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1.
En aquellos vertiginosos últimos años de los ochenta y principios de los noventa del siglo pasado —el fin de la historia, para algunos—, mientras caía el Muro de Berlín, la Unión Soviética se disolvía y el eje Thatcher-Reagan hacía estragos a ambos lados del Atlántico, nacía algo queer y canalla. La crítica y teórica del cine B. Ruby Rich bautizó aquello que empezaba a emerger como New Queer Cinema, dando nombre a una constelación de películas, en su mayoría, aunque no exclusivamente, norteamericanas y británicas, que orbitaban en torno al deseo no normativo y las sensibilidades que lo acompañaban[1]B. Ruby Rich, «New Queer Cinema», Sight & Sound, vol. 2, n.º 5, septiembre de 1992, pp. 30–34; reimpreso en New Queer Cinema: The Director’s Cut (Duke University Press, 2013)..
2.
En Viena, Ursula Pürrer, A. Hans Scheirl y Dietmar Schipek, un trío de cineastas insurrectos, imaginaban el futuro. En su largometraje Rote Ohren fetzen durch Asche (estrenado en inglés como Flaming Ears) (1991/1992), nos arrojan al caos del año 2700, en la ciudad de Asche, una metrópolis distópica reducida a cenizas. Construida a lo largo de dos años y poblada por un elenco variopinto de amistades, antiguas amantes y compañeres de viaje, la ciudad imaginada y sus habitantes se funden en una quimera tan extraña como seductora[2]Remake. Frankfurter Frauen Film Tage, “Rote Ohren fetzen durch Asche / Flaming Ears,” programa de restauración, 2019..
3.
Según cuenta la historia, Pürrer conoció a Scheirl en Viena a mediados de los 1980s y de ahí surgió un ménage à trois entre ambes y una cámara Super 8. La pareja se refiere a los cortometrajes de aquella época, rodados en su mayoría en el apartamento de Pürrer, como «películas caseras de punk lésbico»[3]“Flaming Ears (1992),” 366 Weird Movies; véase también Sixpackfilm, filmografía de Ursula Pürrer.. Es evidente que aquellos primeros experimentos domésticos sentaron las bases de las configuraciones queer que vertebran Flaming Ears, una instantánea distorsionada de la escena lésbica vienesa, es decir, una camarilla underground de artistas, músicos y toda clase de inadaptados.
4.
La película se estreno en inglés bajo el título Flaming Ears (Orejas en llamas). El trío optó por una fórmula más concisa y contundente que la que habría ofrecido la traducción literal del alemán, algo así como Las orejas rojas se abren paso entre las cenizas. Por no hablar del atractivo añadido de invocar Flaming Creatures (1963), el clásico de culto del Downtown neoyorquino de Jack Smith, de bajo presupuesto e inclasificable. Y, como aquella película anterior cuyo título reverbera en el suyo, Flaming Ears siente predilección por lo disparatado y lo perverso, algo capaz de irritar al público, incluidos quienes abandonaron airadamente las proyecciones o calificaron la película de «repugnante»[4]Holly Willis, «Reckless, Greedy and Dangerous: Angela Scheirl Talks About Flaming Ears», Filmmaker Magazine, invierno de 1993..
5.
En mis muchos y malogrados intentos de escribir sobre esta indómita pieza de la historia del cine, volvía una y otra vez al circo como arquetipo o forma, y a este grupo de conspiradores como una suerte de compañía itinerante de marginades y bichos raros. Es una analogía curiosa, pero pertinente: una troupe que lleva su mundo consigo, tanto vestuario, atrezo y decorados como los cuerpos necesarios para darles vida. Flaming Ears se hizo con este espíritu y con estos medios, así Pürrer, Scheirl y Schipek compartieron las tareas de producción, se pasaron la cámara de unas manos a otras, escribieron el guion y realizaron elles mismes buena parte del vestuario, la música, los decorados y los efectos especiales[5]Ibid.. Cuando Viena —una ciudad decimonónica tanto en su apariencia como en sus costumbres sociales— no les ofreció lo que nuestres cineastas ansiaban, salieron disparades a rodar a Hamburgo y Nueva York cargando con vestuario y atrezo.
6.
