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Magazine

10 April 2009
“Soy de los que construyen, otros se dedican a lo contrario”

A*DESK

El pasado verano estuvo marcado por la polémica en la designación por parte de la Conseller Tresserres de Vicenç Altaió como director del Centro de Arte Santa Mònica: dimisiones por en medio, manifestaciones públicas, comunicados, apelaciones al futuro Consell de les Arts, reclamación de concurso, exigencias para que el Departament cumpliese con el código de buenas prácticas, demanda de un espacio para el arte contemporáneo… Finalmente, Departament de Cultura i Mitjans de Comunicació y Ajuntament de Barcelona se pusieron de acuerdo para la puesta en marcha de un nuevo dentro de arte en Barcelona, el Canódromo de Meridiana (sin noticias todavía), y el nuevo proyecto de Vicenç Altaió echo a andar. Con un presupuesto doblado acaba de inaugurar programación. Hemos aprovechado para que Vicenç Altaió dé su visión de los hechos.


A-Desk: “¿La política necesita la cultura?”

Vicenç Altaió: Absolutamente, sí. Hay tres formas de conocimiento clásicas. La que da respuestas desde fuera de las preguntas y las responde todas. Es el sistema llamado teocrático, en el que Dios es la manifestación de todo. Con la ilustración las verdades son múltiples y establecen pactos en los sistemas de confrontación. El gran término aquí es la ética. Dentro de esta ética la política interviene de forma manifiesta y aparece el colectivo. Pero hay una última manifestación del conocimiento, de la comprensión del mundo: es lo que llamamos estética, que nace del choque entre el sujeto lírico y el yo histórico, el colectivo. Ahora estamos en el momento de construcción de una forma de conocimiento a través de sistemas complejos, que es distinto del espacio de la ética. Este espacio, a mi entender, es consubstancial a la cultura y la estética. Aquí, la política, como organización de lo social, tiene que centrarse en la cultura como una necesidad profunda de lo humano. Sin ella, la política se convierte únicamente en una forma de transformación a través del poder y el poder es ensimismado.

AD:¿Cómo ha vivido todo el proceso de cambio de rumbo en Santa Mònica?

VA: Por edad he vivido muchos cambios en Santa Mònica. Conocí Santa Mònica como un no lugar, parte de la Barcelona en blanco y negro, y luego como un espacio de arte, en el que hubo exposiciones de investigación histórica y la entrada de la fotografía, que entonces no era considerada arte. Ese momento lo viví como parte del grupo asesor del centro. Cuando nació el MACBA, Santa Mònica y otros equipamientos quedaron tocados y buscaron su identidad. Desde entonces hasta ahora, Santa Mònica ha tenido dos momentos distintos. El primero, de suplencias, de valores artísticos que no cabían en el proyecto MACBA: fue un error conceptual y un fracaso en relación al público. El segundo, muy interesante, de relación entre el arte emergente y la cultura de vanguardia; y de entrada en el espacio museográfico e institucional, con un deseo por potenciar las producciones y subrayar el importante papel de los comisarios como actores y sujetos pensadores. Este último período lo he vivido como espectador.

Cuando se planteó un relanzamiento general de Santa Mònica se me pidió el proyecto. Lo viví como un reto muy apasionante desde el punto de vista intelectual. Partía de una diagnosis crítica en relación a los centros de arte, el mundo del arte y las otras artes. Frente a ese estado, creo en la necesidad de la relación entre ciencia y tecnología con el mundo del arte, en un cambio de paradigma en la red, en la construcción del sujeto colectivo…

Cambios polémicos y buenas prácticas

AD: Pero el cambio ha sido polémico: ¿cómo ve la polémica y qué respuesta da a aquéllos que hablan de buenas prácticas?

VA: No tengo ningún problema moral ni personal con las buenas prácticas. No pertenezco a la Asociación de Artistas Visuales, vengo de otro colectivo, del de escritores que trabajan transversalmente en el campo de la cultura. Hay un código de buenas prácticas en el ámbito de la museografía del arte que no forma parte todavía de una tradición ni de una prueba ensayada. No soy de los que creen que hay que sacar la política de la cultura ni tampoco creo que la cultura haya que sacarla de la política. A la gente del mundo de la literatura nos parece impensable que el sistema de concurso sea el sistema de valor estético. Una cosa es la gestión y otra son las ideas. Yo vengo del mundo de las ideas.

