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Magazine

05 junio 2014
¿De qué no hablamos cuando hablamos de arte contemporáneo?

Este es un texto que se siente traidor. Porque a veces los textos no saben si quieren aparecer o no. O si, aún queriendo, deberían hacerlo. Por una parte, este es un texto que surge de un intención desiderativa. Aquella que consiste en traducir para cierta posteridad una experiencia. Por otra parte, es un texto que se pregunta si incurre en la demanda propia de una época cuya voluntad de archivo desconfía del talento de la memoria sin prótesis. También es un texto que elucubra sobre la capacidad mnemotécnica de un futuro sin resortes o apoyos. Y que lo hace antes de haber sido escrito o, quizás, después de haber empezado a escribirse por otro lugar.

Ese futuro que es un archivo potencial del pasado podría ser invocado desde el presente. Por ejemplo, escribiendo nuestro obituario cuando todavía estamos vivos. O sacando a la luz la segunda parte de un libro cuando la primera todavía no ha sido escrita o publicada. Cambiar el orden de los acontecimientos es una forma sutil de insertar el futuro en el presente. Poly -el taller propuesto por Raimundas Malasauskas en A*desk- empezó así, con una interpelación al futuro al preguntarnos si alguna vez habíamos escrito nuestra necrológica. La mayoría ni siquiera habíamos pensando nunca en que tendríamos un obituario y menos aún en cómo sería éste. En todo caso, algunos recordábamos el epígrafe de la lápida de Duchamp gracias a la ostentación artística de la memoria. “Por otra parte, los que mueren son siempre los demás”. El último aforismo de un artista que podría ser visto como un artista del futuro, un artista contemporáneo ocupando la vida de un artista moderno.

Poly fue un encuentro de quince horas programadas (más unas cuantas más fuera de agenda) durante tres días con Raimundas Malasauskas. De acuerdo con los dogmas tácitos del mundo del arte, quizás no podría llamársele taller. En desacuerdo con el constreñimiento de las definiciones sobre el contenido de las cosas, Poly efectivamente sería un taller. Un taller de un futuro en el que empiecen a caerse los dogmas de un ámbito que se cree libre de ellos como es el del arte contemporáneo. Ante una definición insatisfactoria la solución más frecuente es buscar otro concepto, cuando quizás podríamos empezar a subvertir las definiciones. O empezar a extraviar los términos habituales con los que (no) estamos obligados a pensar en público. Por ejemplo, dejar de decir “política de la emociones” cuando en realidad queremos decir sentimientos. Dejar de decir “sujetos” cuando estamos hablando de personas. Dejar de hablar siempre a través de la cita legitimadora y empezar a hablar en primera persona, también en segunda.

Un taller sin un eje conceptual preestablecido, además de hacer que sus participantes nos olvidásemos de tener que reclamarlo o buscarlo por nosotros mismos, consiguió algo muy simple pero de lo que carecen la mayoría de encuentros para-académicos. Un “estar juntos” sin más pretensiones que ese “estar” y “juntos”. Un extravío de los protocolos habituales para sentir –sí, sentir- que la orientación sólo funciona cuando se está perdido. Pero también sería inexacto decir que Malasauskas no propuso un trayecto. Seguramente lo hizo, desde una invisibilidad estratégica: la suya. Un itinerario sin coordenadas en el que iban apareciendo preguntas personales donde era imposible -cuando no ridículo- hablar solamente desde la posición del crítico, del comisario, del artista, del estudiante o del galerista. Como un libro en el que el narrador omnisciente permite -y al permitir, obliga- que los personajes decidan qué o cómo quieren ser. Un libro en el que si el arte contemporáneo es importante, lo es porque hace aparecer todo aquello de lo que no hablamos cuando hablamos de arte contemporáneo.

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