Al tercer o cuarto visionado, empecé a frustrarme ante la casi imposibilidad de seguir la trama, si es que puede decirse que Flaming Ears tenga trama o semejante. Como escribió alguien, Flaming Ears no es «una película narrativa sino un deambular burlesco por un páramo lésbico[6]BL Panther, “Flaming Ears Is a Queer Dystopian Romp Through an Uncertain Future,” INTO, 5 de junio de 2023.». Si me obligaran a ofrecer una sinopsis, esta serviría tan bien como cualquier otra: Spy es una dibujante de cómics cuya imprenta ha sido incendiada por Volley, una artista de performance pirómana, y decide vengarse. Su persecución la conduce al club donde actúa Volley, pero Spy recibe una paliza antes de poder avanzar en sus propósitos de venganza. Nun, la amante extraterrestre de Volley, enfundada en cuero rojo incandescente, encuentra a Spy herida y se enamora de ella. Lo que sigue es un triángulo cada vez más inestable de deseo, celos, traición y violencia[7]Sixpackfilm, “Flaming Ears / Rote Ohren fetzen durch Asche,” catálogo cinematográfico..
7.
En su ensayo “New Queer Cinema”, publicado en Sight & Sound en 1992, B. Ruby Rich condensó la teatralidad indómita de la película al describirla como poseedora de «una atmósfera de cabaret, escombros y venganza»[8]B. Ruby Rich, «New Queer Cinema», Sight & Sound, vol. 2, n.º 5, septiembre de 1992, pp. 30–34.. La sensualidad cruda e improvisada de cada escena se impone sobre cualquier forma de trama o narración. Es un cine de texturas ásperas y —quizá ese sea su recurso más ingenioso— de sonido exagerado, ambos al servicio de las cualidades materiales de la puesta en escena.
8.
Cuando Scheirl describe sus primeras películas en Super 8 con Pürrer como performances para la cámara, destaca «la performance, el gesto, la pose». Flaming Ears expande este dispositivo íntimo para dos y lo convierte en algo multitudinario, un coro desenfrenado de cuerpos procedentes del entorno lésbico de sus cineastas, algo que alcanza su expresión más vívida en las escenas del club nocturno, donde la gente se contonea, baila, posa, folla…
9.
Las huellas de las influencias de Pürrer, Scheirl y Schipek pueden rastrearse a lo largo de toda la película –la abrasividad DIY del punk y el post-punk; las provocaciones corporales y confrontativas de VALIE EXPORT; la teatralidad ocultista de Kenneth Anger; el delirio camp de Jack Smith; el melodrama cruel de Fassbinder y el artificio barroco de Ulrike Ottinger; y, quizá de manera menos previsible, la destreza coreográfica del cine de artes marciales de Tsui Hark y King Hu–.
10.
Situemos todo esto sobre la conservadora sociedad vienesa como telón de fondo, mostrada en parte por los símbolos católicos diseminados a lo largo de los 84 minutos de la película. Ahí está la iglesia, zarandeada y convertida en objeto de juego como si fuera un elemento de atrezo viejo. Como anuncia la introducción de la película, Asche es un lugar —una especie de inversión de Sodoma y Gomorra— donde es «muy improbable que un alma pura sobreviva». Llamémoslo, si se quiere, escatología queer. O carnaval lésbico. El orden de las cosas queda patas arriba en este mundo trastocado de acontecimientos extraños y estridentes.
11.
Cuando, en una secuencia animada de los primeros minutos de la película, un personaje cae sobre las llamas, ¿estamos ante un descenso desde la gracia prelapsaria al mundo en caído en pecado? Y si todo se ha puesto patas arriba, ¿qué tipo de placeres perversos le esperan?
12.
Del latín cadere, «caer, hundirse, asentarse, declinar, perecer», deriva la palabra cadáver[9]Oxford English Dictionary, s. v. «cadaver».. Pero aquí la muerte difícilmente puede considerarse un asunto serio: al fin y al cabo, los personajes de Flaming Ears mueren más veces de las que se pueden contar y vuelven a la vida otras tantas.
13.
Al cuarto o quinto visionado de Flaming Ears, estoy frustrado y bastante desanimado por mi incapacidad de sacar algo en claro de aquella ráfaga inicial de gestos absurdos, acciones y digresiones verbales inconexas. Poco después, sin embargo, aparece ante nosotros la ciudad de Asche reducida a miniatura en una gran maqueta, como una totalidad radiante enviada para rescatarme del bombardeo de sensaciones, formas e imágenes fragmentadas. Por un instante se insinúa la promesa de poder relacionar las partes con un todo mayor, antes de que nos arrastren de nuevo al caos.
14.
