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Magazine

27 febrero 2013
«Excuse me, I don’t want to be alternative anymore!»

Caterina Almirall

Él pensó el título, ella lo adaptó a una larga y extenuante performance. La interpretación “literal” del título propuesto por el comisario de la exposición Klaus Biesenbach para la retrospectiva de Marina Abramovic en el MoMA, parece el origen de la performance que la artista realizó expresamente para la ocasión. Lleva el mismo nombre, y formalmente consiste en quedarse sentada e inmóvil durante todo el tiempo que duró la exposición, todo el horario de apertura del museo al público. Esto son 7 horas y media diarias, durante 2 meses y medio, sin moverse, sin comer, sin hablar.

Antes de ir a ver el documental y conociendo la performance “The artist is present” pensé que una vez más asistíamos al enaltecimiento de la figura del artista, el creador y transmisor de experiencias sublimes. Ver la película no ha cambiado esta idea, pero sí ha sumado otras reflexiones interesantes en torno a la relación entre arte y emoción, entre artista y audiencia y a la vez entre estos dos binomios.

En cierto modo la respuesta de Marina Abramovic al título del comisario resulta una provocación. Esta es la pieza individual más larga de su carrera, y aunque pudiera parecer lo contrario por ser visualmente menos violenta, es de lejos la más física y emocionalmente exigente. En este sentido, es interesante el acto de ir y sentarse, porque si el objetivo era rendir homenaje a la obra de Abramovic, una artista que ha trabajado siempre en su cuerpo, ¿cómo hacerlo sin ella, sin el cuerpo? Era la artista quien debía encontrar la respuesta, y la respuesta fue no, no se podía hacer sin el cuerpo de Marina. La artista es imprescindible, se hace imprescindible.

«Performance becomes life, and life becomes art». [[Todas las citas se extraen de la página oficial: http://marinafilm.com/]]

“As long-time friend and MoMA curator Klaus Biesenbach puts it: «Marina is never not performing». Marina confunde el arte y la vida, tal vez por esta razón, por un lado puede “vivir” en el museo durante tres meses, y por otro lado puede aceptar sin problema que la cámara de Matthew Akers se entrometa en su vida. Manteniendo intacta la vieja intención del cine documental, Akers quiere mostrar ‘la verdad’ sobre la artista, olvidando así todo lo que hemos aprendido sobre crítica de la representación. También olvida que está siguiendo a una performer, mientras ella tranquilamente despliega entre botox, sesiones de fotografía y relatos biográficos todo el carisma que es capaz, y que no es poco.

«In a strategy meeting, she sets the stakes for what lies ahead: at 63, she has lost patience with being a fringe artist. What she wants now is for performance art to be legitimated. She is thinking of her legacy––and the MoMA show, as she well knows, can secure it once and for all.»

Un toque de escándalo, en la voz exaltada de una reportera del telediario cuando se pregunta si será o no será arte, ante imágenes pixeladas de los cuerpos desnudos que ejecutan las performances en el MoMA. Lo cual queda ‘out of question’ porque está en el MoMA. Al mismo tiempo ocurre algo que tal vez sí desarticula la potencia característica de la obra de Abramovic: la parafernalia de cámaras, y el efecto ‘fans’. Y es que esta no es la pregunta adecuada, Abramovic es arte ahora.

El problema es que al final, todo, desde las fotos de promoción hasta los tres meses de performance, pasando por los nervios del montaje y el jovial entrenamiento de los jóvenes performers, todo, se convierte en un fenómeno mediático, digno de una diva rock star. No es que el rock y el arte contemporáneo no se puedan acercar, es que en este caso concreto, el acercamiento convierte la performance de Abramovic en un baño de masas. Al final de la película una reflexión acerca de la necesidad de la artista de reconocerse en su audiencia, da algunas pistas acerca de por qué o cómo aguantar por propia voluntad sentada y callada durante más de 700 horas. “The audience is fuel to her––in effect, a lover; she needs the audience, Biesenbach says, «like air to breathe».”

Esto y la voluntad, una vez más, de superarse a sí misma y de superar lo que le rodea, lo que le precede, y lo que vendrá. Esta performance está inspirada en una anterior, ‘Nightsea Crossing’, 1985, en la que se sentaban frente a frente con Ulay, hasta que ya no aguantaban más. Sí, fue Ulay quién desistió primero. En ‘The artist is present’ sola, sentada, inmóvil, en el centro del cuadrilátero, asalta a sus interlocutores con la mirada, y ellos y ellas, lloran… lloran… lloran… Por lo menos en la película, todos y todas lloraban. ¿Qué es lo que hace llorar a tanta gente? ¿Es esta la pregunta adecuada? Esta no es la que se hace Akers en el film.

“Her objective is to achieve a luminous state of being and then transmit it, to engage in what she calls «an energy dialogue» with the audience.” Como decía Dan Fox en un artículo en frieze a propósito de la exposición: “this is art made by someone who at some level still believes in the sacred aura of the secular white cube art space.” Usa en la misma frase secular y sagrado.

Es bien sabido que el arte y la emoción van a menudo de la mano. Dirigiéndonos hacia el pantanoso terreno de la emoción, no puedo más que tropezarme con Eloy Fernández Porta y preguntarme qué tipo de emoción se construye en la silla enfrente de Marina. Tal vez sea esta la pregunta adecuada: ¿Qué tipo de emoción construye ‘the artist is present’? Porque al fin y al cabo, se trata tanto de emoción como de construcción de esa emocionalidad. ¿Por qué nos emocionamos frente a La Artista?

Fox acaba su escrito con esta pregunta: “¿what really is the conversation about?” Yo no pienso que exista tal conversación, o tal vez sí, como ella dice se establece un “energy dialog”, se trata de un discurso en el que Marina Abramovic despliega todas sus herramientas para cumplir con el objetivo. Y no es que el objetivo esté mal, a sus 63 años, es comprensible que se sienta dignificada cuando puede finalmente sentar el arte de la performance (su arte), en el altar de la institución. Ahora la performance ya no es radical ni alternativa, Marina Abramovic la consagró. Ahora la performance es todo, es sentarse y es la parafernalia.

Caterina Almirall acaba de nacer en este mundo, pero antes había vivido en otros mundos, similares y paralelos, líquidos y sólidos. De todos ha aprendido algo, y ha olvidado algo. Aprender es desaprender. En todos estos mundos le atrapa una telaraña que lo envuelve todo, algunos lo llaman “arte”... Envolver, desenredar, tejer y destrozar esta malla ha sido su ocupación en cada uno de estos planetas, y se teme que lo será en cada uno de los que vendrán.

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