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Magazine

14 febrero 2014
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Adrià en Drawing Center. El secuestro del arte

A . Gómez


“Ferran Adrià: Notas sobre la creatividad”, es la exposición que acaba de inaugurar el Drawing Center de Nueva York, y que seguirá en itinerancia por otros museos y centros de arte de EE.UU. La exposición reúne cualquier cosa que se pueda asimilar a un dibujo de Adrià, además de un par de vídeos, uno de ellos sobre su participación en la Documenta 12 y otro sobre la estética de sus platos, también algunos modelos de plastilina para ilustrar la estetización de la cocina de Adrià. Quizá sea relevante empezar refiriéndose al material gráfico de la exposición porque, en principio, sería éste el que justificaría su presencia en el Drawing Center.

En la exposición hay tres tipos de documentos gráficos. En una vitrina hay una serie de recetas y anotaciones ilegibles que pretenden justificar un proceso de pensamiento, material residual del proceso del hacer. Siendo conscientes de que este material no iba a significar nada para nadie, el comisario de la exposición, Brett Littman, ha decidido exhibir aquellos documentos que resultan más vistosos, preferiblemente manchados de café o líquidos similares. Por otro lado, una serie de dibujos infantiles que pretenden explicar una teoría de la evolución culinaria para escolares. Finalmente, sobre una de las paredes, un par de gráficos que se explican por sí mismos sobre la evolución creativa de la cocina. Hasta aquí el contenido de “estricto” de la exposición.

Sin embargo ésta es una buena ocasión para revisar el papel que juega Adrià en el mundo del arte. Adrià es uno de los últimos intentos de secuestro del arte por una élite económica. Es inevitable no referirse a su elocuente participación en Documenta 12 para aclarar el rol que cumple su trabajo en el arte contemporáneo, algo que David G. Torres ya comentó aquí. Con ocasión de Documenta 12 Adrià decidió añadir una mesa para dos personas en su restaurante a 1200 km. de distancia de Kassel para que dos afortunados distintos cenaran cada día allí durante el evento artístico. Cuando en la rueda de prensa el comisario responsable dio el anuncio, alguien preguntó qué habría que hacer para ser invitado: «quienes lo pidan pueden estar seguros de que no van a ser elegidos», Roger Buergel, el comisario de la edición de Documenta lo dejó claro: el arte de Adrià es sólo para unos pocos, social y económicamente aceptados.

En sus declaraciones Adrià repite sistemáticamente un par de ideas: por un lado, una afiliación incondicional a la creatividad, y por otro, una inevitable conexión entre arte y emoción. Es cierto que la emoción puede producir pensamiento, pero nunca si es un fin en sí misma, esto es lo que Debord, hace más de 40 años, prescribió como espectáculo. Una y otra vez, Adrià se refiere a su trabajo como experiencia para justificar su presencia en el mundo del arte. Sin duda debe ser una experiencia, al igual que todo lo demás, calificar algo simplemente como experiencia es reconocer su falta de contenido. “Buscamos experiencias a través de lo nuevo”, responde Adrià a Maurizio Cattelan cuando éste le pregunta por la manera en la que define su cocina. Una experiencia novedosa. Adrià define su trabajo como el paradigma del capitalismo: vacío de contenido y flexible a través de la novedad. El intento de incorporarle al panorama del arte es el acoso para la privatización de la experiencia común. Su trabajo realmente es acerca de un tipo de experiencia, la experiencia individual y económicamente elitista.

El deleite gustativo en el arte es el equivalente moderno del arte óptico contra el que arremetió contundentemente Duchamp. No es la primera vez que la cocina, y su contexto, interviene en el desarrollo del arte contemporáneo, pero sin duda el de Adrià es uno de los intentos más torpes. Dichas tesis––y las de sus acólitos–– inciden en una serie de “conceptos heredados como creación y genialidad, perennidad y misterio, cuya aplicación incontrolada, y por el momento difícilmente controlable, lleva a la elaboración del material fáctico en el sentido fascista”, tomando las palabras de Benjamin. Ni rastro de la politización del arte en Adrià.

A A. Gómez (1980) le gusta su nombre común, tener un nombre que coincida con el de miles de personas, la prueba irrefutable de que vivimos en comunidad. A Gómez le interesa cómo el arte se genera en comunidad, una comunidad de gente interesada en pensar y en crear lo que el arte significa.

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