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16 diciembre 2019
La cocina y el reloj

Paula García-Masedo

«Sobre todo, querida ama de casa, evita esas pequeñas ‘charlas’, en las escaleras del sótano, en el vestíbulo principal, frente la puerta del apartamento o a través de la ventana, ¡ya que son verdaderos ladrones de tiempo!».[1]

«Este reloj de control es, en el día de un obrero, el primer aviso de una ley cuya brutalidad domina toda la parte de la vida pasada entre máquinas; el azar no tiene carta de ciudadano en la fábrica».[2]

 

Este texto aborda las bases del diseño de una de las estancias más emblemáticas de la casa: la cocina. ¿De dónde viene? ¿A qué cuestiones responde este espacio? La cocina es uno de los lugares más importantes para el sostenimiento material y afectivo de la vida. Dada la importancia que tienen las tareas que hacen posible vivir —el trabajo reproductivo— en la creación de la fuerza de trabajo, es decir, dado lo importantes que es que nuestro cuerpo esté bien alimentado y vestido, nuestras hijas criadas y nuestras mayores atendidas, para servir en el engranaje de producción capitalista, el diseño de las tareas domésticas y de los espacios dónde éstas se realizan no escapó en absoluto al control por parte del sistema.

La cocina contemporánea no puede separarse de las teorías racionalistas que moldearon el modo de producción capitalista en el cambio de siglo. Su principal doctrina fue formulada por Frederick Winslow Taylor a principios del siglo XX. El taylorismo, diseñado para el trabajo fabril, permitió desplazar el control obrero del trabajo (que antes conocía los procedimientos y gestionaba los tiempos), pasándolos al departamento de planificación, que ahora organizaba las operaciones y usaba el cronómetro para aumentar la productividad. De esa manera, se dio un cambio radical en las relaciones económicas entre clases, y el surgimiento de la producción en masa que el fordismo consolidó.

En este contexto, tuvo lugar también una sistematización de las tareas domésticas, que se relacionó con las teorías diseñadas para las fábricas, y que impulsaron activistas, asociaciones de amas de casa, la industria o el estado. Esta sistematización tenía una justificación científica, pues volvía más eficaces las formas de hacer el trabajo doméstico, sin embargo obviaba la posibilidad de intercambiarlo por capital, reforzaba la asignación de estas tareas a las mujeres (la cuestión de género estaba aún muy lejos de discutirse), las reglamentaba, y las vinculaba a los productos de consumo propios de la inminente sociedad de consumo. La mitificación de la madre ama de casa permitió al capital, «mediante la denegación del salario para el trabajo doméstico y su transformación en un acto de amor», como afirmó Silvia Federici, obtener «una cantidad increíble de trabajo casi gratuito».[3] Pero este entendimiento del trabajo doméstico fue sólo uno de muchos que se propusieron durante los siglos XIX y XX. Si estas ideas triunfaron sobre las demás, fue porque se adecuaron al sistema ideológico y económico del capitalismo patriarcal.

En 1982, Dolores Hayden publicó el aclamado libro, The Grand Domestic Revolution,[4] sobre las primeras mujeres que en los Estados Unidos identificaron la explotación económica del trabajo doméstico como una de las razones de su desigualdad. Estas mujeres propusieron la transformación de los espacios de las tareas domésticas para obtener control sobre ellas. Hayden da cuenta de distintos esfuerzos para colectivizar el trabajo doméstico, como los propuestos por los socialistas utópicos Robert Owen o Charles Fourier, o por iniciativas como la de Melusina May Peirce. Peirce inició la Cambridge Cooperative Housekeeping Society, que perseguía el objetivo de organizar el trabajo doméstico en cooperativas, donde mujeres de clase media y proletarias trabajaban juntas, todas accionistas, cobrando por comida preparada o trabajos de lavandería. Su insistencia en que fueran remuneradas fue provocadora, y sus maridos se sintieron amenazados por la independencia de sus esposas. La empresa de Peirce, iniciada en 1868, habría fracasado para 1871.

Frente a historias como la de Peirce, las propuestas de sistematización del trabajo doméstico realizado por las llamadas «ingenieras domésticas» [5]  tuvo más éxito. Catherine Beecher fue la primera de estas mujeres. El historiador Sigfried Gideon, en uno de los libros fundamentales de la arquitectura, consideró a  Beecher una importante impulsora de la mecanización del hogar.[6] Diana Strazdes,[7] por su parte, encontró en las propuestas de Beecher el reflejo de las casas puritanas de Nueva Inglaterra del siglo XVII, de las Beecher recuperó la estructura organizativa para proponer una reforma cristiana de la vida doméstica. Nacida en 1800, Catherine Beecher creía en la separación de la esfera de la mujer y la del hombre, estando la de la primera reservada al ámbito privado, y la del segundo a los asuntos públicos. Mitificaría a la mujer como madre y profesional de la casa, guía moral de la sociedad.