El Conseller de Cultura quería impulsar el centro y me pidió una reflexión. Mientras la estábamos pensando, y antes de la fase de aprobación del proyecto, hubo una discusión en el sector de las galerías, de la crítica, etc, y se creó una polémica interesante en relación a la definición de lo público y la democracia. Pero a la vez era muy gremialista y se basaba en que se cerraría un centro de arte, cuando en realidad lo que se pensaba era potenciarlo. Había una parte de pelea política que no se correspondía con la realidad: viví con sufrimiento una cierta guerra política. Voy a continuar revisando el tema de las buenas prácticas; voy a intentar establecer una relación entre las prácticas colectivas y los sujetos; intentaré ser lo más positivo en la relación de lo público; y como pensador voy a seguir pidiendo libertad de pensamiento y de actuación. Soy de los que construyen, otros se dedican a lo contrario.

AD: Su cargo emana directamente del conseller: ¿teme por su futuro cuando Tresserras deje de ser conseller?

VA: No conocemos el futuro. He vivido con gobiernos de signo distinto y siempre he trabajado como una persona externa, llevo muchos años con contratos renovados año a año. Mi responsabilidad está siempre en función de la valoración que se pueda hacer del resultado intelectual, administrativo y político.

El Consell de les Arts

AD: Ahora está en marcha el Consell de les Arts: ¿qué le parece? y ¿cómo cree que reaccionarán o habrían reaccionado frente a un nombramiento político directo?

VA: El valor de la mayoría de los llamados concursos me parece de resultado dudoso en el bloque intelectual. Si la ingeniería cultural la construimos así, llegaremos a crear una cadena que nos afectará a todos. Y lo digo como intelectual que participa de lo público. No quisiera que en Santa Mònica los artistas tuvieran que participar por concurso, me parece impensable. Y que nos dedicásemos a hacer concursos para todo. Tenemos que conseguir una mayor flexibilidad en la toma de decisiones y en el compromiso radical que ello implica. No vayamos a creer, como ocurrió en algún período medieval, que a través de la Verdad se establecerán tribunales de orden moral. Pienso en la noble tarea que debe ejercer el Consell de las Arts, que no debe ser un tribunal de orden moral. Me preocupan las decisiones que se toman sin tener en cuenta el valor del conocimiento. La cultura es un gran valor y debe estar en el centro de las relaciones en un nuevo modelo social. Yo creo en la revolución de las ideas y no puedo soportar el mal rollo. Si en arte me gusta la trasgresión y la iluminación, prefiero el Grupo Dau al Set o las reuniones de los dadaístas a los consejos de sabios. ¿Por qué creo que es importante el Consell de las Arts? Para que haya más cultura. Aquellos que lo quieran convertir en una estrategia de confrontación entre público y privado, mal van. Me parece mal que la cultura se convierta en estrategias sobre temas de recursos. Hay que trabajar con complejidad y la cultura debe hibridizarse.

AD: ¿Qué modelo de centro sirve de referencia para definir el “nuevo” Santa Mònica?

VA: Cuando en los años ochenta propusimos al departamento de cultura hacer un centro de nuevas tendencias, el consenso político estaba planteando unas estructuras decimonónicas, que finalmente han resultado ser menos decimonónicas de lo que parecían, felizmente. Cada uno de los sectores culturales, los de la vieja cultura, tenía su equipamiento de memoria histórica, de enterradores. Temíamos que con la puesta en marcha del Teatre Nacional o el MACBA se acabarían la relaciones políticas entre sectores. Entonces ya pensábamos en centros en los que desde la producción de ideas y materiales hubiese un espacio de relación del arte con otras disciplinas. Este ha sido el modelo que he tenido en cuenta.

El modelo Kunshalle es alemán; el modelo de los FRACs es francés; las Casas de Cultura respondían al modelo del PCI italiano… Siempre he creído que, como nuestro ámbito local es muy pequeño, puede ser un buen laboratorio. Un laboratorio en el que destaca el valor de la vanguardia y su vinculación con un espíritu político y social progresista. Durante las emergencias utópicas y revolucionarias de los años 30 se produjo una relación entre cultura de minorías y cultura de mayorías. Esa convergencia se rompió, escindiéndose la llamada cultura de masas y la de élite. Creo que hay que hacer propuestas para intentar recomponer este ligamen. De Foix editándose un libro de 400 ejemplares y distribuyéndolo de mano en mano a la cultura de la red y la globalización ha habido una gran mutación; de la cultura de producción artesanal a la cultura de ideas. Son dos modelos a reunir.

Arte, ciencia y comunicación

AD: A diferencia de etapas anteriores, Santa Mónica se erige ahora a partir de tres ejes: arte, ciencia y comunicación (esquema que se abre también a otros ámbitos literarios como la literatura y el cine). A parte de hacer exposiciones alrededor de estos temas: ¿cómo articula la transversalidad entre ellas, tanto a nivel discursivo como expositivo?

