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Magazine

02 marzo 2020
Exilios microscópicos

Jorge Díaz

Soy biólogx, activista de un colectivo de disidencia sexual chileno y he trabajado durante más de ocho años en una facultad de medicina que está conectada a un hospital público y a un sector de laboratorios de investigación. En este lugar me he dedicado a estudiar los mecanismos celulares y moleculares por los cuales las células cancerosas emigran de su nicho primario, diseminándome en un fino proceso hacia otros espacios donde proliferan y promueven el crecimiento. Estudiando paso a paso qué es lo que te puede matar en un mes o en diez años, qué situaciones se alteran o cuáles mecanismos se descontrolan desde el punto de vista de la biología celular y molecular en distintos tipos de cánceres. En este laboratorio tengo que obligatoriamente discutir los experimentos biomédicos que realizo con varones heterosexuales, muchos de ellos provenientes de Europa o Estados Unidos, que son los que dominan los cargos importantes de la ciencia en Chile. A manera de un relato situado, quiero compartir algunas experiencias a través de fragmentos que recojo en este texto. Escribir, como dicen las feministas, me ha permitido sobrevivir en estos espacios donde el varón blanco y heterosexual tiene toda la visibilidad y poder. Estos palabras que escribo son una manera de hacer mi exilio sexual en un contexto donde el androcentrismo es la ley.

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ESTACIÓN METRO HOSPITALES

Un hombre duerme sobre un colchón sucio y maloliente; cuando despierta lee libros de literatura clásica a la intemperie, nada lo mueve durante el dia entero. Duerme, lee y vuelve a dormir. A veces otro hombre le trae una caja de vino y beben juntos sobre el colchón. No sé cómo lo hace en las épocas frías del año. Frente al hombre del colchón una mujer bendice a las personas que salen del hospital y que no han podido ser atendidas. Ante sus dolencias, no les queda más que aceptar que esta mujer evangélica ponga sus manos sobre sus órganos y comience una oración en un lenguaje extraño. Pide al señor jehová que sane a estos sus hijos caídos en desgracia. Pienso que su dios es injusto, despiadado diría. En la calle y a la salida de la estación de metro que conecta con la facultad, venden deliciosos panes y dulces colombianos y peruanos, también arepas, sushi y chocolates. Las mujeres que venden hierbas medicinales proliferan por esa misma vereda aunque tienen cada vez menos espacio porque se está construyendo un megaedificio que, con violencia, sacará a todos los ambulantes. Unos pequeños puestos venden ropa para bebés prematuros, peinetas, ropa interior, colonia inglesa y pijamas de todas tallas y colores para los que tuvieron que quedarse a la fuerza internados. Las familias tienen rostros tristes al salir del hospital, llevan a sus seres queridos en sillas de ruedas improvisadas por la estrecha calle. Los profesores, autoridades y algunos alumnos de la facultad de medicina que se encuentra junto al hospital, pasan raudos en sus autos buscando un estacionamiento en el interior de la facultad, casi no experimentan la calle. No pudieron cambiar el nombre de la estación de metro Hospitales al de la primera mujer médica de Chile, Eloísa Díaz, quien estudió aquí mismo y que en estos tiempos de feminismo es considerada, con toda justicia, una ídola. En cambio, construyeron una diminuta plazoleta con el rostro de la mujer que tenía que estudiar tras un biombo en el aula. Nunca olvidaré que el día que se inauguró el Costanera Center, el mall más grande de Sudamérica, una persona murió de frío fuera del hospital. Quizás era un hombre como el del colchón, en esta misma calle Profesor Zañartu, salida campus norte de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile.

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IMÁGENES RESIDUALES

Siempre que miro estas células, los días que voy al microscopio por la mañana, pienso qué podrían decirme estas imágenes sobre el mundo social, sobre lxs desobedientes, sobre lxs que no tienen lugar. Sé que estoy un poco loca porque lo que debería pensar es que las proteínas se activen en los espacios que deben activarse, que los estímulos inflamatorios deberían promover mayor cantidad de adhesiones focales que son los puntos por los cuales las células se unen unas con otras y, también, con las matrices extracelulares que las circundan. No dejo de pensar qué más me podrían decir, qué otra información hay en estas estéticas biológicas que no sean sólo una co-localización de dos proteínas y un indicio de una mayor capacidad migratoria. Pienso que estas redes de células con tinciones específicas son algo más que eso. Que este universo microscópico, molecular tenemos que aprender a leerlo de otra manera también para que no sólo sea un número o un gráfico dentro de un artículo en inglés que solo leerán un par de científicos en Europa o Estados Unidos. Que muchas de estas imágenes son descartadas por no responder a las hipótesis de nuestras investigaciones, que algunas células se sobrecrecieron o se volvieron anárquicas y son ocultadas del régimen de la visualidad dominante, son desechadas, parece que nunca existieron. La escritura de la ciencia se basa en el éxito, en los experimentos que resultaron. Cuando miro estas imágenes, pienso también en los cuerpos descartados y eliminados de la visibilidad por no responder a la “normalidad” de la hipótesis de la heterosexualidad obligatoria. Pienso en que hemos sabido vivir del fracaso y que tenemos que documentar las fallas y que la ciencia feminista tendría que dar cabida a todas estas imágenes residuales para construir otro modo de producir conocimiento.

