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Magazine

24 mayo 2013
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Google Glass y el panoptismo

Eduardo Pérez Soler

Mucha atención mediática ha despertado Google Glass desde que la empresa de Mountain View anunció la disponibilidad de dicho dispositivo para los desarrolladores a principios de 2013. Desde entonces, Google ha impulsado una ambiciosa campaña mediática –que incluye, entre otras cosas, sugerentes vídeos difundidos en las redes sociales– con el objetivo de convencernos de las bondades de su nuevo artilugio.

Dejando al margen el buenrollismo hipster que desprenden los vídeos de Google, uno no puede dejar de sentirse fascinado por las gafas desarrolladas en los laboratorios de la empresa estadounidense. Después de todo, resulta muy atractiva la posibilidad de contar con un ordenador para vestir que, de una manera sutil, nos permita disponer de una versión enriquecida de la realidad percibida por nuestra mirada. Porque eso es, en el fondo, Google Glass: una pieza de indumentaria que añade capas de información al universo que percibimos.

Cuando este dispositivo se generalice entre nosotros, veremos cómo nuestra relación con las máquinas se hará aún más estrecha. Y esto pasará porque las aplicaciones de las tecnologías digitales móviles –conectividad, geolocalización, inmediatez de acceso a la información–, con las que ya hemos podido experimentar gracias a los smartphones, contarán con una interfaz que se integrará mejor a nuestro organismo y que nos permitirá tener la sensación de que nuestra relación con la tecnología adquiere un carácter cada vez más natural.

Es probable que las gafas de Google nos hagan sentir que tenemos un mayor dominio sobre la realidad. Sin embargo, también pueden convertirse en un instrumento de sujeción para nosotros. Al fin y al cabo, el hecho de estar conectados todo el tiempo nos convierte en una fuente de emisión de datos –sobre nuestros gustos, sobre nuestros actos, sobre nuestras ideas– que pueden ser utilizados con finalidades políticas o comerciales. Y, a la larga, esto puede derivar en una restricción de nuestras libertades individuales.

De hecho, cada vez se van perfeccionando más las tecnologías que se valen de la información liberada en las redes sociales para ejercer un mayor control sobre los ciudadanos. A principios de año, The Guardian sacó la luz un vídeo de la empresa de tecnologías militares Raytheon, en el que uno de sus investigadores explicaba el funcionamiento de Riot, un sistema de análisis de comportamiento individual basado en información obtenida de redes sociales como Twitter, Facebook o Forsquare.

Gracias a este software, Raytheon puede elaborar perfiles muy detallados de cualquier persona, con información de sus amigos, de los lugares que frecuenta y de las actividades que realiza. El sistema es tan refinado que, incluso puede predecir los comportamientos de los sujetos. Pero lo más inquietante de Riot es que realiza sus perfiles a partir de información que las personas ni siquiera saben que han hecho pública, como las coordenadas de las imágenes que toman con su smartphone.

Podemos imaginar un futuro en el que los policías se pasearán por las calles luciendo las gafas de Google. Sin embargo, dichos policías probablemente no las utilizarán para protegerse del sol, sino que las emplearán para obtener información sobre los ciudadanos con los que se cruzan durante sus rondas. Gracias a un sistema de realidad aumentada, podrán acceder a los antecedentes penales de dichas personas o, simplemente, tendrán la posibilidad de saber si se trata de inmigrantes sin papeles. ¿Parece el delirio de escritor cyberpunk? Quizá. Sin embargo, el desarrollo de las tecnologías actuales nos permite pensar que dicho futuro sería plausible.

Eduardo Pérez Soler piensa que el arte –como Buda– ha muerto, aunque su sombra aún se proyecta sobre la cueva. Sin embargo, este hecho lamentable no le impide seguir reflexionando, debatiendo y escribiendo sobre las más distintas formas de creación.

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