Entre sus muchos libros y artículos, su éxito más rotundo fue A Treatise on Domestic Economy for the Use of Young Ladies at Home and at School, publicado en 1841. Este tratado dirigido a las jóvenes amas de casa abordaba muchas cuestiones relativas al hogar, desde consejos de alimentación o educación física, a la importancia de buenas maneras para la felicidad familiar. El capítulo 24 lo dedicó al diseño de viviendas. Sugería casas eficientes, y cocinas racionalizadas llenas de luz y aire. Su visión se completó con la publicación de The American Woman’s Home, escrito junto a su hermana Harriet, en 1869. En este libro, la cocina era un ámbito mecanizado, situado en el corazón de la casa.

Otra importante influencia para la cocina moderna fue Lillian Evelyn Moller Gilbreth, nacida en 1878. Junto a su pareja Frank Bunker Gilbreth, fue pionera de la administración científica del trabajo y experta en eficiencia, y diseñó una metodología llamada Sistema Gilbreth con el eslogan «The One Best Way to Do Work». Lillian aplicó su método en su casa, a pesar de su desagrado por las tareas domésticas y del hecho que ella misma, una ejecutiva, tenía servicio. En los años 20 se asoció con la Brooklyn Borough Gas Company para desarrollar Gilbreth’s Kitchen Practical, presentado en 1929. Esta cocina mostraba los nuevos electrodomésticos de gas, así como la investigación de Gilbreth sobre el ahorro de movimiento. La organizó eficientemente, con los fuegos y la superficie de trabajo contiguos, el almacenamiento de los alimentos arriba, el de las baterías de cocina abajo y la nevera cerca, formando una disposición en forma de L. Gilbreth midió en pasos la eficiencia de su cocina.[8]

Contemporánea suya fue Christine Frederick, la especialista en economía doméstica más influyente en Europa. Frederick estaba interesada en la aplicación del taylorismo al hogar. En 1912, un año después de la publicación de Principles of Scientific Management de Taylor, Frederick firmó una serie de artículos bajo el título «New Housekeeping» en el Ladies’ Home Journal, con los que pretendía explicar el taylorismo a las mujeres de clase media. Estos artículos se publicaron posteriormente en The New Housekeeping: Efficiency Studies in Home Management. En la década de 1920, puso en valor la idea de la obsolescencia planificada del producto como una forma de eficiencia a gran escala, que mantendría la economía industrial funcionando sin problemas.

En Europa, la racionalización del trabajo doméstico adquirió protagonismo tras la I Guerra Mundial, un momento en el que las naciones tomaban nota de la industrialización de los Estados Unidos. El caso alemán ha sido el más estudiado por la historiografía de la arquitectura, del que destaca la consideración del espacio doméstico como parte del sistema económico nacional. En cuanto a la vivienda, desde 1921, el Grupo de Economía Nacional del Consejo Nacional Asesor de Productividad se encargó de difundir las ideas tayloristas. Creó un servicio educativo, realizó estudios de tiempo y eficiencia, y puso en marcha un archivo acerca de economía doméstica. Un hogar bien administrado y feliz parecía estar detrás de un trabajador eficaz. La racionalización aparecería como un mecanismo de control ideológico sobre la clase proletaria, a quien estaban dirigidas estas recomendaciones. La influencia americana se puede trazar a partir de la traducción del libro de Christine Frederick al alemán en 1921. El artículo «The Rationalization of Consumption in the Household» (1922), de la arquitecta Erna Meyer para una revista de la Asociación de Ingenieros Alemanes, expresaba la insistencia de la autora en la necesidad de entender la vivienda como un lugar productivo que debía ser reformado.

Desde el punto de vista de la académica Susan R. Henderson, el trabajo de mujeres como Meyer hizo parecer la reforma doméstica un programa feminista, y la participación de asociaciones de amas de casa en su teorización, un proceso participativo.[9] Para Henderson, el patriarcado privado representado por la familia fue progresivamente entregado a un patriarcado público dominada por la industria y el Estado, al convertir la cocina en un producto de consumo y un dispositivo disciplinador, donde la visión universal del modernismo borraba las diferencias sociales y de género.

En 1925, Ernst May contrató a la primera mujer salida de la Escuela de Arquitectura de Frankfurt para desarrollar la cocina que iba a estar presente en 10.000 viviendas sociales promovidas por el gobierno de la ciudad, en manos de los socialdemócratas. Margarete Schütte-Lihotzky diseñó la cocina de Frankfurt, la cocina moderna por excelencia, un espacio de 1,90 por 3,44 metros, donde los movimientos eran los más eficientes. El metal, el linóleo, el vidrio y la cerámica la hacían aséptica, un laboratorio. En 1927, fue mostrada en la exposición de la Werkbund de Stuttgart, y se la reconoció internacionalmente. En España, tras la publicación de dos artículos sobre la exposición de Stuttgart en la revista Arquitectura, la cocina pasó de ser una estancia olvidada a tener importancia en dos artículos de los arquitectos modernos García Mercadal y Arniches y Domínguez.[10] El segundo encuentro del CIAM (Congrès internationaux d’architecture moderne), una de las instituciones más influyentes de la arquitectura en aquel momento, realizado en 1929 en Frankfurt, se tituló Die Wohnung fur das Existenzminimum (La vivienda para el nivel de vida mínimo), y fue organizado por Ernst May.

