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Magazine

24 noviembre 2009
Sonata para barreras y farola

Irene Pomar

En su nueva exposición, Kristof Kintera da un paso adelante en su transformación de los objetos y su significado implicando en el juego tanto espacio como urbanismo.


La exposición «Lay down and shine» es una sorpresa, simple y transparente. El punto de partida es coherente con el recorrido artístico del artista de Praga Kristof Kintera: la transformación de objetos cotidianos en X, ya sea en esculturas, en instalación o incluso en pseudo-personajes, con ciertas reminiscencias del gesto de Charles Ray y del arte póvera.

En un primer espacio de la exposición un buen número de barreras de seguridad (“Paradise Now”, 2009) han sido dispuestas de forma que al espectador se le acabó el caminar en línea recta. Éstas se han convertido en ciervos ¿o árboles?… Más allá de lo anecdótico, toma relevancia el hecho de que mueven y se mueven, que las barreras y sus diagonales generan un nuevo laberinto que, combinado con las arborescencias metálicas, provoca andares a la vez pautados y dubitativos: el propio de la confusión del bosque, el de un entorno social y comunicativo (hay más gente en el sendero), algo de ajetreo, y el de la perplejidad ante un entorno blanco y diáfano. Una puesta en escena intrigante donde, si bien el azar ha aportado parte de su frescura a la composición (el mismo Kintera lo comentó sorprendido), en este trabajo se deja ver un conocimiento técnico e intuitivo del espacio y sus consecuencias, lo que hace que esta acción tenga además fuerza y sentido. Porque los tiene. E interpelan al espectador de la mejor manera que una obra de este tipo puede hacerlo: mediante la relación del cuerpo con el nuevo entorno creado por objetos familiares (y que tendemos a evitar) y, por otro lado, apelando –nuevamente- a la intuición y la perplejidad bien entendidas.

Mientras el visitante lleva a cabo toda esta actividad, va acercándose a “Lay down and shine”. Una farola de las calles de Praga ha sido incrustada, (re)cortada y pegada, teletransportada a la sala pequeña de la galería Schleicher+Lange, debiendo adaptarse a este nuevo callejón sin salida. El foco está, por lo menos, a la mitad de la altura reglamentaria. Efectivamente, Kintera extrae todo el jugo a los elementos de que dispone y la luz es aquí uno de ellos. Frente al dinamismo del metal de la sala anterior, en tensión y diálogo con la clara iluminación, el estatismo al que invita esta segunda es alterado por esa luz cálida cegando al peatón descontextualizado. El espectador da un par de vueltas sobre sí mismo, mira de nuevo a la luz y – molesto y encantado- regresa.

Recordamos que en el universo de Kintera, el contenido de las bolsas de la compra se mueve como por pura curiosidad, o que un cuervo con chupa de cuero y piernas se sienta a pensar en voz alta sobre la rama de un árbol (“I see, I see, I see”). Diversas anécdotas relacionadas con la reacción del público lo han acompañado en sus exposiciones. De ellas se pueden ver los vídeos en su página Web y observar cómo un par de peatones se quedan algo perplejos cuando, al pasar por delante de la vitrina de la exposición, creen ver a un niño pequeño dándose cabezazos contra la pared (“Revolution”). Dejando de lado estos momentos de cámara oculta y aunque que el humor está siempre presente en la obra de Kintera, me permito resaltar su universo políglota. Un imaginario en el que el lenguaje del minimalismo, del dadá y de la estética relacional tienen cabida en ese juego entre dicotómico y poliédrico, cuyas constantes alteraciones interpelan y cuestionan a todos los sentidos.

“Con tanta producción de exposiciones me han dicho que soy una militante del backstage y que el colmo de vivir entre bastidores es que uno acabe tan envuelto e implicado como el de la primera fila. Obsesionada por la diseminación de las líneas fronterizas, la crítica no es sino buscar y avanzar en el cuestionamiento constante de eso que tan bien clasificado está en mi hoja de cálculo. Líneas, borrones y personajes secundarios.”

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