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Me he acordado de doscientas cincuenta puertas más o menos

Magazine

19 julio 2021
Tema del Mes: Brecha-culo-fronteraEditor/a Residente: Helena Grande

Me he acordado de doscientas cincuenta puertas más o menos

La persiana del bar de Marina que abrimos un día festivo. El murmullo en la cola para entrar. Dentro, el silencio esperando la señal de salida que no iba a llegar. Desde fuera nos veíamos como una pequeña multitud quieta, expectante. Teresa abrió la puerta y nos disolvimos.
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La puerta de mi taller que cerré durante los estudios abiertos. Y el papel donde describía el espacio tras la puerta y anunciaba su futura apertura. Y las seis veces que esa puerta se abrió para recibiros. Y cómo con Ferran nos encerrábamos con llave en el cuarto de al lado antes de que llegaseis.
La puerta del patio vecino, siempre cerrada, que ese día abrimos para que pasase Rosario arrastrando una larga manguera.
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Las puertas entre habitaciones que abrió Jaume durante su turno nocturno en ese hostal de la Barceloneta.
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Las puertas de servicio que molestaban a Edu y que dejé entreabiertas para que pudierais desviaros de la exposición, hacia un bosque oscuro.
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La vieja puerta principal y detrás el desgastado cartel de papel pegado con celo ya amarillo: “Avís important. Tanqueu sempre la porta del pany convencional amb dues voltes. Gràcies”. El cartel substituía el lugar que la portera ocupaba siglos atrás.
Muy cerca, en la puerta del patio de la escuela, otro cartel: “Tancar sempre la porta si us plau” y escrito a mano: “Aquesta porta s’ha de tancar sempre!!”. La persistencia de ese encuentro en mucho de lo que vino después.
La puerta al patio abierta durante dos meses. Entraba el viento, el sol de la tarde y paseantes despistados.
La pequeña puerta triangular al tejado donde subimos con Esther.
La trampilla que no pudimos dejar abierta.
La puerta al jardín de los gatos que no pudimos dejar abierta.
Cuando destapamos la puerta de la oficina y apareció el agujero de la manija.
La puerta en el altillo de la escuela por donde Joel subía al tejado. Él caminando y las gaviotas.
Al final, llegar a la puerta de la casa de Andrés en L’Hospitalet. Él diciéndome que no recordaba ser la persona que yo buscaba.
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La entrada a un lugar del que salías en pocos segundos. Y cómo Glòria y Antoni se quedaron dentro más de dos minutos.
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Todas las puertas que me mostró Jeanette durante la primera visita. Los carteles en las puertas “Vorsicht Stromleitungen!” y “Ausser Bertieb”. Los nombres de los mecenas en la puerta a la sala principal. Y el statement dorado sobre la puerta de la fachada “Der Zeit Ihre Kunst, Der Kunst Ihere Freiheit”.
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Las puertas controladas con interfonos, guardas de seguridad, salas de espera, ascensores, hasta llegar a las azoteas restringidas con Dudú, Daniel S y Martín.
con Daniel G.
con Santiago.
con Gleice.
con Rafael.
con Daniela C.
con Daniela M.
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La ventana que usamos como puerta para entrar al hangar donde pasamos la noche con Luiso, Carlos, María, Álvaro, Petrit y Yael. La euforia de ese momento.
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El día que abrieron la puerta a las gradas y se llenaron de gente. La contrariedad de ese momento.
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La ventana por donde entramos con el árbol hasta la chimenea. Y las cien horas que quedó abierta mientras cuidábamos el fuego en casa de Sinéad y Alberto.
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La trampilla que abrieron Toni y Àngels y su escalera asomando.
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Las puertas que abrimos con Quim. La gente circulando por el interior del teatro, las flechas, el ruido de las puertas cerrándose. Cómo fuisteis llegando al final del recorrido entre las 21:05 y las 21:25h. Pep esperando que se abriese la puerta principal.
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La puerta de la galería y al fondo la ventana. La cuerda atravesando y subiendo cuatro pisos hasta el tejado. Le hice un nudo y corté el resto. Una parte se la quedó Jorge y otra Joaquín.
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La puerta cerrada de la galería y el cartel escrito a mano por Olga “Entrada por la portería”. El interfono. Y al entrar por la puerta de emergencia encontrarte a Susana de espaldas trabajando en la oficina.
Los dos carteles “Dejar libres las salidas de emergencia” y “Salida de emergencia, no bloquear”.
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Y a partir de aquí tantas puertas con órdenes escritas a mano:
“Cierra bien la puerta!”. “Cierra la puerta al salir”. “Retírate de la puerta para dejar salir”. “No quitar la llave”. “Keep this door closed”. “Push hard!”. “No entry!!”. “Llamar a la puerta”. “No picar”. “No bloquear”. “No cerrar puerta”. “Asegúrate que la puerta de atrás está cerrada (al salir)”. “No dejar la puerta abierta”.
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Las puertas a vuestras setenta y dos casas. Cómo las describíais en vuestros guiones. Las indicaciones para abrirlas.
La puerta del instituto ese día. Esperábais que os recogiera algun otro padre, madre, vecina o amiga desconocida.
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La puerta al apartamento donde vivimos una semana, con el papel colgado donde escribí “No fer”.