El compromiso político de Lihoztky fue indudable: tras su ingreso en el partido comunista austriaco, en 1940 fue arrestada por la Gestapo en Austria y condenada a muerte —condena permutada por 15 años de cárcel. Sin embargo, la aplicación de la tecnología a la resolución de los problemas de la clase proletaria, y en concreto de las mujeres de clase obrera tuvo numerosos problemas. A pesar de las ventajas de la planificación, se obviaron las organizaciones vitales y tradiciones de las economías precapitalistas. Un determinado modelo de familia se reprodujo en los diseños de vivienda. La mejora técnica mitigó la lectura de la explotación de clase y género bajo el carácter heroico de las construcciones modernas. La aplicación de la tecnología se hizo en consonancia con los intereses industriales, y no se atacó la base de la desigualdad de las mujeres y de la clase proletaria. La de creación de salarios para el trabajo doméstico, la industrialización de estos trabajos, el cuestionamiento de los roles de género, o de la misma idea de género, nunca tuvieron una oportunidad. Teniendo en cuenta la importancia del salario en una sociedad capitalista, la invisibilización y denigración de los cuidados contribuyó a mantener a las mujeres apartadas del poder político, económico y social.

El espacio de la cocina y la vivienda se diseñó en base a valores productivistas bajo los cuales debían funcionar las mujeres. Pero, como señaló Silvia Federici, «solo desde un punto de vista del capitalista ser productivo es una virtud moral, incluso un imperativo moral. Desde el punto de vista de la clase obrera, ser productivo significa simplemente ser explotado».[11] Hoy, con la globalización, mucho del trabajo reproductivo ha recaído en mujeres migrantes, muchas veces en condiciones contractuales irregulares. Como señala Federici, la cuestión está aún en «reclamar el control sobre las condiciones materiales de nuestra reproducción y crear nuevas formas de cooperación que escapen a la lógica del capital y del mercado».

 

 

[1]                «More free time for the woman», Metallarbeiter-Zeitung, 1 enero 1927. Citado por Mary Nolan, «“Housework Made Easy”: The Taylorized Housewife in Weimar Germany’s Rationalized Economy» en Feminist Studies Vol. 16, Nº 3 (Otoño, 1990), pp. 571.

[2]                Simone Weil, La condición obrera, Ediciones Nova Terra, Barcelona, 1962, pp. 106–107.

[3]                Silvia Federici, Revolución en punto cero, Traficantes de sueños, Madrid, 2013, p. 38.

[4]                Dolores Hayden, The Grand Domestic Revolution, The MIT Press, Cambridge, 1982.

[5]                Carmen Espegel Alonso y Gustavo Rojas Pérez, «La estela de las ingenieras domésticas americanas en la vivienda social europea», Revista Proyecto Progreso Arquitectura, Nº 18 (Mayo 2018), pp. 54-73.

Disponible en https://revistascientificas.us.es/index.php/ppa/article/view/3966/4504

[6]                Siegfried Gideon, Mechanization Takes Command: A Contribution to Anonymous History, Oxford University Press, New York, 1948, pp. 512-19.

[7]                Diana Strazdes, «Catharine Beecher and the American Woman’s Puritan Home» en The New England Quarterly Vol. 82, Nº 3 (Septiembre 2009), pp. 452-489. Disponible en https://www.jstor.org/stable/25652030?read-now=1&seq=3#page_scan_tab_contents

[8]                Alexandra Lange, «The Woman Who Invented the Kitchen» en Slate, 25 octubre 2012. Disponible en https://slate.com/human-interest/2012/10/lillian-gilbreths-kitchen-practical-how-it-reinvented-the-modern-kitchen.html

[9]                Susan Henderson, «Revolution in the Woman’s Sphere: Grete Lihotzky and the Frankfurt Kitchen» en Debra Coleman, Elizabeth Danze, Carol Henderson (ed), Architecture and Feminism, Princeton Architectural Press, New York (1996), pp. 221–247.

[10]              María Carreiro-Otero y Cándido López-González, «La cocina moderna en la vivienda colectiva española a través de los concursos de arquitectura del período 1929-1956» en ACE: Arquitectura, Ciudad y Entorno 39 (2019), p. 189. Disponible en http://dx.doi.org/10.5821/ace.13.39.5979

 

[11]              Silvia Federici, Revolución en punto cero, Traficantes de sueños, Madrid, 2013, p. 57.

Paula García–Masedo es artista. También ha publicado dos libros con Caniche Editorial.

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