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Magazine

12 agosto 2013
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Jouko Lehtola en el Kiasma. Helsinki, Finlandia, colores y muerte

Marina Vives


El color de la vida parece cobrar un tinte extraño en lugares grises. ‘The End of Inocence’, exposición dedicada a Jouko Lehtola, en el Kiasma hasta el 18 de agosto, tiene mucho de eso; de ese tono singular que emerge del gris más profundo, y de vida. El recorrido sugerido por el museo se inicia con la proyección de un documental[[Riitta Riihonen, ‘Jouko Lehtola in Light’ (2011)]] que recoge los últimos meses de vida del fotógrafo, arrollada como tantas otras por un virulento y rastrero cáncer intratable en 2010. Lágrima compartida con el moribundo mientras escucha(mos) un concierto de violín privado en su salón, poco antes de morir. A lo largo del metraje Lehtola ha ido adquiriendo esos ojos que miran desde más lejos del cráneo. Ha ido cobrando también su piel un color amarillento fatal. Sensibilidad sugestionada en sus topes para “entrar” finalmente en obra.

Tres espacios, tres etapas de vida y obra del fotógrafo finlandés. En la primera sala, una selección de su célebre “Young heroes”, retratos de jóvenes finlandeses tatuados; agujereados; borrachos; en conciertos metaleros o no; con los típicos rastros físicos de una pelea con violencia. Cortas vidas “lost in translation” en medio de la profunda crisis financiera y estructural que vivió Finlandia en los 90: la captura del exceso -o de la vitalidad- juvenil.

Siguiendo el hilo de la vida del artista, la sala posterior ofrece una muestra de una serie en la que traslada el objeto de la persona al lugar; viraje fruto de un fuerte revés en su vida privada (su hijastro es encontrado muerto de sobredosis -en los 90 tardíos- en un portal de Helsinki). Fin del exceso, muerte. Lehtola deja de capturar a las personas, incapaz de crear objeto con los sujetos, y toma fotografías de los sitios donde esta necesidad de vida alcanzó sus cotas máximas, en un momento de búsqueda y desencuentro. Imágenes de espacios en las que casi es posible escuchar las jeringas caer rodando por las escaleras; portales cerrarse lentamente. Lugares donde estos yonkis de ola tardía dejaron sus vidas, en su mayoría, niños bien en busca de algo más, en un país donde el alcoholismo es una lacra tabú y las relaciones personales se basan en la parquedad.

En una tercera etapa, en la que Lehtola tuvo acceso a los archivos policiales finlandeses, ausencia y muerte agudizan su traslación del espacio al objeto. Vuelven las personas a las fotos, pero como imagen de un dato, de un archivo policial, siempre con la cara tapada con su propia ropa. Aparecen también objetos con los que ha acaecido la muerte: cuchillos de todo tipo; coches aplastados; piedras; objetos varios resignificados en su calidad de mortíferos. Mucha intensidad para tan poco espacio; puede que aun se me haga extraño lo de encarar la muerte con tanto ahínco, ni siquiera con normalidad.

En otro momento quizá hubiera tildado este display de aprovechado, facilón, emotivo en demasía (lo digo por lo de empezar llorando la muerte de Lehtola). Sin ningún tipo de duda, podríamos cuestionar el por qué de esta intrusión y sugestión biográfica siendo como es la obra potente por sí misma. Sin embargo, en la calidad de sus fotos y en su profundo valor antropológico y cuasi costumbrista, testigo incalculable de un cierto ritmo y color de un país y de una época, me retiene lo de encarar la muerte con tantas ganas, en obra y vida –y tras ella. Una sensación esta, que quizá no haya sido, o quizá si, mérito del Kiasma.

Marina se pasó los primeros dos años de su vida sin hablar: les dijeron a sus padres que estaba interiorizando. Y aunque hace ya un tiempo que habla, sigue necesitando interiorizar. Y luego sacudir, dudar, ordenar y desordenar, celebrar. Encuentra política en muchos lugares y tiene un especial interés en lo subalterno, el "commons" y en los puntos donde todo impacta con la expresión creativa.

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