La puerta a la Sala 10 donde Pol y sus amigos estuvieron esperando a que algo pasara.
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La puerta de entrada al puente que conectaría las dos azoteas y que no logramos terminar de construir con Omar y Aureli.
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La puerta del solar. El momento en que Marcos cortó el candado y le pusimos otro para tener la llave.
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La puerta del edificio donde vivía Cecilia. La pequeña llave de su cuarto, donde dormí esa noche siendo ella.
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Las llaves de las casas de desconocidos donde iríamos a dormir esa noche. Las puertas que se abrirían con esas llaves.
Las dos que quedaron de las quince que había sobre la mesa.
Las cuatro que quedaron de las veinticinco que había sobre la segunda mesa.
La emoción del intercambio de llaves.
Yo intentando dormir en una hamaca en la terraza de Garazi. Hacía mucho calor.
José Luis diciéndole a Mikel que había sido el mejor concierto de su vida.
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La idea de hacernos una copia de cada llave de casa, de las treinta que éramos, después de haber pasado la tarde en la calle cada una con las cosas de otra. Descubrir meses después una nota de Eva escondida en un cajón de mi cocina.
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Las puertas del museo abiertas de par en par por la noche y el museo apagado. Los informes de Cesar: “Sense problemes” y “Tot tranquil”.
La ventana de las vecinas de enfrente desde donde podían vigilar las puertas del museo.
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La idea de una puerta siempre accesible, que abre un espacio vacío siempre disponible. Como “un gimnasio pero sin máquinas”, decía Caterina ese día hablando con Jose y Marc. Los intentos de llevarlo a cabo.
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La puerta del instituto aún cerrada. Van llegando grupos de estudiantes. Esperan nerviosos. A las 9:00h se abre la puerta. Entran. Esa mañana no hay profes en las aulas. La cámara se queda fuera.
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La elección que hacías al entrar en la biblioteca, si ir a la derecha o a la izquierda de la línea roja.
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Las tres puertas cerrando dos minutos antes al día para parecerse a la puerta de Lalo, más lejana y menos transitada.
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Las puertas de las aulas detrás de las que esperar, tras decir “Ara torno.”
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Las puertas de casas desconocidas en San Felipe donde piqué esa tarde. Las tres que me abristeis para entrar con vosotras. Los preparativos con Linet y Daniela. Encontrarnos luego, escuchar cómo hicisteis para atravesar puertas ajenas.
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La puerta que finalmente me abrió la mamá y el papá de Rodrigo, Cecilia y Juan, después de haber picado al interfono varias veces, haberles escrito una carta, haberles enviado un cable con un drone.
El marco de la puerta que aguantaba la tensión del cable. La ventana de su cuarto abierta durante la noche, el cable tensado atravesándola.
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La puerta de la Nave 14, los seis meses de invierno a verano que tuvimos la llave con Pedro, Katy, Diego y Sil. El intento de colectivizarla y el decidir dejarla ir.
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La puerta de emergencia abierta. El deseo de Roger de que por ella siguierais la visita de la exposición.
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Estamos frente a la misma puerta, nueve años después, otra vez con Oriol y Esther. Sacar las cerraduras les parece poco, bromean con descolgarla entera.
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La puerta secundaria justo frente a la puerta principal. Cómo Pedro consiguió que la abrieran para que pudiéramos cruzarnos en línea recta y cambiar de lado.
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El primer intento de descolgar las bisagras de las pesadas puertas de cristal de la sala de exposiciones. Dos años después el segundo intento de Nacho y Juli. Y leer ahora sobre paredes, agujeros y bisagras en el libro que me regaló Berta hace unos días. Encontrar su nota en el capítulo titulado “El botones está en huelga. Por el amor de dios, cierren la puerta”. Otro mensaje en un cartel–puerta.
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Las tres puertas de la galería de Jorge y la circulación entre ellas.
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Encontrar la puerta de casa abierta de par en par a las cinco de la mañana y hoy a las dos de la tarde. El artículo que me pasó Helena que le pasó Stephan pensando en esto que estamos escribiendo: “Why Walking through a Doorway Makes You Forget”.
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En casa, al lado de las neveras, hay una puerta tapada con madera. Del otro lado los vecinos la taparon con papel y pintura blanca. Darnos cuenta de que podríamos abrirla y hacer de ambos lados una casa común. El plan de hacerlo este verano.
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Luz Broto (Barcelona, 1982) Trabajo con el espacio, con lo que hay aquí. Con lo que te detiene, como un muro. Con lo que te hace moverte de una forma particular, como una orden. Y propongo mínimas operaciones que lo cambian todo. ‘Es imposible’, dices.
www.luzbroto.net

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