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Magazine

18 mayo 2020
Con la boca abierta: Trump y el carnaval en el poder

Daniël de Zeeuw

Escucha las palabras que salen de su boca. Míralas, escapando, casi de forma involuntaria, de sus húmedos, pastosos y charlatanes labios. Siéntelas, mientras te succionan y te escupen de nuevo. ¿De dónde vienen esas palabras? Galimatías literales, lógica infantil, falsedades patentes, teorías de la conspiración disparatadas: no hay nada para lo que su boca no brinde un abyecto pasaje. En analogía con ese otro agujero corporal, habla mierda constantemente; y todos estamos bajo el embrujo del sagrado tabú para el que parece actuar como un portal bufonesco. Es como si toda la irracionalidad encerrada del mundo se condensara en su persona, como un títere de ritual que nos libera de la responsabilidad de cargarla nosotros (en general, es su interpasividad de «pecado delegado» lo que define la relación entre los Estados Unidos y Europa, en que esta última sólo puede sustentar su ilusión de un «mercado iluminado» a través de la función policial global de los Estados Unidos). Estoy hablando, por supuesto, del actual presidente estadounidense, Donald J. Trump.

Si bien la mayoría le considera una maldición para el mundo, podría decirse que Trump ha sido una bendición para dibujantes, comediantes, presentadores de programas nocturnos y memeros, que le han representado de diversas maneras satíricas. La figura 1 a continuación, por ejemplo, muestra un meme que circuló por Reddit en 2018 en el que aparece una pila de periódicos alemanes amontonados de manera que hacen que la boca de Trump se vea enorme. Además de resaltar lo grotesco del personaje del presidente, la imagen también parece insinuar que los medios amplifican la voz de Trump, y que de hecho actúan involuntariamente como su «portavoz». El segundo ejemplo (fig. 2) es la portada de la revista de noticias alemana Der Spiegel de 2016 que muestra a Trump como un meteorito cuya boca amenaza con «devorar» la Tierra. Finalmente, la tercera imagen (fig. 3) muestra una cubierta de Trump de Time Magazine del 2016 que pone énfasis en su boca abierta al borrar los demás rasgos de su rostro.

El registro estético en el que estas imágenes se basan normalmente, es partícipe en lo que el académico literario y cultural Mikhail Bakhtin teoriza en su famoso libro sobre Rabelais y el carnaval medieval como «corporalmente grotesco» y «carnavalesco». Mientras que, por parte de Bakhtin, sin embargo, hay todavía una clara distinción entre las instituciones oficiales de poder y las prácticas festivas populares que subvierten temporalmente esas instituciones mediante la construcción de un mundo de juego patas arriba, ¿qué pasaría si el carnaval, en forma de Trump, en realidad está en el poder?

Figura 1. Un meme visto en Reddit que muestra la boca abierta de Trump. Fuente: https://www.reddit.com/r/photoshopbattles/comments/7rj990/psbattle_trump_screaming_in_a_stack_of_newspapers/.

Figura 2. Portada de la revista de noticias alemana Der Spiegel de Trump como un meteoro «devorando» la Tierra. (12 de noviembre de 2016) Fuente: https://www.digitalartsonline.co.uk/features/illustration/17-hilarious-weird-donald-trump-artworks/.

Figura 3. Portada de Time magazine que muestra la boca abierta de Trump (22 de agosto de 2016). Fuente: https://time.com/5236647/donald-trump-stormy-time-cover/.

