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Magazine

02 June 2010
Un mundo de colecciones

Marcela Römer

¿Qué papel juega el coleccionismo en los procesos de legitimación artística? ¿Cómo afecta en la definición de la historia y el lugar el coleccionismo público? El coleccionismo se observa como algo propio del mercado pero su acción afecta evidentemente el devenir de artistas, instituciones y contextos artísticos diversos.


El coleccionismo es un tema del cual se ha hablado mucho y debatido a nivel internacional. Qué coleccionar y cómo hacerlo es lo que muchas veces surge en el debate que enmarca la problemática. Coleccionar consiste en ir hacia la posesión de ciertos objetos que completen el deseo del que apetece perfeccionar determinada imaginada ecuación cultural. Es armar un escenario propio de sustentación programática de lo que se piensa como paradigma ajustado de obtención de un contexto artístico.

Dentro de una institución que compila como por ejemplo un museo, centro cultural o espacio privado lo que prima es una idea programática de colección u objetivo macro de lo que se quiere preservar. Los modos de realización de estas representaciones son variados y cambiantes. A veces coleccionar significa acrecentar prestigio, otras es poseer lo que se admira y no se puede ser, o en otras instancias es construirse un imaginario de lo que se desea que nos acompañe en el tránsito de la vida.

Existe coleccionismo de arte muy variado, por un lado los que acrecientan su patrimonio con arte tradicional, por otro los que se arriesgan por lo innovador o efímero además de los que hace unos años se consideraban estrictamente audaces y que se inclinan hacia el arte que puede reproducirse como el video.

La acción de coleccionar representa una tarea reservada, es un acto que invade la vida ordinaria hacia instancias superadoras construyendo un escenario paradigmático y potencialmente asequible de esperanzas hacia una vida más feliz.

El ser con la chispa coleccionadora vive buscando qué nueva pieza encontrará, qué nuevo artista conocerá, qué nuevo escenario transitara, hacia dónde el ambiente del arte lo llevará, como gestionará sus compras, con quién deberá hablar específicamente, en definitiva con qué personas e instituciones deberá relacionarse.

En cuanto a los museos y sus posibles o fallidas colecciones inciden factores diversos: dónde está emplazada la institución, qué colecciona y para qué, cuáles son sus políticas, porqué no colecciona determinadas piezas, cuáles son sus capacidades de preservación y restauración, cómo tiene acondicionados sus almacenes, cuáles son sus sistemas de seguridad y otras cuestiones pertinentes al tema.

Desde un escenario de políticas públicas pueden armarse colecciones que signifiquen trayectos de construcción de piso de ciudadanía, esto es lo que desde el estado se pretende en relación al mejoramiento de la vida cotidiana del ciudadano y su contexto.

Armar colecciones es crear poder simbólico que da ejemplo de qué hacer y porqué y de cómo hacerlo. Cuando se crea o acrecienta una colección esta también debe mostrarse. ¿Qué pasa cuando se acrecienta una colección y no se posee lugar para exhibirla? ¿Se debe seguir acrecentándola o no? Estos interrogantes son los que más usualmente atraviesan las problemáticas inherentes a la colección y sus contextos.
En muchas instituciones de Sudamérica el coleccionar significa centrarse en la cadena simbólica de los bienes deseados. Este objetivo general de acción coleccionadora permite que lo que no se poseía construya una situación de poder real frente a los escenarios diversos de tensión que pugnan por ejercer autoridad cultural.

El privado tiene unos objetivos diferentes, por una lado está asociado a este mismo poder simbólico, pero por el otro su accionar determina que este panorama general del ambiente cultural se refuncionalice. Pensemos en coleccionistas que si han incidido en la historia del arte como Peggy Gughenaim, Satchi, y otros.

Pero los más pequeños coleccionistas privados que no han incidido de manera tan directa a las instituciones del arte o a las carreras internacionales de los artistas ejercen en el entramado general un entorno de construcción activa minimalista de lo que se entiende como la cimentación del gusto en determinado momento histórico especifico.
El accionar coleccionador determina de un modo importante el campo del arte, gracias a él galerías e instituciones intermedias sobreviven con sus ventas, operación que incentiva la producción artística, la circulación de la obra y su difusión dentro del panorama internacional.

Cuando un artista es coleccionado su status varía de ser alguien que no era distinguido a alguien reconocido. Si su obra es adquirida significa que es deseada, que el concepto con que fue elaborada interesa o que su resultante final ha cautivado a una mente aguda y observadora.
Dentro de la acción de coleccionar reside también la acción incentivadora en relación a una idea libre de mecenazgo, el sujeto que compra arte incentiva así una acción, idea o actitud artística.

En Sudamérica el coleccionismo, depende los países, acciona de una manera más arriesgada en relación a lo nuevo. Existe una franja interesante de compradores que solo coleccionan arte joven y emergente, es decir los que dentro de unos años serán los artistas más reconocidos son así sponsoreados por las personas que los admiran.
Coleccionar es admitir que lo otro nos interesa para completar nuestro propio imaginario personal, también es dejar una huella especifica mas subjetiva que objetiva de lo que creemos como substancial e imprescindible en el campo cultural.

Un mundo artístico sin colecciones tal vez sería un lugar de franjas legitimadoras menormente activas, o un espacio mayormente horizontalizado de libre producción artística. Esta zona de lo ficticio podría ser pensada como un aquí y ahora de lo que ciertamente es sin pensar ser o estar en otro territorio. Sin colección no hay imaginario real, y sin él solo existe alguna idea posible de ficción.

Paradójicamente esta representación es uno de los motores más fuertes del mundo del arte y entonces así la contradicción – prima hermana de la ficción – otra vez gana su lugar en un mundo que siempre ha luchado por ser asequible y que nunca – por suerte- logra serlo.

El coleccionismo aporta al mundo del arte su perspectiva, si él no existiese muchos de los artistas que conocemos hoy serian otros o estarían en diferentes lugares. Hermosa idea pensar a los artistas fuera de estas tensiones y configuraciones. Que sería de los tiburones en formol o de ciertas pinturas cubistas, ni que hablar del cine arte.

El que piensa como coleccionista construye escenarios de completud, el que participa de ellos cede desde su imaginario una porción de lo que cree que el otro necesita para estar completo. Contradecir esta completud es tal vez lo que más hizo cotizar a los tiburones que, estoy segura, lo único que deseaban es transitar el azul mar una vez más con el único objetivo de huir rápidamente del mundo del arte.

Marcela Römer
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