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15 marzo 2021
¿Es posible la ruina cibernética?

Enric Puig

Para tratar de responder a esta pregunta podemos convenir, con Marc Augé, que la ruina es ese espacio que, por su propia condición, deja de ser habitable y pasa a ser admirable en una nueva dimensión poética. Los efectos del tiempo por la falta de uso depositan una serie de capas de significado que se solapan en el mismo espacio.

Sin embargo, la ruina no solo tiene una dimensión poética, sino también política. En tanto que espacio vacío, no habitable aunque saturado de capas solapadas de significados históricos, la ruina es un enclave de posibilidades, de proyecciones hacia el futuro. Es un espacio que permite imaginar una reconstrucción sin las rémoras de uso que implican los espacios funcionales. Cualquier proyección hacia el futuro deberá asumir todas las capas depositadas en su devenir temporal: los anhelos y las faltas, los usos y los desusos y, ante todo, la irreversibilidad de la flecha del tiempo de la que ha sido víctima.

Partiendo de esa definición, podemos trasladar esta visión de la ruina a uno de los espacios contemporáneos más habitados para pasar a hablar del concepto de «ruina cibernética».

Lo inmediato parecería ser una alusión a la tradición distópica como forma de representación de esas posibilidades de la cibernética convertida en ruina. Sin embargo, dentro de esta tradición, hay que llamar la atención sobre la extrañeza de la base material con la que ahí se representa. Como si se hubiera escindido en algún momento de su historia y hubiera tomado otros senderos, la evolución tecnológica que se presenta ahí incluye amontonamientos de cables, dispositivos voluminosos, pantallas de rayos catódicos y agujas matriciales que trasladan la información sobre papeles que se amontonan. Se distancia completamente, en suma, del camino trazado por digitalización hacia la invisibilización de la base material que lo sustenta.

En un fragmento de La utopía de las normas, David Graeber da cuentas de esta transformación: en un cierto momento, la utopía tecnológica que proyectaba sus anhelos hacia el futuro mediante las transformaciones materiales se truncó. Incluso la inteligencia artificial ha desaparecido ya en cierta forma del imaginario utópico compartido. En su lugar, una forma transindividual de inteligencia, basada en la mera conexión entre miles de ordenadores interconectados y billones de datos cruzados, ha ocupado nuestro imaginario. Ha emergido la virtualidad digital como único escenario posible desde el que imaginar el progreso.

Evidentemente, para que los algoritmos funcionen, para que puedan almacenarse los billones de datos que los alimentan, se requiere una base material. Las nuevas catedrales de servidores se emplazan en distintos lugares del globo y requieren una costosa inyección energética constante, además de una serie de regulaciones y movimientos geopolíticos que le dan un nuevo significado a las fronteras y los territorios. Sin embargo, esta base material resta hoy invisible, oculta a los ojos hipnotizados por la dimensión virtual como la única realidad patente.

¿Dónde queda entonces el concepto de ruina? Sin duda, no puede instalarse en la base material, en las granjas de servidores que reposan invisibles e impasibles en medio del desierto. No puede instalarse ahí por la propia naturaleza de lo digital: contrariamente a los edificios que conocíamos hasta ahora, cuya degradación podía conllevar una transformación gradual de los contenidos que albergaban, en el mundo digital se trata de todo o nada. En el mismo momento en que una de esas granjas ruinosas debiera enfrentarse a un incipiente estado ruinoso, el contenido que alberga, entero, pasaría a destruirse completamente.

Entonces, si la base material no la acepta, si no es susceptible de poder contener un estado ruinoso por su propia naturaleza, ¿podría entonces la propia virtualidad estar a merced de la degradación, albergar la posibilidad de ruina?

En nuestras virtualidades generadas colectivamente, en nuestros archivos digitales compartidos y estructurales, hay movimientos que podrían llevarnos a pensar en la posibilidad eventual de un estado de ruina. Vemos hoy cientos de páginas web desactualizadas y redes sociales enteras, obsoletas, convertidas en cementerios. Sin embargo, un archivo abandonado no tiene porque ser un archivo ruinoso. Un archivo desactualizado puede conservarse intacto, salvaguardando sus entradas pasadas y convirtiéndolo así en un elemento patrimonial, museizado. Mientras las granjas de servidores sigan albergando sus contenidos, seguirá existiendo el archivo con un mantenimiento implícito, invisible, constante que lo protegerá de su eventual deterioro y le imposibilitará su potencialidad de ruina. Lo protegerá del paso del tiempo disfuncional y por tanto nunca podrán depositarse en él las atribuciones, las capas de las que hablaba Marc Augé a la hora de definir la condición de ruina.

