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Magazine

22 mayo 2014
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The Lovers Understanding

Juan Canela


Dice un fragmento de un poema de Alejandra Pizarnik: “…la lengua es un órgano de conocimiento; 
del fracaso de todo poema 
castrado por su propia lengua; 
que es el órgano de la re-creación; 
del re-conocimiento; 
pero no el de la re-surrección (…) las palabras no hacen el amor, hacen la ausencia”.

Hace unos días visité en la galería PM8 de Vigo A tender tentative of words, un proyecto colaborativo comisariado por Anja Isabel Schneider que aborda la dimensión afectiva del lenguaje. La exposición propone un recorrido por distintos momentos de comunicación en los cuales el amor aflora a la superficie. Acercándose a la textura emocional en la escritura, en la lectura o en su discurso, el proyecto se adentra en ese extraño espacio de relación entre afecto y palabra, para indagar y cuestionar que “la tarea de expresar emociones a través de las palabras se queda en mera tentativa”. Desde los textos literarios en el vídeo de Alejandro Cesarco en el que una pareja dialoga a través de los textos que otros han escrito, a la biblioteca colectiva de Jesús Pedraza o Paraules al arbre de Fina Miralles y Untitled (I love you) de Jiří Kovanda, la exposición genera una zona de contacto íntimo donde los afectos circulan entre palabras y gestos.

Afecto y palabra, amor y comunicación. Afirma Deleuze que en el amor tenemos algo en común con alguien. Pero no se refiere a ideas, sino más bien a signos pre-lingüísticos comunes, por lo que el acercamiento se impulsa a partir de cierta percepción de los mismos. El entendimiento se produce entonces antes, o después de las palabras. O en un lugar distinto.

Hace un par de semanas, en un evento que organizamos con BAR project, Isabel Lewis pinchó música, bailó y conversó con los que allí nos encontrábamos, articulando una de sus “ocasiones”. En un momento se refirió a lo que ella llamó “the lovers understanding”, ese entendimiento incorporado que se da entre dos personas enamoradas, donde una mirada basta para hacerse comprender. Isabel reclama ese entendimiento para llevarlo más allá, utilizarlo como estrategia para reunir lo que a menudo se mantiene separado, y expandirlo a través del amor como motor de agencia, no solo entre humanos, sino con todo objeto, animal o planta a nuestro alrededor.

En The Octopus in Love Chus Martínez toma (a partir de un recuerdo) la relación entre un pulpo y un joven adolescente en las costas gallegas como punto de partida para reflexionar en torno a la invención, la imaginación, la comunicación más allá del lenguaje o el juicio. Publicado en el último número de e-flux journal, el texto indaga precisamente, a través de distintos ejemplos y referentes, en cómo el arte nos permite imaginar una forma de percepción descentralizada (como descentralizado es el cerebro del pulpo), entender el mundo más allá del lenguaje, modificando nuestra forma de concebir lo social y sus instituciones, así como la esperanza de una inventiva perceptiva. Si el “arte trata de imaginar la manera en la que todo se conecta y descifrar un futuro que no está ante nosotros, sino en nuestro interior”, ese entendimiento en el amor, que va más allá de las palabras, puede ser una estrategia valiosa.

Pensando en todo esto, y sin alejarme de aquellas costas, recuerdo una conversación mantenida hace años con un amigo pescador de la ría de Vigo, y sus sinceras palabras de amor hacia el océano. ¿Puede haber relación más estrecha, cercana e intensa que la del marinero y el mar? Fuente de sustento, el lugar donde pasa horas y días, donde ve amanecer y anochecer, sufre temporales y disfruta suaves brisas. Pese a los avances de la tecnología, el marinero no dejará de otear el horizonte, observar las estrellas o sentir los roles del viento para “saber” cuando llegará la próxima borrasca. Mediante un inevitable pacto con lo natural, y gracias a la confianza en una sensibilidad elemental, y la capacidad de ficcionar la realidad – transformando recíprocamente naturaleza y cultura mediante sus gestos y acciones-, el marinero es capaz de aventurarse a predecir lo que está por venir.

Juan Canela es comisario independiente. Tras muchas vueltas, hace unos años que vive en Barcelona. Entiende el comisariado como un espacio de trabajo que se bifurca en diversos formatos - exposiciones, acciones, encuentros, libros, charlas, radio, paseos, baile, - en el cual lo performativo tiene un papel relevante. Entiende la escritura como una vertiente más de su práctica curatorial.

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