VA: Aunque estamos trabajando en un centro hemos quitado la palabra centro: intentaremos trabajar en pluricentros. Así que no nos vamos a concentrar en tres disciplinas sino en muchas y heterogéneas, cruzándolas. En términos de espacio, hemos querido crear unas anillas en las que cada una toca partes del todo. Empezamos con unas preguntas de Alfredo Jaar que, ocupando el espacio público dedicado al consumo, invita a la reflexión. Una reflexión para todos, no sólo para la Asociación de Artistas Visuales de Catalunya como había pasado, sino para todos los ciudadanos. Es un emblema de cómo vamos a actuar. ¿Qué hay aquí de arte, ciencia y comunicación? De comunicación, mucho y de arte. Pero también tiene que ver con la filosofía entendida como una ciencia de la realidad o de la verdad, con la lingüística, con la publicidad, es decir, con la ciencia. Intentaremos a través de los procesos de trabajo conseguir nuevas maneras y metodologías de hacer. Hay muchos centros de arte, ¡de arte!, que se están interesando por estos modos de hacer. Lo veo en trabajos como el que lleva a cabo Rosa Pera en Girona con Bòlit. También en algunos elementos de la última etapa de Santa Mònica.

Mi intención es abrir: abrir, abrir, abrir; abrir en todo. Y, evidentemente, pretender que lo que haces contamine a otros. Cuando algo que había estado cerrado en el pensamiento y flujo de las ideas se abre, se abre a todos a través de ese misterio que es el conocimiento. La investigación es un valor y ahora aparece como la administración de recursos con finalidad política y en la palabrería de los papeles técnico-administrativos de la CEE. La hegemonía de las políticas industriales está alimentando la base de la forma de organizar la cultura. Todo esto está mal planteado y, desde Santa Mònica y a pesar de las limitaciones presupuestarias, me gustaría alimentar este debate de forma abierta. Cuando hablamos de industria, por ejemplo, creo que las galerías tienen que tener un espacio aquí. Santa Mònica no puede ser un espacio alejado para unos artistas y una o dos galerías. No, me gustaría que toda la problemática del mercado del arte también entrase.

AD: Se ha dado mucha importancia a la comunicación: ¿Qué papel jugará la Web?

VA: No tiene que ser un instrumento sino la metafísica, el ser. La técnica constituye el ser, el lenguaje es la techné y cualquier artefacto es una máquina. Así que la Web será el ser, el lugar en el que trabajar, todo, hasta los presupuestos, deben tener visibilidad. Costará esfuerzo y dinero, pero tiene que ser el lugar de métodos y diálogos; la no distinción entre dentro y fuera, no sólo comunicamos sino que intervenga el usuario; y tiene que ser el laboratorio. Hemos tenido en cuenta que el Departamento de Cultura también lo es de medios de comunicación, por tanto una parte muy importante del presupuesto es para comunicación. Intento que los políticos entiendan que cultura y comunicación no van por caminos diversos. Por cuestiones de generación y pensamiento, hay una gran sintonía con personas como Mònica Terribas, y también con el Conseller, que es un teórico de la comunicación de masas.

AD: Las premisas de Santa Mònica son muy similares a las de KRTU. ¿Sigue existiendo el KRTU? ¿Desaparece?

VA: No sé, forma parte de la evolución cultural. El KRTU era más una poética y una marca que una cosa muy material u orgánica, era algo muy diluido que tomaba una forma informal. Nadie nos ha pedido ni que lo alimentemos ni que lo neguemos. Desde un punto de vista estrictamente racional y presupuestario se nos pidió sumar el KRTU a Santa Mònica como parte de un nuevo proyecto. Esta era la idea original del Conseller. El KRTU aceptó el reto y la parte que correspondía al equipo que llevaba Santa Mònica no quiso entrar en este juego, se alió con una táctica muy determinada de un sector de las artes visuales, incluida parte de la crítica y de los museos, que elaboraron una estrategia. Una estrategia de separación para reivindicar territorialmente este espacio en otro sitio. Ese lugar formará parte de las políticas que la Generalitat tiene de creación de nuevos centros en todo el territorio y formará parte de lo que le corresponde al Ayuntamiento de Barcelona. Aunque se hayan ido, mi voluntad más allá de la separación es que todos también estén aquí.

AD: Y terminamos como hemos empezado, con una de las preguntas que Alfredo Jaar plantea en su proyecto: “¿Existe la cultura catalana?”

VA: Sí, claro.

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