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Magazine

19 March 2014
Algo presuntamente interdisciplinar que (no) verás de nuevo

Ernesto Castro


Los museos se han vuelto la última frontera del cine y del teatro dizque experimental, toda vez que ambos campos tienen sus altibajos de público en las salas, mientras las ganas de fosilizar sus productos y convertirlos en objetos de colgar y mirar siguen igual de vivas que siempre en el pecho de prohombres del archivo infinito.

«El problema con las artes escénicas es que basta con separarse un poquito del modelo teatral de La venganza de don Mendo para que te metan en ‘danza u otros’, ese cajón de sastre donde todo vale», declara un miembro fundador de Perro Paco, un blog de crítica de teatro cuyo estilo rompe con los criterios de análisis complacientes (cuando no meramente publicitarios) que maneja la inmensa mayoría de revistas de críticas del campo.

Bajo este inhóspito epígrafe de ‘danza u otros’ estuvo precisamente en el MNCARS el pasado 6 de marzo la (¿bailarina?, ¿performer?, ¿actriz?) Cláudia Dias. A sus cuarenta y dos años, esta portuguesa natural de Lisboa tiene a sus espaldas una importante trayectoria caminando sobre el canto de la navaja de los géneros escénicos, trasegando entre la improvisación de nuevo cuño y lo puramente interdisciplinario, primero en calidad de integrante del Grupo de Danza de Almada (1990/97) y luego en el colectivo Ninho de Víboras (1997/2004), dando por conocida y descontada su formación como bailarina en la Academia Almadense y el papel que tuvo en el desarrollo de la estrategia de creación escénica en tiempo real que acuñara su maestro, Joao Fiadeiro. Esta consiste en realizar una ejecución que trascienda el instinto del momento pasajero para abrirse a una peculiar forma de autonomía que asume lo dado por el entorno y concede la iniciativa creativa a los mismísimos espectadores.

Según el mismo Fiadeiro: «para ser verdaderamente libre, es necesario que pueda elegir; para elegir, es necesario que tenga hipótesis; para encontrar hipótesis, es necesario que comprenda el problema; para comprender el problema es necesario que tenga tiempo para hacerlo; para tener tiempo para comprenderlo, es necesario que inhiba mi tentación de actuar por impulso». Afortunadamente (o no) el trabajo reciente de Claudia Dias se aleja de estas coordenadas para profundizar en el sotacaballorey de la obra teatral de bajos vuelos, capaz de abundar en universales antropológicos utilizando elementos alegóricos y un anzuelo mediático como —por ejemplo— la posición que detenta Portugal en el concierto de las naciones: pocos actores, un buen texto y palante.

El trabajo presentado en Madrid, Vontade de Ter Vontade, es un ejemplo perfecto. Por pocos actores entiendo en esta ocasión la propia Cláudia Dias recorriendo un camino de arena compactada que a todos visos simboliza la existencia humana como tránsito y mudanza mientras ella enumera (¡tan largo me lo fiáis!) los años que tendrá hacia 2050; la iluminación volviéndose tenue y apagándose para terminar.

Por un buen texto cabe sospechar la enumeración de una serie de trayectos posibles por encima de la cartografía colonial y geológica, hasta estelar, que compone nuestro tiempo presente, empezando por los PIGS y terminando por el Reino de los Cielos. Quizá pueda pasar por un buen texto si no fuera por las bromas sacadas de Wikiquotes para solaz y mayor gracia de gente que se mesa el mentón muy fuerte (Claudia Dias le pregunta a Dios: «¿Existe vida antes de la muerte?»). También parece gratuita la referencia en el programa de mano a Tony Judt (el historiador neolaborista) y a Boaventura de Sousa Santos (intelectual flotante del brasileño Partido dos Trabalhadores), como si fueran los presuntos inspiradores de la estereotipada visión que transpira esta pieza sobre política exterior. En descargo de ambos debería indicarse, como toda obra de ficción señala, que todo parecido con la realidad es inopinada coincidencia.

Ah, se me olvidaba: al final hubo baile. Un contundente intermezzo donde Cláudia Dias estuvo moviendo las caderas al ritmo de cierta música latina removiendo con los pies la playa, poniendo una distancia cínico-irónica respecto de su discurso y finalmente escarbando un agujero donde enterrar y guardar las bragas.

Ernesto Castro
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