close

En A*DESK llevamos desde 2002 ofreciendo contenidos en crítica y arte contemporáneo. A*DESK se ha consolidado gracias a todos los que habéis creído en el proyecto; todos los que nos habéis seguido, leído, discutido, participado y colaborado. En A*DESK colaboran y han colaborado muchas personas, con su esfuerzo y conocimiento, creyendo en el proyecto para hacerlo crecer internacionalmente. También desde A*DESK hemos generado trabajo para casi un centenar de profesionales de la cultura, desde pequeñas colaboraciones en críticas o clases hasta colaboraciones más prolongadas e intensas.

En A*DESK creemos en la necesidad de un acceso libre y universal a la cultura y al conocimiento. Y queremos seguir siendo independientes y abrirnos a más ideas y opiniones. Si crees también en A*DESK seguimos necesitándote para poder seguir adelante. Ahora puedes participar del proyecto y apoyarlo.

Magazine

08 diciembre 2014
Juan Luis Moraza. republica. Vista de la exposición.MNCARS. Fotografía de Joaquin Cortés/Román Lores
república: Antológica de Juan Luis Moraza en el Museo Nacional de Arte Reina Sofía

Susana G. Romanos

Banderas y viento. Las complejas relaciones entre arte, artista, museo y público suelen pivotar del «porqué» al «cómo» sin que nadie se percate de ello, pues es sobreentendido que ambas pueden llegar a ser complementarias. Sin embargo, como es sabido, las palabras incluyen matices, que en demasiado momentos no son percibidos. Un «porqué» siempre nos lleva hacia un camino sin salida; hemos llegado a la respuesta, ya está, se acabó. Un «cómo» nos habla de los procesos, de vínculos que como tales pueden romperse y regenerarse, un desconcierto de índole inabarcable; una teoría que genera más teoría. Se crea con ello un espacio convulso que desconcierta y exige; o lo que es lo mismo, un Museo, en palabras de Juan Luis Moraza (Tesoro público, Artium, 2014, pp. 64-67).

Este «cómo», que pivota siempre como epicentro del trabajo de Moraza, sintetiza la razón de la muestra que el Museo Reina Sofía dedica a la obra del artista. Sus estructuras —una selección de sus obras desde 1974 a 2014 de una fuerte carga poética— nos preguntan constantemente si las identificamos como obras de arte pues, al fin y al cabo: «[…] Si a una bandera le quitas el viento, no es más que una pintura abstracta», esgrima Juan Luis Moraza. Si lo artístico no es necesariamente importante, entonces: ¿Para qué sirve el arte? ¿Para qué llegamos hasta un museo o galería? ¿Es posible un proyecto de fusión entre arte y vida?

Según expone el propio Moraza, solo podemos aspirar a algo parcial alejado de la dicotomía racional/irracional, «un plus de goce compartido» mediante complicidades (Ornamento y Ley, 2007, p. 34-35). Esta desdramatización de la experiencia artística, tanto por parte del artista como del espectador solo parece tener cabida —parece decirnos Moraza— en el momento en que nos replanteemos el concepto de Museo como espacio no ajeno en el que canalizar nuestras vivencias con el fin de conseguir que se produzca en nosotros una transformación que englobe no solo nuestro ámbito personal sino, más importante aun, el social. Los roles artista/espectador no desaparecen ni mutan, en cambio, sí se amplían al incluir Moraza la dimensión antropológica a la política, siendo aquella la parte diferenciadora de todo el conjunto que se presenta en la muestra con respecto al resto de propuestas artísticas que pueden verse hoy en día.

La apuesta de estilo. Partiendo de la base de que la democracia ofrece dos vertientes al ciudadano (el dilema que enfrenta la pasividad con la participación), Moraza plantea el museo como un espacio de convergencia entre el artista ciudadano y el espectador ciudadano. Para el artista, la cuestión pública no es solo un asunto político, es también una cuestión antropológica íntimamente ligada a la condición humana, donde construimos nuestra identidad. Esta cuestión antropológica concibe las obras de Moraza como una apuesta total por el estilo, como proceso revulsivo contra toda reducción —«Cada apuesta de estilo es siempre una vacuna contra la simplificación», dice— cuyas banalidades generan una superficialidad que acaban por expulsar al espectador a un plano de total indiferencia. Con esta apuesta, Moraza no hace sino seguir la senda del «cómo» de la que hablábamos anteriormente y que él se encarga de definir de forma clara: «[…] el estilo es el modo: el modo en que lo que hace le constituye a uno como sujeto» (Tesoro público, Artium, 2014, p. 51).

De nuevo, estamos ante un proceso de construcción de identidad que busca alejarse de un mundo de ficción y re-colocar a los cuatro sujetos implicados (arte, artista, espectador y museo) en la realidad —un espacio alejado de misticismos y retórica vacua— por medio de la participación del espectador dentro de un Museo capaz de crear vínculos promotores de cambios tangibles y positivos.

Sin embargo, este Museo, por su propio carácter procesual, no puede ser un único espacio, sino que se habilita para promover diferentes modelos de participación que establecen un recorrido que va de la represencialidad (intimidad) hasta la representatividad (extimidad). Moraza crea así un complejo sistema de conceptos en el que englobar el también complejo espacio vincular de participación, y que se presentan como Museo de la Participación y Museo Simbólico (Emblemas); como Museo Demográfico y Museo Morfológico (Dispositivos); y como Museo Antrópico (Dividuos), espacio este último en el que el individuo se expone como un ser con fracturas internas y externas, haciendo de él un ente complejo reformulado como dividuo por el artista.

Las implejidades y el inefable genio del romanticismo. Este nuevo espacio Museo complejo de implicación social que propone Moraza no puede darse, como ya se ha visto, sin la complicidad del espectador. Esta debe ser una complicidad activa, intencional, y debe darse en el espacio de confluencia entre la complejidad y la implicación que supone el Museo ideado por Moraza, un espacio que él define con el término de implejidad: un lugar que acoja por igual los derechos y las responsabilidades del artista y del espectador como parte de la sociedad. Un concepto notablemente alejado del genio del romanticismo —en clara alusión al sujeto artista—, e igualmente lejano del empresario liberal —en relación al sujeto espectador—: «[…] El inefable genio del romanticismo —un demiurgo para el cual cualquier sistema es un obstáculo para la verdad— coincide con el empresario liberal —para el cual cualquier límite legal es un obstáculo en la creación de riqueza— […] Lo que comparten es justamente ese grado de irresponsabilidad con respecto a la sociedad […]», explica el artista. Se puede decir entonces que no se trata de apostar contra nosotros para que el resultado nos satisfaga, como le ocurría al Ruletista de Mircea Cărtărescu, sino al contrario, de hacer que nuestra voluntad vaya a nuestro favor. De esta forma, cooperación y cordialidad frente a recelo y desafecto, es la premisa que cimenta la república que ha logrado crear Juan Luis Moraza.

Hace mucho tiempo comenzó Bellas Artes en Salamanca y la acabó en Valencia, donde, en último curso, un profesor le dijo: «Susana, ¿no has pensado en dedicarte a la escritura?». Ella contestó con un lacónico «no» y se marchó a especializarse en sonología a La Haya. Actualmente, sigue loca por el arte sonoro pero se gana la vida como editora, redactora y «ghostwriter» en editoriales, revistas y otros lugares. Ahora sabe que tal vez, solo tal vez, aquel «no» pudiera ser que fuese precipitado.

Publicaciones

08 diciembre 2014

república: Antológica de Juan Luis Moraza en el Museo Nacional de Arte Reina Sofía

Media Partners:

close
close
close
"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)