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Magazine

10 febrero 2012
Ironía, pictórica, para el siglo XXI

Verónica Escobar Monsalve

En un contexto de imagen y velocidad, la pintura sigue transitando después de su repetida y anunciada muerte. Preguntarse sobre el papel de la pintura significa, también, analizar quién domina la imaginería actual, cómo mezclamos pasado con presente y qué deseos económicos aparecen entre pinceladas.


Héctor Francesch retoma la Historia del Arte (con mayúsculas): Picasso, los retratos de la realeza, Velázquez y el arte Pop con Warhol y Basquiat. A su lado, incorpora un elenco de personajes anónimos de la fauna urbana, como grafiteros, estrellas del rock y mujeres de la limpieza, además de celebridades de la cultura popular, desde Frankenstein, Lola Flores, Bob Esponja, hasta los Clicks de Playmobil. Todos ellos reflejados con una estética cercana a la publicidad y el mundo del cómic, pero a través de una técnica completamente convencional de óleo sobre lienzo. El resultado sugiere más una invasión del espacio pictórico por parte de anuncios publicitarios que una exposición de lienzos pintados. Esta indiscreción debería responder a algo más que un simple capricho, normalmente. Sin embargo, si hablamos de personajes contemporáneos -reales y ficticios- retratados en pintura y colgados en la pared de una galería, la cuestión se complica un poco, sobre todo al relacionarlos con personajes y elementos propios de la historia del arte. La pregunta es, ¿ante qué nos encontramos?

A primera vista, esta mezcla de registros, el pasado glorificado de la historia del arte y la banalidad cotidiana del presente, resulta como poco chocante. El primer impulso es el de pensar en la publicidad, buscando el significado culto y la marca a la que pretende aludir. En lugar de iconos actuales, vemos marcas y referencias al ocio y la moda. En ningún momento nos planteamos que al igual que la justicia o el águila -elementos iconográficos presentes en infinidad de edificios públicos del mundo- estos iconos, podrían esconder elementos alegóricos propios del mundo actual. Aunque se trate de Homer Simpson, este podría definir o aludir un aspecto de la vida como la entendemos hoy en día, sin necesariamente pasar a ser un herramienta en manos de los creativos de una agencia de publicidad, empeñados en vendernos algo más.

Aceptamos que la iconografía de obras maestras pueda ser Arte y al mismo tiempo pueda ser utilizada como imagen dentro de la publicidad y los medios de comunicación. Las obras de Picasso, Velázquez, Warhol e incluso Basquiat, gozan de este doble significado. Dependiendo del contexto, estos iconos, al igual que ocurre con imágenes emblemáticas como la Gioconda, pueden ser una muestra de la pintura de los grandes maestros o una alusión capitalista y tergiversada de una marca, o incluso una alegoría disfrazada de broma publicitaria. Ya no resulta chocante este uso indiscriminado de los iconos del pasado como material carnoso para las campañas publicitarias del presente.

Sin embargo, esta doble existencia se reserva solo para aquello que ya se puede considerar parte del pasado. Los iconos actuales se ven limitados a su uso publicitario, incapaces de demostrar su valía como elementos de obras arte. La sociedad contemporánea pocas veces mira a la pintura para plasmar las imágenes que la definen. En la sala de exposiciones, el arte pictórico es solo un invitado aceptable si es una expresión abstracta dentro de un marco conceptual habitualmente reservado para los espacios del cubo blanco. Lejos estamos de un pintura figurativa que juegue con los registros que presenta la sociedad. Quizás el único verdadero ejemplo sea la pintura de la cultura pop, el reino de Warhol y Basquiat. Aunque hoy en día cualquier intento de hacer lo mismo queda inmediatamente calificado de apropiación de una técnica y una estética del pasado, de alguna manera desmereciendo la obra que se ha creado, e impidiendo el nacimiento de un estilo independiente y actual.

Otra parte del problema, es que desde hace años, los responsables de recoger y plasmar los iconos sociales y culturales han sido los medios de comunicación. Estos tienen el control sobre la difusión y la creación de los referentes iconográficos que produce nuestra sociedad. La iconografía que antes presentaban los lienzos de los grandes pintores -aquella que se ha grabado en nuestro inconsciente-, ha sido trasladada, adoptada, mutilada e integrada forzosamente en una cultura consumista, también a nivel visual, que los reproduce incesantemente en cualquier lugar donde puedan ser impresos o proyectados.

Lo mismo pasa con los personajes anónimos de la sociedad contemporánea. Estos no suelen ser objeto del arte, a no ser que sean retratados por la lente de una cámara. Policías y mujeres de la limpieza, e incluso soldados, no son elementos sobre los cuales la pintura tiene por costumbre reflexionar. La responsabilidad de inventariar la realidad se le ha otorgado a la fotografía, si se trata de un acercamiento realista. Pero si el retrato no es realista, volvemos a encontramos de nuevo dentro del mundo de la publicidad.

