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Ítaca en peligro: de la nostalgia a la solastalgia

Magazine

08 julio 2024
Tema del Mes: Nostalgia productivaEditor/a Residente: Miguel Ángel Hernández Navarro
nostalgia a la solastalgia, imagen de cordoba

Ítaca en peligro: de la nostalgia a la solastalgia

Nunca antes había vivido en Córdoba, pero, al mudarme recientemente, supe que era mi casa. Ulises tardó diez años en regresar a Ítaca; yo demoré casi trece en decidir que debía volver desde Estados Unidos, que aquel espejismo de hogar montado alrededor de unos estudios inútiles y un trabajo estable aunque profundamente alienante, en el país de las armas ubicuas, me condenaba a permanecer eternamente anclada a la nostalgia, sufriendo el mal que muchos migrantes experimentan cuando no logran recuperarse de esa añoranza por la patria perdida. Mirar el mapa del tiempo y comprobar, por ejemplo, que en mi coordenada norteamericana nevaba mientras en el Sur peninsular brillaba un sol primaveral me desbarataba el estómago en jirones de espanto. Enunciar en inglés a diario cualquier frase, cualquier fatiga, y percibir el idioma español circulando abajo, queriendo manifestarse, provocaba un cortocircuito mental con el que debía luchar para ganarme el pan, a sabiendas de que mi lengua literaria se aminoraba sin uso. Perder el nombre –árabe, maldito, impronunciable para los anglófonos– y escuchar un sucedáneo se asemejaba a postrarme cada mañana frente a un espejo roto en mil añicos: sabía que mi rostro andaría en alguna parte entre aquellas teselas, pero, como el cadáver de Polinices para Antígona, debía ser recompuesto; de lo contrario, el reflejo sólo me devolvería una identidad desfigurada.

Así, durante más de una década, mi relación con la nostalgia se articuló de manera casi etimológica: como los héroes de Troya volcados en sus Nóstoi (retornos), me dolía (algia) la lejanía de mi tierra, y me sobrecogía la perspectiva de, quizá, no pisarla otra vez como lugar de desarrollo vital; es decir, de (des)habitarla como no-lugar: en vacaciones, puro gozo transitorio falto de raíces. Cuál no sería mi alegría cuando, tras multitud de trámites y una pandemia, pude sacar el valor suficiente y preparar las maletas definitivas: nunca volveré a comparar dos partes meteorológicos, juro que encerraré el inglés en una caja fuerte y arrojaré la llave al río, y que mi nombre será mío, acuñado hasta en los capiteles de un palacio en ruinas: Medina Azahara. Quien haya, involuntariamente, sido trasplantado a un paraje impropio conoce las circunstancias a que me refiero: la planta, careciendo de sus nutrientes originarios y privada del clima en que nació, rodeada de criaturas hostiles, suele desfallecer, con el añadido culpable de haberse convertido en especie invasora. Ahora, en una Córdoba de mis amores cuyas bellezas históricas se explotan para el deleite del turismo y el desplazamiento de los vecinos, respiro calma, las aguas se reajustan a su cauce nativo, las teselas –pegadas como cerámica japonesa– me devuelven la imagen imperfecta pero cicatrizada de mis treinta y siete años: media vida adulta fuera, una mutilación –me digo–, conforme me empecino en darle cuerda retroactiva al reloj y recuperar, al menos, parte del botín robado.

En el Guadalquivir a su paso por Córdoba, donde arrojé la llave, desemboca el afluente que cruza mi pueblo: Castro del Río. El hecho de que ambas localidades compartan el mismo caudal verdoso y activen mis habilidades olfativas esos vertidos de orujo procedentes de las almazaras junto a las que pasé temporadas de infancia me asienta dentro del suelo. Las casas son igualmente enjalbegadas, aunque aquí, en la capital, la gente suele pintar los zócalos y rematar los marcos de ventanas y puertas con toques de color albero, mostaza, o rojo sangre de toro. También noto una mayor presencia de geranios colgantes de los balcones. La temporada del azahar da comienzo en abril, o a finales de marzo si el calor adelanta la floración y, a lo largo del agotamiento de los pétalos blancos del naranjo, proceden a brotar otros, los del jazmín, o las gardenias, o la dama de noche, así que durante aproximadamente seis meses al año huele a mi niñez de ancestros vivos, la tierra de mis abuelos. De hecho, podría decirse que mi mal se ha ido curando, poco a poco, gracias a una memoria sinestésica que suple a la experiencial no vivida, pues lo que me ata a Córdoba no podría materialmente ser un pasado merodeando sus callejas, sino los ecos visuales, fragantes, sonoros que la ciudad entreteje con el pueblo: la gente despliega un acento distinto al mío pero tan familiar que quisiera abrazarla, invitarla a un vermú; la cal y la vegetación complementan el resto de un paisaje que, sin embargo, siento en peligro.

