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Magazine

25 October 2009
Verdad y ficción & woman I love

David G. Torres

Keren Cytter y Dora García coinciden en Barcelona en dos galerías a pocos metros. Una coincidencia que puede revelar algunas cuestiones sobre la relación entre ficción y arte contemporáneo y la verdad. La verdad, algo sobre lo que en los últimos tiempos hemos venido insistiendo desde a-desk.


En la última Bienal de Venecia (abierta hasta el 22 de noviembre), Keren Cytter presentaba un vídeo que mostraba la teatralización de un guión de Cassavetes en una gran pantalla con una enorme estructura para el público como de teatro griego. La referencia a un mito de cine experimental americano, John Cassavetes; el juego con la teatralidad; la mezcla de referentes del cine, el teatro, el arte, es decir, esa especie de cosa híbrida que no encuentra una clasificación adecuada entre los lenguajes artísticos, sino que transita entre ellos; el apropiacionismo, de la obra de otro; el uso de la ficción como elemento literario en medio del arte; la tensión psicológica que se adivina en el vídeo; a la que hay que sumar el origen de la artista (Tel Aviv) como un camino que ayuda a leer esa tensión; y un cierto cripticismo, es decir, no acabar de saber muy bien que pasa, ni siquiera acabar de entenderlo, literalmente, lo que lleva a pensar su trabajo en términos de complejidad sesuda. Sí, todo ello habla de una obra compleja e interesante, pero también nos pone bajo la sospecha de que son justamente esos elementos los que aseguran el éxito entre una comunidad artística a la que le gusta identificarse con aquello que parece complejo.

Ahora la galería Estrany · De La Mota presenta cuatro de sus vídeos. De nuevo, uso de referencias, desde Tennessee Williams a Hitchcock, apropiación de diálogos superpuestos, juegos de tensión psicológica y un cripticismo voluntario que pone en serias dificultades el seguimiento de la trama de los vídeos, con cambios de idioma y paros en los que los actores se alejan para insistir que no son ellos los que hablan, que se trata de la puesta en marcha de un guión, que es ficción. La instalación no ayuda a la comprensión. Es el problema de exponer cine en una sala que no es de cine. Muchas sillas para poco público, problemas de sonido y, claro, la oscuridad no ayuda a leer las transcripciones de los textos. Tampoco se entiende porque en la sala grande, donde tres de los vídeos se exhiben en continuo, pueden verse o en una pantalla de plasma o en una proyección.

De todas formas, lo que más me preocupaba frente a los tres vídeos de Keren Cytter es la cuestión de la ficción. ¿Qué estatuto tiene hoy en día en las prácticas artísticas y culturales? E incluso me preguntaba por su validez. Convencido de que en las prácticas culturales sólo hay espacio para la verdad. Que es en esa tensión donde se mueve la obra de Enrique Vila-Matas, en la incapacidad para superar el bloqueo de la escritura encerrada en la ficción, y por ello la decisión de escribir sobre otros (me refiero básicamente a “Bartebly y compañía”), y que también extrañamente la solución a esa tensión pasa en el lado contrario de la balanza por asumirla con todas sus consecuencias y abocarse al best-seller (pienso en “Millenium”). En el otro extremo, en el de la verdad, en el de esto es lo que es, “eat this”, el ejemplo es Chris Burden pegándose un tiro en el brazo.

Es evidente que Keren Cytter no se pega ningún en el brazo, es evidente que sus vídeos tienen que ver con la ficción, con la construcción de una narrativa, y es evidente que esa construcción se soluciona (a lo Vila-Matas) tomando trozos de otros. La duda en todo caso se sitúa en saber hasta que punto ese collage apropiacionista tiene que ver con la incapacidad para decir o, justamente, con lo contrario: con una coraza llena de referencias que recubre la voluntad expresa de crear ficción. Lo último no tendría que ver con una salida al qué decir (a la imposibilidad de escribir “la marquesa salió a las cinco” de Paul Valéry) sino con una afirmación de la ficción parapetada tras un artilugio intelectual basado en el cruce de referencias. Me parece que este extremo lo confirmaba el último vídeo, “Der Spiegel”, expuesto aislado y con una estructura en loop. Paradógicamente, ese loop arruina la posibilidad narrativa clásica (principio, nudo y desenlace) y sin embargo subraya la cuestión ficcional, porque de los cuatro vídeos es el que consigue generar una situación de mayor tensión. Esa tensión, siempre de carácter psicológico, no se sabe muy bien si de diván lacaniano o de terapia de pareja propio de la serie de televisión “In treatment”, es de ficción, los personajes insisten en la distancia (hablan a cámara para demostrar que no hablan por boca propia) y, al mismo tiempo, al aplicar estrictamente la máxima de Godard, “Una película debe tener un inicio, un nudo y un desenlace… pero no necesariamente en este orden”, funciona como una especie de comentario de las estrategias narrativas del cine. Así, parece marcar distancias y de ser un loop pasa a ser rizomático: resumen de una ficción que se asegura que lo es por la tensión que explota, pero que al ser resumen se convierte en comentario sobre la propia estructura ficcional.