Las obras de Francesch, a raíz de su aparente atrevimiento para contradecir la lógica artística actual, abren, por muy poco que sea, terreno para la pintura. En sus cuadros, el arte pictórico se presenta como medio de expresión y soporte para la iconografía de nuestra época. Vemos en cada cuadro las influencias que han marcado la vida del artista, aquellas que la mitad de nosotros también compartimos. En conjunto, representan su visión de la sociedad actual, sintetizada en figuras de contornos claramente definidos y colores brillantes. Pero aunque la muestra esté sujeta a este concepto global, cada cuadro destaca en sí mismo, escapando de ser un ejemplo ilustrativo. Con mordaz ironía y, capa tras capa de significado, están llenos de extraños encuentros e insólitas reuniones que instan a revisar el estado actual del mundo, pero siempre con humor.

Cada uno de los cuadros supone una muestra visual de lo que vemos todos los días en las calles y los medios de comunicación, cuestiones que definen y cuestionan el valor de la vida en el siglo XXI. Revisiones de los maestros como «Un Rincón Familiar», donde Dora Maar, musa de Picasso, nos presenta su sala de estar, llena de alusiones a la cultura del cannabis y un peculiar retrato de Frankenstein. O «Mentira Cochina», que reúne a una voluptuosa Señorita de Aviñón y un Pinocchio algo obsceno. Satíricos retratos de la realeza, sustituidos por los Señores de la cultura pop, Warhol y Basquiat, con peluca rubia incluida. Guiños a la cultura barcelonesa y sus vendedores de cerveza -todo un icono entre las masas de la noche-, en «Una de Paqui», que demuestra el poder alegórico de los elementos contemporáneos. Un cierto homenaje al graffiti y el arte urbano con «La Clase de graffiti», donde un “madero” contempla a un “gamberro” mientras cuidadosamente dibuja a Dora Maar al estilo cubista de Picasso, haciendo ver que los artistas del spray son justamente eso, artistas.

Francesch se centra en la vida contemporánea con humor, haciéndola algo más fácil de digerir, de analizar. Liberada del peso negativo que suelen generar en la portada de un periódico, aquí se muestran como herramienta para reír y divertir, al tiempo que ayudan a comprender las malformaciones que ha creado nuestra cultura visual. Esto tiene como resultado un retrato del presente cifrado bajo una mezcla de simbolismo y consumismo, donde los personajes dejan de ser marcas para convertirse en alegorías que construyen la realidad que nos rodea.

Si lo pensamos detenidamente, estas extrañas reuniones entre personajes como en la «Vieja friendo huevos» donde introduce un Homer Simpson con gorro de cocinero al lado del personaje de Velázquez, no están tan alejadas de la realidad. En una cultura visual donde cualquier cosa puede ser manipulada para restarle o añadirle un cierto significado, donde la tradición se mezcla con las modas y la alegoría siempre pasa por la televisión antes de tomar su propio significado, resulta casi normal que el Pato Donald conozca al Click de Playmobil. Y, aunque quizás exageremos un poco, una Lola Flores súper heroína puede convertirse en pura mitología contemporánea. Esto resulta aún más plausible, si pensamos que la idolatría se ha trasladado a los iconos de la cultura pop y la cultura de masas. De hecho, si la retratística tradicional aún fuera trabajo de los pintores, esta se encargaría de crear los retratos de estos representantes del poder. Reflejaría todos los estereotipos del genero: la pose típica de una pareja de monarcas, los atributos que aluden su poder y a su identidad. Tal vez el resultado no sería igual al retrato de Basquiat y Warhol, pero seguramente seria muy parecido.

Según muchos el papel del arte hoy en día debería ser el de ofrecer perspectiva al espectador. Quizás, para lograr esto, revelar lo malo del mundo y lo denunciable no sean las únicas vías posibles. Mostrar como es el mundo en su integridad, incluido los elementos más banales de la cultura contemporánea, aquello que hoy en día realmente la definen, tal vez sea de ayuda. Puede que el hecho de plasmar estas supuestas aberraciones visuales con humor sea una manera muy efectiva de mostrar el mundo en que vivimos e impulsar un pensamiento critico en el público. Sea como sea, Héctor Francesch recuerda una posibilidad: el lugar que puede tener la pintura en nuestra sociedad.

Verónica Escobar Monsalve es una alma inquieta de naturaleza digital y corazón analógico. Centra sus indagaciones en el arte y la cultura que mezcla influencias del mundo digital y el pensamiento pre-digital. Un arte y una cultura capaz reflejar la complejidad del mundo actual. Cree en la extrema importancia del espíritu crítico y en que este puede ser aplicado a cualquier faceta de la vida, por muy difícil que resulte.

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