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Magazine

19 noviembre 2018
Coreografías de la pantalla. A través de La Plaza, de El conde de Torrefiel

Virginia Lázaro Villa

La Plaza comienza con un suelo cubierto de flores y velas, conmemorando la muerte. La escena cambia y estamos frente a una plaza. De manera casi imperceptible, esta plaza va mutando en otras plazas y en todas ellas se da una concatenación de sucesos. Los cuerpos en escena se mueven lentos y perfectamente coreografiados. Hay voces, pero son indistinguibles, no tienen palabra, solo presencia. La palabra se ha hecho imagen y ha sido desplazada a un texto que, proyectado, nos habla en segunda persona del singular. Yo, como espectador, obtengo un personaje. Sabes entonces que estás presenciando el momento final de una representación que ha durado 365 días y ha ocurrido simultáneamente en 365 lugares. Te encuentras volviendo a casa, caminando. Llevas cascos, escuchas música. Mientras lees sobre que ocurre en tu recorrido, las sucesivas plazas ocurren en escena y el sonido crea una atmósfera para ti.

El Conde de Torrefiel nos descubre con este gesto que la mirada del espectador está siempre dirigida, afectada. En cambio, nos propone un dispositivo donde, a través de un collage, la imagen, la palabra y el sonido funcionan paralelos, pero con cierta independencia. Al mismo tiempo que escuchamos y leemos el texto, se suceden las imágenes. Los cuerpos no tienen voz y la relación directa entre palabra e imagen que suele habitar la escena está rota. A cambio, proponen una serie de significantes y significados entre los que el espectador traza conexiones quizás nuevas. El ejercicio de montaje entre los elementos queda en nuestras manos.

Comienza el recorrido con la pesada presencia de un militar custodiando una plaza en algún lugar de oriente medio, o tal vez sea una plaza europea. Esta imagen se transforma lentamente hasta llevarnos a otro lugar del mundo o del tiempo, donde un grupo de turistas visita monumentos. Una violencia sorda, tácita, transita constantemente la escena. Una violencia normalizada. Como hace patente El conde de Torrefiel, en todas las plazas hay violencia y memoria: a través de los gestos, de las costumbres y contenida en sus monumentos, conectada con el pasado. Son lugares en los que la vida se construye sobre la historia del territorio contada en piedra. Imágenes del pasado que relatan una historia de violencia que se hace social en el presente.

La Plaza expone una conexión entre el oriente medio y occidente. Una conexión entre cuerpos. Los cuerpos de Oriente Medio vienen a Europa buscando refugio, mientras los cuerpos de Europa viajan por el mundo buscando ocio, turismo. Otra forma de refugio. Igual que nuestra mirada, que está dirigida, coreografiada, lo están los movimientos de los cuerpos a través del planeta. Desplazamientos afectados por factores que escapan a nuestro control y nuestro deseo, y enredados con las fronteras que separan los países. Movimientos sobre los que se construye el mundo, enraizados en lo más profundo del reparto de lo sensible, y cuyos actores son cuerpos humanos, pero también lo son los objetos, el capital y las memorias. En un mundo a vista de pájaro, los rastros de esas trayectorias funcionan como partituras.

Sin querer desvelar el final de La plaza, solo diré que termina con otra imagen simbólica, ahora fuera de la plaza, en casa. Acaba en un lugar de vida y muerte, donde la imagen de lo real ni muere ni nace, sino que cae en una paradoja hecha de capas de representación y realidad. Esta idea transita constantemente el montaje. Por ejemplo, el texto, esta voz que es nuestra y no lo es al mismo tiempo, nos narra cómo nuestra experiencia con lo real está transitada por las representaciones de lo real mismo. Vemos como la representación de la historia se hace cuerpo en nosotros a través del patrimonio; o cómo identificamos un lugar en Oriente Medio, o del futuro, a través de la imagen que se nos ha creado de ello. En otras palabras, somos espectadores de cómo la representación finalmente toma cuerpo.

El conde de Torrefiel son certeros al mostrar que las plazas son espacios donde se hacen visibles los movimientos que atrapan a los cuerpos. Estructuras predeterminadas que repetimos a lo largo de todos los países, todos los días del año. Las coreografías que bailan nuestros cuerpos, cuerpos que padecen, cuerpos migrantes, cuerpos con género. Por encima de esto, cuerpos sujetos a las pantallas y a la información que éstas mueven a lo largo del planeta.

Hablar de pantallas implica hablar de imágenes. Éstas parecen inmateriales, mártires del simulacro. Parece que, al perder su cuerpo, nos han arrastrado con ellas a habitar un mundo virtual donde la representación se ha apoderado de la realidad y, por lo tanto, de toda capacidad de acción de los sujetos. Muy al contrario, las imágenes no han perdido su cuerpo, solo lo han cambiado. Están hechas del trabajo (del cuerpo en tanto que horas de vida) de aquellos que extraen minerales como el coltán, con el que se construyen las pantallas.

Si miramos de nuevo a vista de pájaro, podemos ver las trayectorias que deja la explotación de las cuencas mineras alrededor del mundo. Imágenes, cuerpos y materia se mueven a través del planeta marcando trayectorias, dejando rastros con los que podemos entender la distribución del mundo, su coreografía. Curvas que ponen en relación los movimientos de los cuerpos en la cuenca del Orinoco o El Congo, con los movimientos de los cuerpos que van a comprar el último Iphone. Después, nosotros pondremos en movimiento este Iphone, estas pantallas, a través de nuestros viajes a Dubai o, en el futuro, de nuevo a la ciudad de Palmira. Cuerpos minerales que rápidamente desechamos y que acaban en un cementerio tecnológico en, por ejemplo, Ghana.

