, el problema aparece si vas a tratar de forma discriminatoria a las personas cuyo color no quieres ver. También dice que si no ves razas, tampoco ves racismo. Y, si es así, tenemos un problema.

Frente al reconocimiento de que el diseño no sólo no es una herramienta neutra ni neutral, sino que a menudo es un lugar donde transpiran cómodamente – sin muchas fricciones – estándares de normalidad racistas y machistas que tenemos plenamente interiorizados, las prácticas de la Design Justice aparecen como un núcleo aglutinador de propuestas de diseño feminista y decolonial y como una herramienta de creación y análisis para ayudarnos a desmantelar las desigualdades estructurales que llevamos acarreando como sociedad desde hace siglos.

Design Justice Network (DJN) extrae su herencia de la Allied Media Conference. Un evento en el que personas, colectivos y organizaciones implicadas en el campo de los nuevos medios se han unido históricamente – la conferencia lleva organizándose en Detroit desde hace más de dos décadas – para imaginar, crear y aprender sobre herramientas que puedan ser útiles para obtener soluciones más justas y holísticas. Las semillitas de ideas sobre la Design Justice se han extendido por todo el mundo y se han arraigado como una comunidad y un movimiento social para practicar un diseño más justo, asumiendo un mayor grado de responsabilidad y atención al contexto y a las implicaciones, más allá de las intenciones.

Uno de los lugares donde DJN ha echado raíces es Barcelona, desplegándose en dos eventos en el marco de las bienales de filosofía y ciencia que acogió la ciudad en 2018 y 2019, del que resulta el fanzine Acción Política + Design Justice, editado por Liquen Data Lab. A los eventos llegaron compañeras de Madrid, que suman sus energías para dar forma a un proyecto de continuidad y lanzar una propuesta desde el contexto mediterráneo. Durante el verano de 2019, se concibe y se impulsa la idea de organizar un encuentro de Design Justice Mediterránea para hacer una reunión física con miembros de la red en América del Norte, que finalmente tiene lugar en octubre en el contexto del Internet Festival, en Pisa. A través de apoyo y atención de la red, el grupo encuentra una anfitriona y un espacio amable en la hermosa Villa Lazzarino para construir colectivamente, y desde los cuidados, los cimientos de un nuevo nodo de activistas para un diseño crítico en la región mediterránea.

El enfoque Mediterráneo, que se ha propuesto de manera colaborativa, quería y quiere reclamar una identidad en torno a esta geografía a través de una serie de afirmaciones: En nuestro clima político actual (especialmente en lo que respecta a la migración), queremos divergir de las narrativas de desarrollo y dicotomía Norte / Sur Global. Queremos desarrollar prácticas críticas y creativas para diseñar procesos a partir de lo que ya está funcionando localmente en toda la región. Como parte de nuestro proceso, queremos ser vocalmente críticas con el concepto de Europa como fortaleza y Europa como una entidad monolítica. Reconocemos diferentes rutas hacia la innovación, cuestionando la dinámica de poder que enmarca regiones vecinas del Mediterráneo como un entorno cultural atrasado, perezoso e impotente, especialmente después de las crisis económicas de la última década. Creemos que, aunque la cultura se considera como un monolito en muchos contextos mediterráneos, la cultura es, irremediablemente, un concepto conmovedor y vivo.

Después del encuentro de Pisa, en noviembre, invitadas por el espacio Sharing Cities, se organizó un Design Justice Lab en el corazón de la Smart City Expo de Barcelona  en el que se hizo el ejercicio crítico de aplicar los principios de la Design Justice a diversos stands del recinto. Para ello, se usaron como objeto de análisis para la tarea los flyers que rebosaban en las mesas de cada stand.

Durante la sesión, las participantes observaron tecnologías para la Smart City que resultan problemáticas, como robots lindos para ancianos solitarios, vigilancia de CCTV para mejores transportes públicos o «soluciones de vivienda para migrantes» que luego, me aventuro a pensar, se van a publicitar en twitter usando los emojis 🧕🏽👦🏽👳🏽‍♂️

La investigadora Terri Senft, una de las mejores voces para entender el papel de los afectos en los ecosistemas digitales, escribe una bella reflexión sobre nuestras emociones en lo digital. Que en este contexto sirva de consejo:  “Cuando entendemos la combinación de la visión individual y el toque social como una sensación personalizada y como el resultado de fuerzas sociales, tecnológicas y biológicas, nos movemos del espacio de la fenomenología al marco de la ética, en el que nos encontramos alejándonos del ‘¿Qué representa esto?’  Y hacia un ‘¿Qué está haciendo esto con y para nosotras, y cómo estamos respondiendo?’.”

 

 

 

[1] Una reflexión interesante sobre las diferencias entre paquetes de emoji es la que expone Ter en su video “La piedra rosetta de emojis”: https://www.youtube.com/watch?v=ltAz331p4Nk

 

 

Referencias

Abbing, R. R., Pierrot, P., & Snelting, F. (2017). “Modifying the universal”. Executing Practices, 33.

Abidin, Crystal, and Joel Gn. «Between art and application: Special issue on emoji epistemology.» First Monday 23.9 (2018).

Costanza-Chock, Sasha. «Design Justice: towards an intersectional feminist framework for design theory and practice.» Proceedings of the Design Research Society (2018).

Costanza-Chock, Sasha. «Design justice, AI, and escape from the matrix of domination.» Journal of Design and Science (2018).

Delatte, M., Medrano, A. Núñez, A., & Valle, S. (2019). Acción Política + Design Justice. Barcelona: BIENNAL CIUTAT I CIÈNCIA & Liquen Data Lab.

Lallemand, Carine. Towards consolidated methods for the design and evaluation of user experience. Diss. University of Luxembourg,​​ Luxembourg, 2015.

Law, Effie Lai-Chong, et al. «Towards a UX manifesto.» Proceedings of the 21st British HCI Group Annual Conference on People and Computers: HCI… but not as we know it-Volume 2. BCS Learning & Development Ltd., 2007.

Roto, V., et al. «UX White Paper: Bringing Clarity to the Concept of UX.» 2011 (2011).

Senft, T. “From Clickbait to Triggers: Theorizing the Grab.” Affect Theory Conference. Lancaster, Pennsylvania October (2015)

 

 

 

(Imagen destacada: Set original de emojis diseñado por Shigetaka Kurita en 1999)

 

 

 

 

 

 

 

 

Barcelona (1982) Periodista, investigadora y asesora en UX con perspectiva de género. Co-fundadora de Liquen Data Lab (www.liquendatalab.com) y del nodo mediterráneo de la Design Justice (https://designjustice.org).

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