Y en el caso extremo en que a la base material que lo sustenta, las granjas de servidores, le sobreviniera la ruina o incluso la extinción, las plataformas virtuales, los archivos, desaparecerían completamente, imposibilitando así también la condición de ruina y de todo lo demás.

Para pensar en la posibilidad de ruina cibernética es preciso ir algo más allá y reinterpretar el concepto de tecnología evitando tentación de creer que se limita exclusivamente a los dispositivos que genera. Tecnología” no se refiere simplemente a la técnica sino al conjunto de conocimientos, al conjunto de pensamiento que una colección de dispositivos es capaz de generar. Es también, pues, pensamiento entendido como el núcleo de metáforas que se construye alrededor de un conjunto de dispositivos para comunicar una cierta visión de mundo.

Dicho de otra forma, la tecnología es la disposición afectiva que genera nuestra propia relación con un conjunto concreto de dispositivos técnicos.

Esta concepción de la tecnología, como un marco regulador de un conjunto de disposiciones afectivas, comporta la posibilidad de imaginar una tercera acepción de ruina cibernética; una acepción que, en realidad, por todo lo argumentado antes, sería la única posible.

Esta acepción consiste en pensarnos a los sujetos humanos, en tanto que partes integrantes y fundamentales de los marcos tecnológicos instituyentes, como dispositivos que sí pueden entrar en estado ruinoso. Dentro de un paradigma tecnológico concreto, es el sujeto quien mayor disposición tiene de convertirse en ruina.

Cuando hoy apagamos el wifi para entrar en una biblioteca a relacionarnos íntima y atentamente con un libro, cuando nos disponemos a entrar en relación con textos largos y nos alejamos de la multitarea, o en términos más generales, cuando entramos en relación con tecnologías obsoletas, propias de un paradigma en vías de extinción y no de las materializaciones tecnológicas punteras, somos los propios sujetos activos quienes estamos emergiendo como ruinas. Dejamos de ser objetos deseantes a través de los cuales el paradigma tecnológico imperante puede viralizarse y desarrollarse. Somos, en ese sentido, y recuperando lo que dijo Marc Augé acerca de la ruina, dispositivos que posibilitan la imaginación de nuevos desarrollos futuros que, a su vez, conectan con la riqueza de la sedimentación de la historia contenida.

Solo a través de la asunción del estado de ruina en nosotras, por lo tanto, seremos capaces de advenir nuevas proyecciones que abran nuevos futuros en conexión con los restos del pasado, y evitaremos uno de los grandes males contemporáneos, propio de una era hipertecnologizada, que es el de la dilatación del presente continuo como única vivencia posible.

 

(Imagen destacada: La Escocesa y Mercè Ghost, de Juan Francisco Segura. Instalación. Recreando ruinas 2021. La Escocesa. Foto: Marla Jacarilla)

Enric Puig Punyet es doctor en filosofía, escritor y comisario. Actualmente es director del Arts Santa Mònica, y anteriormente lo fue de La Escocesa, centro de artes visuales de la red de fábricas de creación del Ayuntamiento de Barcelona. Impulsor de Enter Forum, encuentro internacional sobre las repercusiones sociales del uso de internet en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, colabora habitualmente en diferentes medios como El Periódico de Cataluña, La Maleta de Portbou o Le Monde Diplomatique. Es autor, entre otros, de los libros "La cultura del ranking" (Bellaterra, 2015), "La gran adicción. Cómo sobrevivir sin internet y no aislarse del mundo" (Arpa, 2016) y "El dorado. Una historia crítica de internet" (Clave intelectual, 2017). También es autor, con Yves Charles Zarka, de "La Tierra no nos pertenece. Repensar el territorio y la nación" (NED ediciones, 2017). Acaba de publicar "Los cuerpos rotos" (Clave intelectual, 2020), un ensayo sobre la digitalización de la experiencia tras la Covid-19.

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