Las imágenes digitales pueden parecer inmateriales, pero tienen un origen muy específico en lo real, y un cuerpo muy visible y pesado. Pero no solo están hechas del cuerpo de las telecomunicaciones, también están compuestas de códigos cada vez más complejos que mueven redes masivas de información. Son capaces de recoger datos, que son después analizados por algoritmos, y que se nos devuelven en forma de visibilidad, por ejemplo, a través de la segmentación de la información que vemos en nuestras pantallas. O lo que es lo mismo, a través de las imágenes que consumimos. A través de las pantallas, los ritmos financieros distribuyen imágenes que funcionan como partituras de nuestros movimientos, y se encarnan en nosotros. Es por esto que, a diferencia de El conde de Torrefiel, yo no creo que la realidad sea cada vez más subjetiva, emotiva o impenetrable. Esta es solo la imagen que proyecta en nosotros todo este entramado algorítmico a través de las pantallas, y que oculta detrás una realidad que responde a todo lo contrario. La web 2.0 y sus plazas digitales se basan en generar una experiencia dislocada de lo social y basada en la dependencia emocional de nuestra persona digital con un entramado social que no existe. Afortunadamente, hay imágenes y realidad más allá de las redes sociales y del reparto algorítmico de las mismas. Es importante recordar esto cuando asola la depresión que trae consigo la creencia en la hiperrealidad.

Como se dice en La Plaza, vivimos gobernados por imágenes del pasado, pero además hay protocolos que quieren gobernar nuestro futuro desde el presente. Los algoritmos tienen capacidad de predicción, son capaces de computar nuestra actividad y predecir nuestras actividades futuras. El reparto algorítmico de la visibilidad está basado en esta predicción y se encarga, por lo tanto, de modelar nuestras actividades futuras a través del control las imágenes del presente. Intentan marcar ahora el ritmo al que bailarán nuestros cuerpos. Podemos decir que la partitura de los movimientos de los flujos de datos genera y oculta a su vez la mayor coreografía de nuestro presente, entendiendo coreografía en un sentido restrictivo, como una serie de movimientos cerrados y predeterminados que reproducimos.

Así, las imágenes ya no son sobre el movimiento, sino que son movimiento mismo: son interfaces que ocultan protocolos de movimiento de datos. La representación de un cuerpo bajando una escalera que nosotros mirábamos estáticos en el cine, el teatro o en la pintura es parte del pasado. Mover información y, con ella, cuerpos, es la función principal de las pantallas. Mientras vemos La Plaza escribimos un twit, un mensaje por Facebook a un amigo que vive en otra punta del planeta, y le añadimos una captura en tiempo real. Movemos datos que luego vuelven a nosotros en forma de ideología: partituras sobre destinos turísticos, o artículos de prensa, o recomendaciones sobre futuros eventos culturales que facebook cree que nos pueden interesar. Si antes un monumento se erigía como ideología para los ciudadanos del futuro, ahora hay imágenes digitales orientadas a condensar ese momento futuro en el presente. O, en otras palabras, que quieren hacer que el futuro desaparezca porque ya ocurre aquí y ahora, como hemos visto con Cambridge Analytica.

La Plaza me hace entonces plantearme qué maneras tiene la imagen de romper con la repetición que hacen nuestros cuerpos de las partituras escritas por los algoritmos, y que están soportadas por el reparto del trabajo a escala global. ¿Tienen posibilidades las imágenes de liberar movimientos, de generar cierta contingencia dentro de estas coreografías de los ritmos financieros? De generar movimientos con los que salir de esta sala de baile que son las segmentaciones de consumo y los modos de vida. Con los que pensar otros ritmos para nuestra subjetividad, otros futuros. A pesar de lo que parece, los cuerpos no se han transformado en datos. Las imágenes digitales tampoco, tienen un cuerpo que las sujeta a lo material, las ancla al territorio. Además, responden a una genealogía arcana, propia y poderosa que se invoca inevitablemente.

Si aun, a pesar de esto, sentimos desconfianza en las posibilidades que residen en las imágenes, es importante saber que no todos los protocolos algorítmicos son iguales y que también se están creando protocolos y algoritmos descentralizados. Por otro lado, las operaciones matemáticas están abriendo nuevas formas de abstracción. Nuevos espacios que, por ahora, van más allá del entendimiento y del control humano. Esto implica que la distribución matemática no está cerrada, sino que es orgánica y que hay un espacio para la contingencia en el que se están escribiendo nuevos modos de, por ejemplo, infinitud. Este terreno, ahora ignoto, será poco a poco parte de lo cognoscible, y las imágenes sin duda tomarán parte en la tarea de articularlo para nosotros, en tanto que son lenguaje. La contingencia existe en el presente y en nuevas formas del futuro que se están desarrollando, precisamente en los entramados que se esconden tras las imágenes digitales. Por esta razón, ni los sujetos ni las imágenes estamos atrapados en una paradoja irresoluble entre lo virtual y lo real. En un tiempo cercano, serán precisamente las imágenes quienes harán comprensible estas nuevas formas de futuro. Formas que pueden generar nuevos modos de control y distribución, de coreografías para los cuerpos, los objetos, el capital y las memorias, pero que también pueden generar formas de escapada.

 

*Imágenes: La Plaza, El conde de Torrefiel. Vía https://www.kfda.be/en/program/la-plaza

https://vimeo.com/268961858

Vive en Londres, es artista y crítica de arte y lo que más le interesa es la iconoclastia y la destrucción de cosas en general. Co-dirigió desde el 2015 la revista y plataforma de arte contemporáneo Nosotros y trabaja desde hace un tiempo escribiendo para diferentes medios y revistas, además de haciendo algunas otras cosas que le dan dinero de verdad.

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