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Magazine

05 junio 2009
China

A*DESK

“El gigante asiático”, “1.300 millones de consumidores”, “China seguirá creciendo un 5%”, “la tasa de paro en China es sólo del 3%”, “El Comercio con China podría impulsar empleos en EEUU”… Podrían ser titulares de la prensa a propósito de China. También estos otros: “China refuerza el muro de silencio” o “China bloquea Twitter y Hotmail”. Desde que en la bienal de Venecia de 2001 (cuya edición de este año está inaugurándose ahora) Harald Szeemann provocase un auténtico desembarco de artistas chinos, parece ser que el “gigante asiático” se ha abrazado con entusiasmo al arte. El arte contemporáneo ha dejado de ser occidental. O no tanto. Frente las producciones chinas vemos repetidos todos los clichés del arte contemporáneo (retroproyecciones, performances, instalaciones multimedia, lo que haga falta). Y también la condición mercantil del arte en su faceta más brutal: centros de arte que venden, cotizaciones de jóvenes artistas por encima de los precios de artistas consagrados, endogamia mercantil, gentigricación (en este caso auspiciada por el estado con el fin de renovar la cara de barrios enteros)… Sin duda, siguiendo la premisa antropológica de pensar en los otros es pensar en nos-otros, la imagen que devuelve China no debería hacernos tanto pensar sobre el arte chino, el mercado chino, la mercantilización del arte en China, como en el sistema de las artes. Sin olvidar la facilidad y alegría con la que asumimos los cientos de museos que se abren, las miles de galerías, los millones de artistas y obras que generan y las posibilidades de trabajo que todo ello nos ofrece, sin antes plantearnos cuestiones básicas como la libertad. Alguien dijo en una ocasión que la China actual conservaba lo peor del comunismo y recogía lo peor del capitalismo. La pregunta en arte sería ¿qué es lo que ha recogido y qué es lo que ha conservado? Y más allá, si la producción cultural es producción crítica ¿dónde está esa producción crítica en un régimen totalitario? En cualquier caso, está bien que lancemos la pregunta hacia China, no vaya a ser que a alguien se le ocurra plantear esa misma pregunta en occidente: la de la producción crítica, pero también la del totalitarismo.
Dedicamos este número a publicar dos reflexiones sobre el arte en China de la mano de Pilar Bonet y Marcela Römer. También un artículo de Claudio Iglesias sobre la recuperación del artista argentino Sergio De Loof y un artículo de Martí Manen sobre el ritmo y la acceleración en el contexto expositivo.

A*DESK, Instituto Independiente de Crítica y Arte Contemporáneo, se dedica a la formación, la edición y la investigación en torno a la crítica de arte contemporáneo. Bajo la visión de que el pensamiento crítico hace libres a los individuos, su misión es reivindicar activamente el valor de la crítica: generar debate en torno al arte contemporáneo, dotar al individuo de libertad de opinión e impulsar, así, la cultura.

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