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24 marzo 2014
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Haber hecho un lugar donde…

Sonia Fernández Pan


Al comisario de exposiciones le está pasando lo que debería pasarle al director de una entidad bancaria. Que, cuándo le preguntan cuál es su profesión, muchas veces responde con embarazo. Tanto por tener que explicar frecuentemente en qué consisten sus funciones para aquellos que desconocen esta figura del contexto artístico como por ser una suerte de autor a través de otros y de manera explícita, pues no existe todavía tal cosa como el comisariado sin artistas y sin obras de arte. Aunque ahora se le llame comisariado a la selección de unos materiales determinados en torno a un objeto de estudio. Desde esta perspectiva, un bibliógrafo también entraría en la categoría.

Debido al poder y la representación de autoridad de ciertos sujetos o posiciones comisariales, la figura general del comisario ha pasado de ser una entidad que reclamaba su propio estatus (y una voz propia) dentro de un contexto laboral, a ser visto como una suerte de entelequia cultural que trabaja con la plusvalía simbólica –y no tan sólo- del arte. Es quizás a causa de esta cuestión de la plusvalía (señalada por Peio Aguirre recientemente) que muchos comisarios sienten el pudor que no sienten los directores de banco al enunciar en voz alta que su práctica intelectual deriva, en un primer instante, del trabajo de terceros. Le sucede además al comisario que, por mucho que cite a Foucault y maneje con más o menos soltura sus teorías en torno al poder, él mismo corre el peligro constante de representar y favorecer los vértices de un sistema jerárquico que existe. Y que lo hace dentro de un territorio -el artístico- que presume en numerosas ocasiones de ejercer resistencia hacia un régimen de poder que igualmente retroalimenta.

Puede que este comisario proclive al rubor tenga en mente invectivas como las de Daniel Buren cuando critica la conversión del artista en intérprete y la del comisario en autor, reclamando más (macro)eventos comisariados por artistas. Como si un artista fuese “menos comisario” al ocupar esta función o como si el productor cultural multitasking no existiese desde hace años en contextos más humildes que los que frecuenta Buren. Quizás este comisario al que le pesa el comisariado es consciente también de que su latente posición de autoridad deriva de la hegemonía cultural del discurso dentro de las prácticas culturales y de su historiografía.

Sucede que este comisario acude a una exposición como Haber hecho un lugar donde los artistas tengan derecho a equivocarse. Historias del Espai 10 y el Espai 13 de la Fundació Joan Miró. Exposición en la que la figura del comisario es capital, Manuel Segade para ser más concretos. También la del equipo de investigación y el de la propia fundación al ser un proyecto en retrospectiva que exige muchas horas de archivo para presentar una línea de tiempo discontinua con una historia parcial del primer espacio catalán dedicado al arte emergente antes de que dicha noción ni siquiera existiese. Por las salas de este espacio han pasado más de 500 artistas, 30 comisarios y más de 250 exposiciones. Se entiende desde este material ingente la pertinencia –incluso legitimidad- de una acción comisarial explícita que no puede permitirse los sentimientos de culpa que genera cualquier elección por todo lo que ésta excluye.

El hecho de que una institución decida, al cabo de 35 años, generar una retrospectiva que legitime su propia historia, su presente y su futuro, no es algo nuevo. Haber hecho un lugar donde los artistas tengan derecho a equivocarse. Historias del Espai 10 y el Espai 13 de la Fundació Joan Miró. participa de esa voluntad autoconsciente de desempolvar archivos para restaurar el capital simbólico de y a través del pretérito artístico. Sirviéndose además de una actuación comisarial que no quiere jugar al escondite con el espectador. Es aquí donde aquel comisario propenso al rubor se encuentra con una segunda sorpresa, a punto de superar la de la práctica comisarial del autor con principio de autoridad: el poder de un display que no se manifiesta a través de la retórica de lo invisible. Pero la serie de módulos a lo largo de la exposición se sirve de una estrategia para poder invadir el espacio como lo hace. Y esta es la situación particular de un display que también es obra de arte, creado por un artista y no por un diseñador entrometido. Un sistema modular -el de Xabier Salaberria- que en su exhibición explícita descarga, sin embargo, la arquitectura original del edificio de Sert. Y que nos recuerda que hace décadas eran posibles y más frecuentes este tipo de interferencias. Cuando las obras de arte todavía no habían rechazado su condición aurática y cuando el comisario no tenía por qué ruborizarse porque ni siquiera tenía una función o un nombre concretos.

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