De manera inevitable, toda la reflexión sobre la ficción y la verdad en las prácticas artísticas que me rondaba durante la visita a la exposición de Keren Cytter estaba impregnada de la siguiente exposición que tocaba en la ruta, Dora García en ProjecteSD. Y pensaba que una de las cuestiones más interesantes en la obra de Dora García tenía que ver justamente con la ficción. Con el hecho de que ha usado estructuras semejantes a las de Vila-Matas, evidente en piezas como “Todas las historias”. Que al mismo tiempo, todo ello implicaba la dificultad de clasificación de su obra, que en ello hay una raíz en Foucault, y que sólo una lógica económica nos hace hablar de ella como artista y no como escritora, de tal manera que arruina la lógica de tales apelativos. Y finalmente, que precisamente eso ha provocado uno de los lastres en su obra: un clásico comentario sobre su trabajo siempre ha hablado de la dificultad de formalización; y que no sería nada más que fruto de la necesidad de encajar en una determinada clasificación (arte contemporáneo) aquello que busca, justamente, escapar de ahí.

Pero, no se me ocurre otra manera de decirlo, “Men I Love” es la mejor exposición que he visto en mucho tiempo. Porque es descarnadamente honesta y clara: es lo que es, los hombres que Dora quiere. Porque al retratarlos es ella la que se retrata (hablar de los otros es hablar de nos-otros). Porque todos ellos forman una especie de genealogía de antiheroes, en los que la conciencia de pérdida o de desesperanza no les ha impedido seguir actuando y pensando a la contra. Porque, de nuevo, el relato está construido por otros, es un collage. Porque algunos de esos antiheroes que ama los comparto (Andy Kaufmann). Porque su estatuto como obras de arte, esa cosa cerrada y fuerte, es muy débil y no está forzado (un libro que puedes intentar robar, unas carátulas de discos reproducidas, un periódico, unas notas, una entrevista…) con lo que rompe aquella duda sobre la formalización de sus obras. Y, finalmente, porque con todo ello recupera una intensidad de la que las producciones culturales andan necesitadas: una intensidad que está hecha tanto de esa especie de debilidad formal como por el hecho de eliminar camuflajes y retratarse, mostrar abiertamente cuales son los referentes, con quien te identificas, que es lo que te interesa. Todo ello está muy lejos de todas esas frases manidas en arte contemporáneo que empiezan por el “ahora estoy muy interesado en…” esto o lo otro.

Al hablar de producción artística se han puesto de moda términos como la interdisciplinariedad, sin antes advertir que se trata de otra nueva etiqueta, otra nueva clasificación. Y, sobre todo, que esa interdisciplinariadad está hecha simplemente de mezclar literatura con vídeo en una galería. Pensar al margen de clasificaciones y verdaderamente desde su deconstrucción implica una apuesta mucho más fuerte. En la que lo fundamental es tener algo que decir, aunque sea muy pequeño. Para ello, no sirven camuflajes, sino que surge desde la honestidad con la que se afronta el propio proyecto (no un proyecto). Declarar las referencias o los amores, es una de las maneras. Simplemente, porque inserto en la construcción de una narrativa, asume la imposibildad de ficción y se erige como verdad. Esa es la materia de cualquier pensamiento que se quiera crítico y es ahí donde se comparten maneras e intereses que sobrepasan los cajones en los que encerramos la crítica, el comisariado, la escritura o los artistas. La exposición de Dora García es la de una artista o una comisaria o una crítica o una escritora. Ponedle el apelativo que queráis. Otros a lo mejor pensamos que que se trate de arte o no, es lo de menos.

http://www.davidgtorres.net

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