Alerta. Un ánade real sobrevuela el bosque de ribera infestado de plástico. Alerta. Los bebés de vencejo no resisten las altas temperaturas y se lanzan mortalmente desde los nidos al asfalto. Alerta. El olivo centenario está siendo sustituido por un impostor en forma de arbusto alineado al que llaman “superintensivo” porque requiere derrochar mucha agua. Eso que los ecos del pueblo no me regalan –la desaparición de especies autóctonas como los tordos, o la desertificación, o un verano capaz de reventar los termómetros hasta que el mercurio nos ciega los ojos– es imposible encajarlo en unos esquemas mentales desajustados de la contemporaneidad y, de repente, se me agolpan lenguajes confusos bajo la cicatriz de la cara, difícil expulsarlos por la boca sellada, por ningún otro orificio. El lar recién restañado después de tanta ausencia se parece, me dijo una amiga, al reencuentro con un viejo amante que sufre una enfermedad terminal: una puede fundirse en arrumacos y profesarle el amor que la distancia arrebató, pero le está vedada la fusión completa con su anatomía en estado de irrevocable final. El juego de malignos malabares se define, así, como la transformación de la nostalgia en solastalgia: el duelo por el hogar desprendido del mapa muta en dolor por la tierra que se desvanece bajo nuestros pies, como asegurara el filósofo Bruno Latour en Dónde aterrizar (2019).

No es preciso, por lo tanto, realizar grandes periplos o marchar a la guerra para que hiera el extravío, puesto que cada superficie destinada a albergar nuestros pasos contiene su grado de descomposición. El síndrome de Ulises se halla tan omnipresente que incluso quienes jamás se alejaron de sus terruños atestiguan cómo éstos varían de color y humedad, se tornan arenosos o se esfuman después de una inundación, se vacían de la vida antaño conocida y se llenan de otra cosa: hendiduras donde yacían huertos artesanales, maquinaria agrícola demoledora, silencios insectiles. Migrantes todos, no existe geografía a la que retornar y es, paradójicamente, en el impulso surgido de ese atraco a mano armada donde podría injertarse una semilla, de cariz conservador, sí, pero dispuesta a reivindicar el pasado a partir de su potencialidad para el futuro. La solastalgia como energía utilizada en la renaturalización de zonas yermas a causa del progreso; la melancolía por las cartografías infantiles devastadas en el envés de su tristeza: justicia climática; las batallitas del abuelo y la abuela concebidas como herramientas del mirar crítico hacia sus veranos templados, los pesticidas que no engulleron, el lecho fluvial que no atravesaron caminando porque iba lleno, no se veía un canto ni una llave. No puedo evitar pensar cuánto me desgarraría perder al amante por segunda vez, ahora que he venido, he vuelto, para quedarme.

(Imágenes de Córdoba, todas de © Azahara Palomeque)

Azahara Palomeque (El Sur, 1986) sólo se acuesta al amanecer. Escribe en una buhardilla que ha decorado con cuadros propios, versos de María Zambrano y muchos trastos inservibles, a menudo acompañada por una o dos lagartijas y/o otras criaturas de la noche. Su felicidad irrevocable consiste en creer en los afectos. Es autora de cuatro poemarios, unas crónicas catastróficas, la novela lorquiana ‘Huracán de negras palomas’ (La moderna, 2023) y el ensayo contestatario ‘Vivir peor que nuestros padres’ (Anagrama, 2023). Ha dado muchas conferencias en varios puntos del globo, sido migrante y profesora, le gusta bailar reguetón y comer salmorejo. Colabora en medios como La Marea y El País. También es doctora en estudios culturales por la Universidad de Princeton. Si la quieres tener contenta, no la obligues a madrugar e invítala a una cerveza.

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