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25 mayo 2013
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Hacia una semiología de las tetas

Juanjo Santos


Femen es una organización de activistas feministas que se dedica básicamente a mostrar los pechos allí donde lo creen necesario, como en el exterior del cónclave de la elección del Papa, cuando Berlusconi iba a votar en las últimas elecciones (¡Con pechos a Berlusconi!), o en la más reciente “Yihad Topless” convocada para defender a Amina, tunecina que mostró su torso desnudo en internet para “protestar contra la situación de la mujer en el mundo árabe”. Muchos no entendieron su protesta, incluso un sector de mujeres de Túnez, afirmando que «podemos defender nuestros derechos con la ropa puesta». Quizás las Femen se hayan inspirado en las Memorias de César, en las que describe a las mujeres galas de Avaricum, que imploraban piedad a los soldados romanos descubriendo sus pechos en un gesto suplicante (un passis manibus con las tetas). El tema que me interesa no es si las Femen son leídas, sino porqué las tetas siguen siendo tan provocadoras en el 2013, la era de los “Ups de la Cuore” y del redtube.

En “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, Walter Benjamin nos alecciona sobre la pérdida de aura de la obra de arte, consecuencia de los nuevos métodos de exhibición: el cine y la fotografía. Sustituyamos aura por aureola. Así es, la teta ha perdido su aureola en la época de su reproductibilidad técnica: internet y la televisión por cable. No importa su “valor cultural”, sino su “valor exhibitivo”. Sin embargo la reactualización de las teorías de Walter explota como las tetas de la Obregón cuando constatamos la desaparición de la aureola de manera literal; la censura en el imperio. El valor exhibitivo va de la mano del valor inhibitivo.

En EEUU, la censura, previa o post, llega a los Óscar, los Grammy e incluso al primer libro de Dónde está Wally. En varios estados del país norte-americano mostrar los pechos en público es delito. El «Pezongate» de Janet Jackson supuso un cisma. En el imperio las tetas son una amenaza. El censurator yanqui se puso manos a la ubre para eliminar la aureola de toda teta mainstream. Da igual que una teta sin aureola se convierta en cara sin nariz, en calva de párroco, en pastilla de bromuro.

A las tetas se las ha ido implantando una silicona de significantes políticos, desde la imagen republicana de la Revolución Francesa, hasta el emblema desafiante (también francés) en la Primera Guerra Mundial. En España, por poner un ejemplo identificable, tenemos el acto de entrega de premios del Diario Pueblo con Tierno Galván, Susana Estrada y su special guest, pezón rojo instrumentalizado políticamente para deleite del feliz alcalde. El arte es más creativo, desde el primer feminismo, hasta acciones artísticas las de J.J. Lebel en su obra La France, (en la que una mujer desnuda ironiza sobre el mesiánico rol de De Gaulle), o artistas que han querido deconstruir el pecho, como Frederic Amat, Emily Dutchman o Antonio de la Rosa.

La teta sufre mil re-significaciones, pero el peligro continúa latente y lactante; el de la hiperteta fellinesca, que Woody Allen parodió en “Todo lo que quería saber sobre el sexo”. Aquí entramos en el terreno de lo freudiano, un campo minado en el que hay que entrar con un desactivador de explosivos.

Con la misión de seguir mejorando en la escritura de la crítica de arte, lo demás es disfrutar y aprender a través de las propuestas contemporáneas, elaborando otras estrategias de relación, ya sea como colaborador de revistas, editor de una, curador o conferenciante. Como crítico de arte mochilero ha compartido momentos con artistas de Centroamérica, México o Chile. Y la lista aumentará. Combatiendo el arte interesado, aplaudiendo el arte interesante.

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