 

Figura1: Esta imagen es una de varias que pertenecen a capturas de diferentes ensayos biológicos tomados con el microscopio confocal C2/C2si PLUS en la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile. Este equipo posee un sistema que emplea espejos de alta precisión, permitiendo un alto contraste de la imagen confocal en alta calidad. Esta imagen no sirve para la publicación de un artículo científico, es una imagen residual que fue excluida porque las células están sobrecrecidas y en general, se necesitan células espaciadas y en menor cantidad para demostrar un fenómeno. Se muestra el citoesqueleto en rojo, las adhesiones focales en verde y el núcleo de las células en azul.

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LA COLONIZACIÓN DE LAS BACTERIAS

Las bacterias causan infecciones, pero casi nunca cáncer porque esta enfermedad se ocasiona por otros factores, como la carga genética o los efectos del medio ambiente. El cáncer como lo conocíamos hasta ahora no era una enfermedad contagiosa. Pero esto ha ido cambiando. Se sabe que hay una bacteria, helicobacter pylori, que se encuentra en el estómago de muchas personas y que con los efectos de su infección puede causar cáncer. Esta bacteria se puede adquirir por vía oral o en otros casos puede activarse en el estómago, porque las bacterias a veces duermen largas temporadas hasta que algo las despierta y comienzan a crecer sin parar. Son como la memoria política de un país: tienen latencias y sobresaltos. El cáncer gástrico es una enfermedad que en Chile está creciendo de manera muy rápida y por lo mismo se está estudiando cada día más. En mi laboratorio hay varias personas investigando los efectos de esta bacteria sobre cultivos de células gástricas, dedicando mucho tiempo y entusiasmo. Una de las poblaciones que se ha visto más afectada es la indígena, particularmente la mapuche, en la que esta bacteria es tan agresiva que arrasa con la vida de muchas personas de manera rápida y dolorosa. El otro día en un seminario de biomedicina pregunté por qué ocurría esto y me respondieron que era porque los mapuche que también habían tenido esta bacteria, pero en otra variante, habían logrado «co-evolucionar» con ella, la habían incorporado y vivían tranquilos, pero que la bacteria de origen «caucásico» (así lo expresaron) sobre el estómago de los mapuche era mucho más agresiva porque llegaba a un lugar que al no conocer causaba efectos muy profundos y dañinos. -Sigue la colonización! – le dije al investigador, él se rió, creo que no entendió lo que dije porque la palabra “colonización” no es una que se ocupe en el vocabulario científico. No se piensa los efectos colonización en la ciencia porque la mayoría de los científicos en cargos importantes en Chile son extranjeros, pero no migrantes, esto es, que vienen del primer mundo. Las bacterias «caucásicas» siguen matando a todas las comunidades indígenas de manera silenciosa y dolorosa. Carabineros chilenos también están matando a los mapuche con balas que disparan impunemente. Murió Camilo Catrillanca, joven dirigente mapuche que se movía por su tierra en el sur del país, con una bala colonizadora que atravesó su cabeza. Le disparó un policía chileno, un paco. Habían acusado a Camilo de ladrón, la justicia demostró que no era cierto, otro montaje más de estos gobiernos racistas que nos dominan. Las bacterias caucásicas y la policía chilena siguen matando a las comunidades mapuche. La colonización nunca termina. La colonización no ha terminado.

