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18 febrero 2013
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¿De qué podemos hablar?

ARCO nos va dejando sin palabras. No, no porque nos sorprenda lo que allí podamos ver, sino porque cada año hay menos que decir sobre la feria en sí. Atrás quedaron las discusiones y debates sobre si debía ser una feria sólo comercial o si debía tener también un componente cultural y educativo. ARCO es una feria comercial y punto, aunque los programas comisariados como los Opening, este año de la mano de Manuel Segade y Veronica Roberts, así como los tradicionales foros, -este año enfocados al coleccionismo, no podría ser de otra manera-, se agradezcan y otorguen a la feria cierta apariencia de macro-exposición.

La cuestión sería entonces cómo reconciliar la condición de mercancía con los productos designados como culturales, a los que consideramos especiales frente a otros productos realizados para el consumo de masas, como pueden ser unos zapatos. El geógrafo marxista David Harvey analizaba en un breve, pero interesante texto, “Arte en renta” (Capital financiero, propiedad inmobiliaria y cultura, 2005) cómo la cultura, y el arte en particular, están sometidos a la lógica del capital financiero a través de lo que él denomina renta monopolista, que sería aquella que se beneficia de la competitividad que se obtiene al apostar por la distinción y la diferencia, ya sea de un producto cultural o del perfil de un entorno urbano. Para Harvey, los llamados productos culturales funcionan mediante una lógica que se establece a partir de reivindicaciones de excepcionalidad, autenticidad, particularidad y especialidad, todas ellas categorías construidas ideológicamente de forma compleja a través de la historia y que han sido de alguna manera exigidas por el mercado de la cultura y el arte. Una idea ésta de renta monopolista que se puede también extrapolar al capital simbólico colectivo producido en un lugar determinado, las ciudades.

Este año el país invitado a ARCO ha sido Turquía, un país que siempre ha sido considerado como una especie de cruce entre Oriente y Occidente, idea de la que ahora muchos turcos parecen renegar. Lo cierto es que Turquía se ha convertido en los últimos años en un importante nicho de mercado para el arte, sobre todo a partir de las bienales celebradas en Estambul, la primera en 1987, y que han supuesto su apertura hacía el mercado occidental. El encargado de seleccionar las 10 galerías (Dirimart, Eipsis, Mana, Nev, Non Pilot, Maçka Sanat (MSG), Rampa, Rodeo y X-Ist), todas procedentes de Estambul, ha sido Vasif Kortun, escritor y profesor de artes visuales y uno de los principales impulsores de la inclusión del arte turco contemporáneo en el panorama internacional.

Pero, ¿qué nos ofrece el arte contemporáneo turco en el contexto ARCO? ¿Por qué “invitar” a un país en el contexto de una feria? Siguiendo de nuevo a Harvey, en el contexto del mundo globalizado se vive en una lucha constante en las que las llamadas “ciudades culturales” compiten por crear marcas de distinción vinculadas a un lugar y tiempo específico con el objetivo de generar “rentas monopolistas”. La singularidad de una ciudad, en este caso, Estambul, es un medio para crear un nicho de mercado, atraer a un público internacional y generar ingresos adicionales a través del turismo y del mercado del arte.

Sin embargo, se produce la paradoja de que mientras se crean estas marcas de distinción locales, a la vez se tiende a una homogeneización de la cultura y el arte debido a la inercia e idiosincrasia de la globalización. Una idea que recoge el artista turco Halil Altindere, y sobre el que el CA2M ha inaugurado recientemente una exposición individual. En el vídeo Dengbejs (Triología Mesopotámica, 2007) Altindere escenifica como una comunidad de patriarcas kurdos cantan canciones populares en el interior de casa tradicional turca. Sin embargo, cuando el plano se abre a través de una panorámica, se observa como esa casa tradicional de madera se posa en realidad sobre un rascacielos de forma híbrida que revela lo improvisado y moderno de las viviendas.

Como señalan Fietta Jarque y Ángeles García el milagro turco obedece a una serie de estrategias para desarrollar un floreciente mercado, además de proyectar tanto la idea de cultura de un país como su misma posición en el mundo. Y esta idea es a la vez utilizada por ARCO, en el sentido de ofrecer “singularidad” y «exotismo» de un país con el objetivo de generar conexiones y nuevas líneas de negocio. Sin embargo, resulta difícil distinguir, y más en el contexto de una feria donde lo que se pretende es vender, esa supuesta singularidad del arte turco, cuando nos encontramos ante un arte global que tiende a absorber la estética de la diferencia.

Rosa Naharro intenta pensar el presente, así como sus distintos contextos, a través de la cultura y el arte contemporáneo. Ver exposiciones, escribir, leer, el cine, la música y hasta las conversaciones con amigos pasan a ser herramientas. Entender e interpretar “ algo” de esto que llamamos mundo se convierte en una autoimposición, así como tomar cierto posicionamiento, que no distancia, ante él. Compagina escribir en A*Desk con su tesis doctoral en la UCM, y trabaja en proyectos desde la gestión cultural

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