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27 noviembre 2013
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Espaguetis, Sexo y Cine o, tu vida, mi vida y la vida de Adèle

Caterina Almirall

Esta película no va de una relación lésbica. Esta película de piel, saliva, sudor, poros, lágrimas y mocos. Va de cómo meter al espectador dentro de la boca, la nariz, y entre las piernas de la protagonista. Bocas que comen, bocas que se besan, se morrean y se follan. Bocas que tiemblan. La cámara se sitúa a tan pocos centímetros de la cara de la protagonista que no queda otra opción que la de penetrar por cualquiera de los orificios, hasta ese lugar donde se generan las emociones (en este caso serían los estudios de grabación, pero metafóricamente hablando sería algún lugar entre el corazón y el estómago, por ejemplo). Va de cómo vivir las emociones, en tres horas y desde la butaca del cine.

La historia es bastante banal como para quedar en segundo término, sirve de excusa y de telón de fondo. Una historia de amor: se enamoran, se follan, se quieren y se rompen el corazón. Como son cosas que han pasado a muchas personas a lo largo de su vida, entiendo que Kechiche aprovecha este lugar común para tocarnos la fibra.

No es sólo ni especialmente en las famosas escenas de sexo entre las chicas que se hacen más evidentes las intenciones del director, sino en escenas como la que abre el film: la familia «normal» comiendo espaguetis a la boloñesa en el comedor de casa una noche cualquiera. Lo que podría ser una escena de aquellas donde parece que no pasa nada, se convierte en una experiencia para los sentidos, con esta cámara que parece que quiere chocar con los dientes de los personajes. Kechiche quiere que el espectador coma también espaguetis.

Pero como preveían algunas críticas desde antes del estreno, estas escenas han levantado bastante polvareda: para empezar la autora[[La vie d’Adèle (2013) de Abdellatif Kechiche, está basada en la novela gráfica de Julie Maroh ‘Le bleu est une couleur chaude’, y ganó la Palma de Oro en el festival de Cannes 2013.] de la novela gráfica en la que se basa la película denuncia que las escenas de sexo hacen reír porque le parecen poco reales, recordándonos que las actrices son -en realidad- heterosexuales… Muchos entrevistadores preocupados por satisfacer el morbo de los espectadores se repiten preguntando a las actrices si la relación que vemos en la pantalla «es de verdad». Esta discusión es ridícula, equipara el arte a la vida, sin superar el binomio arte-verdad, para entender que la película es una entidad intencionadamente independiente de la vida de las actrices, que no pretende imitar una realidad precedente, sino crear una nueva. La película es un dispositivo para conectar con las experiencias individuales, cada visionado será una experiencia subjetiva.

«La vie d’Adèle» no es -como han dicho algunos- un film pseudo-documental al estilo Ken Loach, es un experimento cinematográfico: Kechiche pone en marcha una metodología cuidadosa con el fin de llevar al límite las posibilidades de expresión de las emociones en el cine. Esta metodología se resume en una estética extremadamente cuidada y una cara guapa pero a la que le caen a menudo los mocos-, y la saturación de primerísimos primeros planos. Lo que consigue Kechiche es que las emociones sean de verdad una vez más, pero en este lado de la pantalla, en tu vida, en mi vida.

Caterina Almirall acaba de nacer en este mundo, pero antes había vivido en otros mundos, similares y paralelos, líquidos y sólidos. De todos ha aprendido algo, y ha olvidado algo. Aprender es desaprender. En todos estos mundos le atrapa una telaraña que lo envuelve todo, algunos lo llaman “arte”... Envolver, desenredar, tejer y destrozar esta malla ha sido su ocupación en cada uno de estos planetas, y se teme que lo será en cada uno de los que vendrán.

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