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EL DELANTAL DE LABORATORIO

Soy una bióloga molecular que se niega al uso del delantal de laboratorio, aborrezco su estética, su blanco hospitalario, su ascética presencia, su uniformadora finalidad, su capacidad preventiva, su estatus científico y su obligatorio uso. La diferencia sexual en una pinza, en un pliegue, en un número de botones. Hay ahí una serialidad que me asfixia, una higiene que rechazo y un tamaño promedio que no se ajusta a nuestras cuerpas. Las vestimentas son tecnologías semióticas que están ahí para moldear relaciones, formas de habla y de pensamiento. El delantal blanco no es ingenuo, es una prenda cargada de ideología. Recuerdo que cuando niño ponía el chaleco sobre la cotona beige y sentía que portaba un vestido. Escribo en la memoria de todos aquellos niños raros que como yo comenzaron sus destellos travestis en los primeros días de clase alterando mínimamente la dinámica de la diferencia sexual y de clase que se encuentra en los uniformes escolares. Escribo por aquellos niños proletarios que ponían sus chalecos azul marino sobre la cotona beige y así lucíamos nuestros primeros vestidos expuestos socialmente, sólo así aquellos otros vestidos que utilizábamos en secreto en nuestras casas podían salir a la luz. Pequeñas subversiones travestis del niño afeminado que fui. Al menos podía evadir su obligación o reinventar su uso. Necesito pensar un delantal de laboratorio que me acomode, porque cada día es más obligatorio por la reglas de la ciencia utilizarlo.

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LIVING A FEMINIST SCIENTIST LIFE

Sara Ahmed habla de vivir una vida feminista y yo pienso lo que significa vivir una vida científica siendo feminista. Significa preocuparte por las machas negras en medio de un gel, soportar una compañera que grita porque la microcentrífuga alguien la dejó abierta un segundo, no hablar en metáforas, soportar la competencia y el silencio de personas que podrían ayudarte pero no lo hacen, correr el límite hasta el punto que la cuerda parece que se rompe con tus comentarios, preguntas y escritos sobre el feminismo y el androcentrismo presente. Ten cuidado con lo que dices. Cuando todo es muy ordenado, siempre está muy cerca de lo conservador. Poner bibliografías a un documento con un nuevo programa que encuentra referencias en un segundo y no encontrar nunca nombres latinoamericanos en las bibliografías, terminar unas figuras, agregar una molécula inflamatoria a unas células del sistema nervioso y esperar 48 horas hasta el momento en que rompes los tejidos y sus moléculas nadan y flotan en el medio alcalino donde vas a hacer el experimento. Saber que vives con homofóbicos, que quizás nunca lo podrán decir, que no es una palabra que deba decirse. Y seguir cuantificando, poner estadísticas, armar otra figura, que calce la línea, el tiempo pasa. Leer una entrevista a Donna Haraway, bióloga feminista norteamericana y sentir el peso del privilegio de armar una historia de la ciencia en una ciudad con playas donde mujeres lesbianas se casan con homosexuales y juntas hacen de su casa un sitio de experimentación para la metáfora. El privilegio heterosexual de la ciencia local significa el éxito de parejas heterosexuales que hacen de su laboratorio una extensión de su casa. La investigación científica esta hecha para cabezas curiosas pero para corazones desafectados. Me encantan los desafíos, pensar los experimentos, buscar nuevas soluciones a problemas moleculares, encontrar un mejor control de los experimentos para entender los cambios producto del uso de ciertas drogas. Colaborar, trabajar con otras, mirar el microscopio que son como mis ojos que miran galaxias en colores fuertes y barrocos y soñar por un momento que estoy en un club transformista celular donde las moléculas son cantantes y sus estructuras de locomoción los accesorios que toda drag queen necesita. Armar esquemas moleculares que parecen puzzles para explicar las rutas moleculares que estudias. Buscar la mejor manera de cómo presentar mis resultados y recordar a las muñecas rusas, esas figuras que se ponen una sobre otra y sorprenderme que entre más pequeña más fascinantes son. La biología es un trabajo de escalas y de cuestionamiento de esas escalas. La belleza de las muñecas rusas no está en ordenarlas sino que la belleza está en el proceso de ensamblarlas y desensamblarlas. Sentirse privilegiado por ser un proletario ilustrado en un país donde la educación es un negocio que nunca involucra a la gente más precaria.

Me pongo dos aros, pero no me pinto los ojos para ir al laboratorio.

Jorge Díaz. Biólogo, escritor y activista de disidencia sexual (CUDS). Doctor en Bioquímica de la Universidad de Chile, actualmente desarrolla una investigación post-doctoral en el área de la neurociencia en la facultad de medicina de la Universidad de Chile. Recientemente publicó una investigación trans-disciplinar con la fotógrafa Paz Errázuriz llamado "Ojos que no ven". Trabaja en proyectos colaborativos y en talleres de arte, feminismo y escritura tratando de cruzar géneros y disciplinas.

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