El empuje progresista del carnaval propugnado por Bakhtin ya ha sido criticado desde una variedad de perspectivas. Por ejemplo, a menudo descuida las «subversiones» problemáticas (racistas, antisemitas, populistas) de los carnavales históricos de Europa. Más recientemente —como ha mostrado Angela Nagle en el caso de la extrema derecha alternativa y su apoyo falso-irónico de Trump en su libro Kill All Normies (en español: Muerte los normies) (2017)— los trolls en línea se han apoyado en tácticas carnavalescas de transgresión para incitar al odio y la violencia. Otra crítica más estructural lanzada al relato utópico de carnaval de Bakhtin es que, paradójicamente, el carnaval reproduce y legitima al poder precisamente transgrediéndolo, una crítica conocida en su forma más simple como la «válvula de escape» de la función social dominante de la teoría del carnaval. Finalmente, y esta crítica es la más relevante en el contexto actual, es que se argumenta que la eficacia crítica y subversiva del carnaval se ve socavada por la carnavalización de las mismas instituciones oficiales. En el contexto de la cultura posmoderna global que surgió en la segunda mitad del siglo XX, se ha afirmado que las prácticas hedonistas de libertad y autonomía sexuales y creativas, tal como se las encarnaba en la contracultura en los años 60, se ha recuperado en gran parte por el capitalismo tardío.

Entrando en diálogo con esta última crítica, este artículo se pregunta si queda alguna fuerza subversiva en las representaciones satíricas de Trump en los medios, cuando el líder político en cuestión ya explota su propia apariencia grotesca con fines populistas reaccionarios, representándose a sí mismo como la encarnación de la verdad cínica de la falsedad del sistema político en los Estados Unidos. En su análisis del estilo político de Trump que compara con el de Putin, Masha Gessen mostró una crítica tan populista de la hipocresía de actuar como un motivo proto-fascista, alegando que «los fascistas de todo el mundo han ganado popularidad al invocar la idea de que el mundo está podrido hasta el tuétano»[1], y así, Trump «ha licenciado la obscenidad del inconsciente» (Rose) [2].

Para mí, el significado de la retórica corporalmente grotesca y carnavalesca de la boca abierta en las representaciones satíricas de Trump en los medios es de interés, lo que demuestra por qué el tropo de la boca abierta a menudo ocupa un lugar destacado en estas representaciones.

Para Bakhtin, la boca es un tropo importante de carnaval, ya que absorbe (consume) a la vez que escupe (produce), y elimina así cualquier distinción rígida entre «interno» y «externo», algo indispensable tanto para el canon estético «clásico», como para aquel al que se opone terminantemente, lo «corporalmente grotesco» del carnaval. El cuerpo clásico (por ejemplo, el cuerpo bien redondeado e ideal de las estatuas griegas antiguas) surge de la abyección del cuerpo grotesco (Russo 1995, 8). Bakhtin posiciona la cara como algo perteneciente al cuerpo, en contraposición a el estrato inferior corporal: «En el lenguaje de carnaval, el estrato inferior (el culo), es “la espalda de la cara”, “la cara del revés”». [3]

Sin embargo, la oposición entre el cuerpo clásico y el grotesco también se pone de manifiesto en la cara misma, como escribe Bakhtin: «de todos los rasgos del rostro humano, la nariz y la boca juegan el papel más importante en la imagen grotesca del cuerpo», mientras que, por el contrario «los ojos no tienen ningún papel en [estas] imágenes cómicas; expresan una vida humana individual, por así decirlo, autosuficiente, que no es esencial en lo grotesco».[4]  Al contrario que los ojos, la nariz se extiende hacia el mundo, mientras que la boca, al tomar cosas hacia dentro, transgrede constantemente los límites entre «interno» y «externo» que sostienen la idea de un yo autónomo. Además, la boca es ambivalente como el vehículo material de lo inmaterial, lo que significa que, cuando esta materialidad carnosa (labios, dientes, lengua, garganta) se enfatiza, llama la atención de la base corporal y afectiva de toda comunicación.

La figura 4 a continuación incorpora la estética corporal grotesca que Bakhtin atribuye al carnaval al representar la cabeza de Trump como una boca abierta gigantesca, con el pie de foto de «el líder que merecemos». Por el contrario, la figura 5 sugiere que solo se puede parar a Trump «callándole», es decir, cubriéndole literalmente la boca con cinta adhesiva.

