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Magazine

09 septiembre 2013
Elisabet Sánchez: una tapada del futuro

Claudio M Iglesias

Con Elisabet Sánchez ocurre algo extraordinario. Un coleccionista, Gustavo Bruzzone, nota que le viene faltando un nombre en su colección, consagrada a la escena del Centro Cultural Rojas en la primera mitad de los noventa. Hay algunas imágenes y restos dispersos: una muestra colectiva en 1996, una beca de la que Sánchez había formado parte. En ese momento, internet casi no existía, mucho menos en el Atlántico Sur (adónde el cableado subacuático de fibra óptica tardó todavía unos años en llegar). Solo quedan recortes y algunas fotos. Con dificultad, Bruzzone averigua el paradero de Sánchez, una artista emergente en el entorno del Rojas, que muy joven dejó su carrera en suspenso y que vive actualmente en España. El coleccionista se mueve por fascinación o por prolijidad: su interés no se despierta por comentarios en revistas, susurros de curadores ni especulaciones profesionales. Actúa como un personaje de George Perec, o de Verne: necesita completar una lista. El cruce de datos lo lleva a una casa en Rosario, en la que Sánchez, antes de partir, dejó guardada una cantidad de piezas, al cuidado de sus padres. Volúmenes delgados de madera pintada, formando patrones oblongos y conductivos, al estilo del minimalismo, pero en un material absolutamente entrópico como la madera cruda, proclive a torceduras, manchas y desórdenes. Sánchez parece encorvarse sobre las palabras de Robert Smithson: los nuevos monumentos los hacemos para olvidarnos del futuro.

El efecto de las obras, ajenas al público y a las cámaras de fotos durante 17 años, es extraño. Y la develación del enigma de Bruzzone se convierte rápidamente en una muestra en el Museo de Arte Contemporáneo de Rosario, curada por Nancy Rojas, que ahora llega a la galería miau miau de Buenos Aires. En verdad, lo extraño es el destino: las obras guardadas, la carrera interrumpida, el viaje, el coleccionista obsesivo. Quizás Sánchez dejó de hacer arte porque ya había hecho lo que debía hacer. Quizás no entendió el ambiente al que llegó, o el cambio de época. Y nunca se ocupó de pensar en su carrera. Pero le ocurre algo inédito, al menos para los artistas de hoy día que tratan de mantenerse a flote en una industria basada en la información y la actualidad: que alguien quiera hacer una muestra de tu trabajo que no seas tú mismo en primer lugar; que te programen en el museo y una galería de otra ciudad pida recibir la muestra en itinerancia; críticos que preguntan si pueden visitar la galería antes de la inauguración. El olvido se convierte en expectativa. Trabajos que se tuercen frente al tiempo y la humedad, con la velocidad perceptible con la que pasan las estaciones.

Claudio Iglesias es un crítico radicado en Buenos Aires. Sus últimos libros son Corazón y realidad (Consonni, Bilbao, 2018) y Genios pobres (Mansalva, Buenos Aires, 2018).

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