La metrópolis imaginaria de Asche aparece en miniatura: una maqueta elaborada o, como he acabado pensando en ella, una ciudad de juguete cuyos habitantes son vestidos, colocados, emparejados, mutilados, asesinados, resucitados y reorganizados caprichosamente, como por la mano invisible de algún travieso dios-bebé (o de tres). Para el pediatra y psicoanalista británico D. W. Winnicott, los objetos transicionales como muñecas, mantas y ositos de peluche son «abrazados con afecto» y tambien «amados y mutilados con excitación»[10]D. W. Winnicott, «Transitional Objects and Transitional Phenomena», International Journal of Psycho-Analysis, vol. 34, 1953, pp. 89–97; reimpreso en Playing and Reality (Londres: Tavistock, 1971).. A través de ellos, el niño descubre la capacidad del mundo exterior para resistir tanto su afecto como su agresividad, golpe a golpe, arañazo a arañazo, mordisco a mordisco, es decir, una especie de «destrózados a ver qué pasa», por jugar con una expresión que a estas alturas nos resulte familiar.
15.
¿Pretende la agresividad de Flaming Ears —juguetona, impostada y caricaturesca como es— transmitir algún tipo de lección a sus espectadores? Lo dudo mucho. En todo caso, estamos ante ua filme que se revuelve ante cualquier intento de embutirla en una parábola o en el compartimento tan ordenado del cine feminista.
16.
Flaming Ears es una producción de ciencia ficción excéntrica en la que el juego, el artificio y la construcción de la identidad son una llamada apasionada contra el conformismo. Si la ciudad no puede ofrecerte los mundos que deseas, parece decirnos, reúne a unos cuantos amigos y construye el tuyo. Eso sí, no te olvides de las cerillas.
(Todas las imágenes: Pürrer, U., Scheirl, A. H. y Schipek, D. (Directores), fotogramas de Rote Ohren fetzen durch Asche (estrenda en Inglés como Flaming Ears), Austria, 1991/1992. Sixpackfilm. http://www.sixpackfilm.com/en/catalogue/2160/)
| ↑1 | B. Ruby Rich, «New Queer Cinema», Sight & Sound, vol. 2, n.º 5, septiembre de 1992, pp. 30–34; reimpreso en New Queer Cinema: The Director’s Cut (Duke University Press, 2013). |
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| ↑2 | Remake. Frankfurter Frauen Film Tage, “Rote Ohren fetzen durch Asche / Flaming Ears,” programa de restauración, 2019. |
| ↑3 | “Flaming Ears (1992),” 366 Weird Movies; véase también Sixpackfilm, filmografía de Ursula Pürrer. |
| ↑4 | Holly Willis, «Reckless, Greedy and Dangerous: Angela Scheirl Talks About Flaming Ears», Filmmaker Magazine, invierno de 1993. |
| ↑5 | Ibid. |
| ↑6 | BL Panther, “Flaming Ears Is a Queer Dystopian Romp Through an Uncertain Future,” INTO, 5 de junio de 2023. |
| ↑7 | Sixpackfilm, “Flaming Ears / Rote Ohren fetzen durch Asche,” catálogo cinematográfico. |
| ↑8 | B. Ruby Rich, «New Queer Cinema», Sight & Sound, vol. 2, n.º 5, septiembre de 1992, pp. 30–34. |
| ↑9 | Oxford English Dictionary, s. v. «cadaver». |
| ↑10 | D. W. Winnicott, «Transitional Objects and Transitional Phenomena», International Journal of Psycho-Analysis, vol. 34, 1953, pp. 89–97; reimpreso en Playing and Reality (Londres: Tavistock, 1971). |
Tendai Mutambu es comisario, escritor y productor cinematográfico afincado en Aotearoa (Nueva Zelanda), donde es director del Enjoy Contemporary Art Space. Su trabajo se centra en artistas contemporáneos que trabajan con imágenes en movimiento, con especial atención las teorías y prácticas negras, indígenas y diaspóricas. Ha desempeñado funciones de programación y edición en instituciones como el Festival Europeo de Artes Audiovisuales, el Fridericianum, LUX Moving Image y el Festival de Cine y Artes Audiovisuales de Berwick, y ha comisariado exposiciones y programas cinematográficos de artistas como Marwa Arsanios, Danielle Brathwaite-Shirley y Tanoa Sasraku. Fue productor asociado del primer largometraje documental de Aura Satz, Preemptive Listening. Sus artículos han aparecido en Frieze, ArtReview, Elephant, Art Monthly UK, MoMA Magazine y Ocula Magazine, donde fue editor colaborador.
Retrato: Ajamu X.
"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)