Figura 4. Una caricatura de Trump de Gorilla en De Groene Amsterdammer. Fuente: https://www.groene.nl/cartoonisten/gorilla/cartoons/the-leader-we-deserve

Figura 5. Fuente: https://www.liveabout.com/donald-trump-cartoons-4069703

 

Entonces, para Bakhtin y para otros, el imaginario grotesco —en su movimiento descendente «hacia las profundidades del cuerpo humano» (370)— significa lo que el cuerpo, en nombre de la decencia y del trabajo, exorciza, pero que regresa como un exceso que atormenta al sujeto ofreciendo la imagen de su propia imperfección, como Julia Kristeva argumenta en su relato psicoanalítico del tema en Powers of Horror (1982). Si extrapolamos esta lectura a la sociedad como conjunto, Trump representaría el exceso de la política sobre el gobierno neoliberal, además de revelar la verdadera cara del capitalismo global al estilo estadounidense.

Trump es un Père Ubu moderno (como en la famosa sátira que Alfred Jarry hace de su insignificante y burgués profesor de instituto Ubu Roi), cuya gula (constantemente llenándose la boca, vomitando) sólo se equipara a las estupideces que salen por su boca. Pero, así como Père Ubu parece inmune a las críticas perfectamente razonables de sus detractores, el estatus de culto de Trump entre sus seguidores sólo parece estar creciendo en proporción a la indignación de las élites liberales por sus travesuras. Comentando la obra «Ubu y la comisión de la verdad» (dirigida por William Kentridge y producida por Handspring Puppet Company), la dramaturga sudafricana Jane Taylor escribe:

«Hay un tipo particular de placer para una audiencia que observa estos ataques infantiles. Parte de la satisfacción surge a partir del hecho de que en el modo burlesco en que inventa Jarry, no hay lugar para las consecuencias. Mientras que Ubu puede ser implacable en sus aspiraciones políticas, y brutal en sus relaciones personales, aparentemente no tiene un efecto mensurable sobre quienes habitan el mundo absurdo que crea a su alrededor».[5]

Desafortunadamente, el mundo en el que Trump habita no desaparece cuando se cierra el telón: es nuestro mundo. Y es teniendo esto en mente que incluso las representaciones satíricas más (auto)críticas de Trump tienden a no socavar, sino a ser cómplices del propio estilo reaccionario de retórica carnavalesca de Trump. En última instancia, las elecciones de 2020 mostrarán si esta estrategia tendrá éxito una vez más, o si por el contrario es inminente un retorno a la política «normal» al estilo Obama. En cualquier caso, debido a la pandemia mundial del coronavirus, probablemente nos espera un largo período de Cuaresma.

 

[1] Gessen, Masha. “In Praise of Hypocricy”. 2017. The New York Times. https://www.nytimes.com/2017/02/18/opinion/sunday/in-praise-of-hypocrisy.html.

[2] Rose, Jacqueline. 2016. “Donald Trump’s victory is a disaster for modern masculinity”. The Guardian. https://www.theguardian.com/commentisfree/2016/nov/15/trump-disaster-modern-masculinity-sexual-nostalgian-oppressive-men-women.

[3] Bakhtin, Mikhail. 1984. Rabelais and His World. Bloomington: Indiana University Press: p. 40

[4] Bakhtin, Mikhail. 1984. Rabelais and His World. Bloomington: Indiana University Press: p. 136.

[5] Taylor, Jane. Ubu y la comisión de la verdad. Ciudad del Cabo: University of Cape City Press, 2007: pp. iii-iv.

Daniël de Zeeuw es profesor de nuevos medios y cultura digital en la Universidad de Amsterdam. Sus intereses de investigación se encuentran en la intersección de la teoría crítica cultural y de los medios de comunicación y los fenómenos marginales en línea.

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