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Magazine

27 marzo 2015
Robert Cahen,
De paisajes y ruidos mundanos. A propósito de Robert Cahen

Andrea Díaz Mattei

Hace unos pocos días cayó entre mis manos El ruido eterno. Escuchar al siglo XX a través de su música, de Alex Ross [[Alex Ross, El ruido eterno. Escuchar al siglo XX a través de su música, Seix Barral, Barcelona: 2009]]. Si bien no se trata de un libro de Historia de la música, nos pasea por varios episodios de la música del siglo pasado en su contexto y relación con las vanguardias artísticas y las prácticas experimentales coetáneas. Uno de los interrogantes del autor se refiere a por qué la música “clásica” contemporánea no tiene tanto impulso como otros tipos de música consideradas más “populares”, cuestionándose por qué otras artes del siglo XX –como la pintura abstracta o el cine experimental- han llegado a un público más masivo y, no obstante ello, la música clásica contemporánea todavía se resiste a la masificación, quedando relegada a un círculo de adeptos menos amplio.

Sin embargo, lo que realmente me quedó resonando es la primera frase del título: Ruido eterno. Un ruido perpetuo que dondequiera que estemos no podemos dejar de escuchar. En las ciudades, en el campo, en la montaña, lo que fundamentalmente oímos es ruido, mientras que la ausencia de sonidos absoluta –en tanto seres vivientes- nos está vetada, tal como lo describiera John Cage en 1961 en su libro Silence[[John Cage, Silence: Lectures and Writings, Wesleyan University Press, New England: 1961. Véase también la versión en castellano Silencio, Árdora, Madrid: 2002]] (Silencio), tras haber visitado la cámara anecoica de la Universidad de Harvard. En sus escritos queda demostrado que, aún dentro de esta cámara capaz de absorber las ondas sonoras sin reflejarlas, no podemos más que escuchar otros sonidos, aunque sólo sean los de nuestros órganos.

Por otra parte, el título del libro en su versión original en inglés es más sugerente: The rest is noise (El resto es ruido), expresión que hace clara alusión a la frase del moribundo Hamlet de William Shakespeare, donde hacia el final de la pieza, el protagonista declara: The rest is silence [[William Shakespeare, Hamlet, Ed. Cátedra, Madrid: 1993, p. 711]] (El resto es silencio). Hamlet enuncia -de otra manera- la imposibilidad misma del silencio absoluto durante la vida humana. O puesto en palabras de John Cage: “Until I die there will be sounds. And they will continue following my death. One need not fear about the future of music.” (Hasta que me muera habrá sonidos. Y continuarán después de mi muerte. No debemos temer por el futuro de la música.)”[[John Cage, Silence: Lectures and Writings, Wesleyan University Press, New England: 1961, p.8]]

Ruido. Sonido. Silencio. Hay mucho ruido en las ciudades contemporáneas y pocas alternancias con su debido silencio. Gentes que murmullan ensimismadas con sus teléfonos, hablan, ríen, gritan, junto a cláxones, frenadas y golpes intempestivos. A lo lejos, unos ecos de manifestaciones y tumultos. Es innegable que el paisaje sonoro de las ciudades también nos habla de una determinada antropología urbana que nos habita, como también sucede en la campiña donde la naturaleza se revela con sus sonatas estacionales. Y, a pesar de ello, no siempre estamos dispuestos a escucharlas.

No obstante, hay algunas personas muy atentas a estos paisajes sonoros (introspectivos y extravertidos), tales como el artista francés Robert Cahen (Valence, Francia, 1945), quien hace algunos días presentó en Barcelona la muestra de vídeo “El universo del ser” en el Institut Français (en colaboración con Videoakt Videoart y Homesession). Pionero en el videoarte e incansable investigador en el uso de la imagen y las artes electrónicas, Robert Cahen estudió música concreta con Pierre Schaeffer en París y se entrenó en los estudios de radio y televisión nacionales franceses.

En su camino inicial, su encuentro con la música concreta lo llevó a experimentar con la imagen electrónica y el vídeo allá por los años ’70, consiguiendo conjugar en una estrecha relación la imagen en movimiento y el sonido, el ruido y la música; relación que impregna toda su obra hasta la actualidad. El arte del vídeo -o de la imagen en movimiento- se alimenta, entre otros, de proyectos experimentales como Fluxus y la música concreta, término este último acuñado por Schaeffer en 1948 para referirse a una música que existe exclusivamente registrada en un soporte, música no volátil, no modificable por los músicos ejecutores. Rescata así el valor significativo de un sonido en sí mismo más allá del contexto de la fuente que lo emite. De esta manera, a través del montaje sonoro se desarrolla una particular poética de la música concreta que, puesta en relación con la imagen -tanto estática como en movimiento-, nos desvela un campo de creación singular.

En efecto, Robert Cahen trata el material sonoro de manera semejante a la imagen en tanto que materia de sus films y videos. Lo podemos observar en las obras que presentó en Barcelona: Corps Flottants (Cuerpos flotantes) (1997) 13’, L’étreinte (El abrazo) (2003) 9’, Sanaa, passages en noir (Pasajes en negro) (2007) 7’, Plus loin que la nuit (Más allá de la noche ) (2004) 10’, Dieu voit tout (Dios ve todo) (2011) 11’, Blind Song (Canción ciega) (2008) 4’. Estas piezas muestran un paisaje con una sonoridad específica allí donde estén, en unas montañas en Japón o en recónditos lugares de África, Vietman o China. Poética documental formada por secuencias entre imágenes y sonidos que hacen del viaje una experiencia no sólo visual sino también sonora. Piezas que, dentro de su formalismo, dejan entrever sus improntas en artistas más noveles, en los actuales artistas sonoros y sus respectivos soundscapes -e instalaciones visuales-, en los VJs (videojockeys), y dentro de los festivales de música electrónica en general.

Seguramente la música en su devenir también ha dejado atrás sus rígidas fronteras entre el mundo visual y el sonoro y las relaciones entre ambos universos han cambiado. Es necesario que nos detengamos, aunque solo sea de vez en cuando, a escuchar y a mirar nuestro entorno para descubrir los sonidos y los silencios que nos rodean. Pues el resto es ruido.

Para Andrea el arte y el pensamiento crítico es una manera de vivir, de sentir y de ser, donde la ironía está siempre presente. Sin centros ni periferias puede vivir en diferentes continentes y mezclarse con la gente, los ambientes y los diferentes entornos. De hecho, su reflexión siempre estuvo amarrada por los entrecruzamientos que producen un acontecimiento nuevo, generador y creativo.

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27 marzo 2015

De paisajes y ruidos mundanos. A propósito de Robert Cahen

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